Gente con clase

El próximo semestre se cumplirán veinte años que doy clases de español para adultos. En veinte años se conoce a mucha gente diferente y ocurren bastantes cosas interesantes, de modo que se puede decir que yo he aprendido casi tanto como mis alumnos. Podría publicar el artículo entonces, por el aniversario, pero me apetece hacerlo ahora, que ha ocurrido otra anécdota divertida.

Era el primer día de clase de este semestre, tras las vacaciones de verano, y el curso estaba anunciado en el catálogo de la Universidad Popular con el título: “Repetición del nivel A2, curso de conversación, segunda parte”. Todos los alumnos del semestre anterior estaban ya matriculados, yo no esperaba a nadie más, pero en el último minuto a veces hay gente que aparece de forma espontánea o se cambia de curso tras ver que se ha equivocado. Esta vez había dos nombres nuevos en la lista.
Cuando llegué al patio de la escuela, ya había algunos coches aparcados y los alumnos estaban charlando con la nueva compañera, que abrazaba un libro de nivel A1, como si fuera su escudo protector. La saludé, se llamaba Carmen, confesó que vivía en el siguiente pueblo y que le agradaba más venir a clase al nuestro que tener que ir a la ciudad, donde no se aparca tan fácilmente – es un argumento que ya he oído más veces, no me molesta que los alumnos tomen sus decisiones dándole más valor al aparcamiento que al contenido del curso o al docente, excepto si luego me preguntan, como hizo Carmen:
“¿Y tú cómo te llamas?”
“Karen”, y no me puedo creer que no hayas leído mi nombre en ninguno de los documentos de tu matrícula, pero voy a seguir sonriendo.
“¿Karen? Hm. Eso no es español. ¿Tú eres española?”
“Ja, ja, sí, soy española, con un padre aficionado a los nombres extranjeros”, igual que tus padres, querida Carmen, pero voy a sonreír un poco más.
“Este es el libro que he terminado antes del verano. ¿Vosotros vais más avanzados?”.
Pues sí, Carmencita querida – tuve que decirle claramente que mis alumnos ya habían estudiado el nivel A2 completo, que son tres semestres, más la primera parte del curso de repaso. Pero le permití que se quedara a clase, hablé más despacio, le traduje lo más difícil y dejé que hiciera muchas preguntas. Siguió diciendo que aparcar en mi pueblo le parecía fabuloso, pero comprendió que antes de apuntarse a un curso hay que leer la descripción del mismo.

El otro alumno nuevo tampoco estaba en el curso correcto. Era un egipcio casado con una española, que había aprendido el idioma de oídas, sin estudiar la gramática, y hablaba con una soltura y fluidez que ya la desearían algunos de mis alumnos. Le frenamos, le hicimos repetir, y le recomendé un curso de un nivel superior.
No era el primer egipcio que he tenido en clase.

Ya había dado varios cursos en la ciudad cuando pregunté en el ayuntamiento de mi pueblo si sería posible hacerlo directamente en nuestra escuela. La empleada que me atendió, y que hacía de conexión con la Universidad Popular, decidió apoyar mi propuesta para venir ella misma a mis cursos – era de origen egipcio.
También he tenido una vez un alumno estadounidense, de los tiempos cuando aún había soldados americanos estacionados en los cuarteles que ahora son parte del campus universitario. Este chico nos contó que en su ciudad natal, a falta de otros monumentos históricos interesantes, habían colocado en lo alto del monte una estrella enorme que se iluminaba todas las noches. Siento haber olvidado el nombre de la población.
También tuve en clase a la esposa de un soldado estadounidense, que era británica y no hablaba nada de alemán, y era un curso de principiantes donde yo todavía tenía que explicar bastante gramática y traducía mucho, pero a ella no le hacía falta, porque esa parte la entendía en español mucho más fácilmente que los alumnos alemanes.
Interesante fue también aquel curso donde había una pareja de rumanos, hombre y mujer, con el mismo apellido, y yo pensé que eran un martrimonio, y una pareja de mujeres alemanas con el mismo apellido, y yo no sabía si eran hermanas, y resultó que era todo al revés: los rumanos eran hermanos, y las mujeres estaban casadas entre sí.
El caso del italiano es especialmente interesante, porque era mi ginecólogo. En clase él era Antonio, nos tuteábamos y charlábamos como si tal cosa, con muchas risas, y en la consulta nos tratábamos de usted, muy serios los dos, haciendo como si no nos conociéramos de nada. En la cena de fin de curso fuimos a un bistró italiano que había por aquel entonces justo en el lateral de la escuela y él se pidió un risotto. Era un local para alemanes, claro, y el pobre Antonio probó su arroz y me dijo: es como si tú, que no eres cocinera profesional, haces una paella para unos amigos, a veces te sale muy rica, a veces te sale esto.
En ese mismo bistró fue también donde el alumno que era representante de vinos intentó hacer piececitos conmigo al tiempo que decía: me recuerdas mucho a una novia que tuve de joven.
Más divertida fue la cena en la ciudad con el grupo que se puso en fila para despedirse de mí con dos besos. Uno de los primeros era un calvito simpático con problemas de visión, en clase yo le ayudaba a escribir las palabras y le ponía la lupa electrónica en el lugar correcto, y él hablaba tanto con un compañero que después de los dos besos siguió charlando y se le olvidó que ya se había despedido, así que se puso a la fila por segunda vez – como el enanito mudo de la película de Blancanieves.
Un alumno experto en aceite de oliva intentó venderme algunos litros de un lote que había importado de Italia; unos alumnos biólogos me regalaron un aparato para atrapar vivos los insectos y arañas de la casa y poder echarlos al jardín; otro me regaló un librito con las travesuras de Max y Moritz en español.
Tres alumnos de español se han convertido con el tiempo en amigos íntimos.
Un alumno de alemán se ha convertido en familia – mi afgano.
Y no es alumna mía, pero quiero aprovechar para saludar a una persona residente en Irlanda, que siempre, siempre, es la primera en leer los artículos que publico. Gracias.
Además os recuerdo que admito comentarios en otros idiomas, aquí o por correo: paramio@gmx.net
Sigamos aprendiendo y conociendo gente.

P.S.: La foto de arriba es una clase improvisada en la cocina/bar del polideportivo 🙂 La foto de abajo es el fantástico insect-snapy que os recomiendo de todo corazón.

Se desliza el botón, se abre la parte roja, se caza el bicho, se cierra

Palabras secretas

Ya no le queda mucho tiempo. La ejecución está prevista para la mañana siguiente y pronto vendrán a traerle la última cena. Pero le han asegurado que antes todavía podrá despedirse de su madre y de algunas de sus hermanas, y aquí van entrando ya, de una en una, por turnos, con la mirada serena y la cabeza alta, igual que han vivido siempre.

            Se saludan dándose la mano, pues les han prohibido abrazarse. ¡Qué armas terribles podrían hacerle llegar en lo que dura un abrazo! Nadie llora, nadie debe llorar. No delante del carcelero y del fraile que todo lo van a chismorrear después. José Rizal les da ejemplo, mantiene la calma, dicta consejos y recomendaciones para el futuro. A su hermana Trini, que habla inglés, le susurra en este idioma, para que nadie más lo entienda. Le pide que tras su muerte venga a recoger el hornillo y mire en su interior, porque va a esconder algo. A Lucía la avisa de que busque en sus zapatos.

            Apenas ha salido la última hermana cuando Rizal ya se ha sentado a escribir su postrero adiós y decide no hacerlo en inglés ni en francés, tampoco en alemán ni en su tagalo materno, sino en castellano. Pues, aunque lo vayan a fusilar con el cargo de traidor a la patria, el médico José Rizal, especialista en oftalmología por amor a su madre, siempre ha escrito sus poemas y sus libros en castellano, con la intención de conseguir, algún día, que Filipinas deje de ser una simple colonia sometida a los caprichos de las congregaciones religiosas y se convierta por fin en una provincia española, concediendo así a sus nativos los mismos derechos que a sus hermanos peninsulares.

            ¿Cómo pueden entonces acusarlo de filibusterismo? ¿Cómo puede nadie creer que él encabece un movimiento armado? Cuatro años ha pasado deportado en Dapitán, como castigo a las denuncias de abusos por parte de los frailes, que expuso en sus novelas. Cuatro años en los que ha ejercido la medicina lo mejor posible bajo aquellas condiciones de aislamiento, más todas las mejoras agrícolas que ha implantado en el área, gracias al título de perito agrónomo que obtuvo por amor a su padre. Y ahora lo apresan cuando iba camino de Cuba para servir como cirujano en el ejército español.

            No, no se retractará nunca de sus opiniones. Prefiere la muerte, aunque sea injusta, a seguir viviendo ayudado por una mentira. Claro que siempre cabe la posibilidad de que los taimados frailes le engañen y, tras su muerte, insistan en decir que sí se retractó. ¡Oh, qué ganas de escapar al fin de este embrollo de patrañas!

Rizal compone un poema, su último adiós. Catorce estrofas para despedirse de su Filipinas amada, de su familia y de sus compatriotas. Pliega después el poema y lo esconde en el doble fondo de su hornillo. Luego se sienta de nuevo, toma otra hoja y escribe algo más, su gran secreto. Esta vez dobla el papel más pequeño y lo esconde en el interior de sus zapatos. Y escribe otra vez. Escribe varias cartas de despedida a los amigos en el extranjero. Ojalá pudiera morir así, mientras escribe. Sería una muerte muy dulce.

            Pero no, su deseo no es escuchado en las alturas, y el 30 de diciembre de 1896, José Rizal es fusilado – por la espalda. Y para más humillación se le entierra de prisa, a escondidas y sin féretro, negándole a la familia el funeral deseado. ¿Y el mensaje secreto? Cuando año y medio después su hermana Narcisa logra por fin el permiso de exhumación, aún quedan restos tangibles de lo que fueron sus zapatos, pero el papel ya no existe: se ha disuelto, se ha descompuesto, la tierra filipina se ha apoderado de su contenido. La Perla del Mar de Oriente a quien José cantaba en su poema, solo ella puede deleitarse ahora con las palabras del héroe.

Este texto participa en el concurso #HistoriasdelaHistoria de www.zendalibros.com

La foto del héroe nacional filipino es la portada del libro de José Barón Fernández, edición de Manuel L. Morató. Juan Luna, amigo personal de Rizal, es el autor del cuadro.

Os recomiendo encarecidamente las dos novelas de Rizal: “Noli me tangere” y “El filibusterismo”. Ya veréis que, tanto por los temas como por el lenguaje, parecen escritas hace tres días, y no hace un siglo y pico. Y estad atentos en vuestros viajes, hay monumentos a Rizal y placas conmemorativas repartidos por todo el planeta, en Manila, Madrid, Londres, Hong Kong, Wilhelmsfeld, Heidelberg, Lima, Seattle…

Derecho a aprender

Hace poco, poco tiempo, en un país muy lejano, había un matrimonio que habitaba en el hermoso y tranquilo valle por donde fluye el río Swat. Sucedió entonces que les nació una encantadora hijita y al mirarla supieron que llegaría a ser una gran mujer. Por eso decidieron ponerle un nombre que estuviera a la altura de los importantes hechos que habría de llevar a cabo, y eligieron el de la valiente heroína de las leyendas pashtunes. De este modo la niña se llamó Malala.
Pasaron los años y Malala crecía, tanto en talla como en inteligencia, y sus progenitores, que estaban orgullosos de ella, apoyaban en todo momento sus ansias de conocimiento. Tanto era así que su padre incluso inauguró una escuela, donde todos los niños y niñas de la ciudad podían aprender felices.

Pero, ay, en todos los cuentos tiene que haber un malhechor, y la fama de la niña estudiosa y comprometida con la educación llamó la atención de un grupo de hombres incultos de miras estrechas que destruían escuelas, pues no deseaban que los adolescentes pudieran pensar por sí mismos y tener opiniones. Y estos malvados buscaron a Malala por todo el valle del Swat, y cuando la encontraron, sentada en el autobús escolar, descargaron sus armas contra ella y sus compañeras.
Grandes fueron los lamentos del mundo entero ante tan cruel acción, y todos estaban pendientes de que Malala abriera los ojos en el hospital militar donde fue operada de emergencia. Tres días estuvo luchando entre la vida y la muerte, y cuando al fin despertó, pareció que todo su futuro como activista de los derechos infantiles se hubiera venido abajo, pues había perdido el oído y también la voz, a causa de una traqueotomía. Sin embargo, Malala no se rindió, y empleó el arma más poderosa del mundo, que los talibán no habían podido arrebatarle: pidió papel y lápiz, y escribió.
Así fue como, después de ser operada más veces en Inglaterra, donde le realizaron un implante de coclea, que es lo más fabuloso que le puedes ofrecer a una persona sorda, Malala publicó un libro con la historia de su lucha a favor de la educación, y recibió el premio Nobel de la paz.

Y no hay colorín, colorado, pues la historia no ha acabado. Abre tus ojos y estira tus orejas, que verás a Malala en los medios y la oirás hablar ante las Naciones Unidas, pues la lucha contra la ignorancia y contra los retrógrados que la defienden, no ha terminado. Y lo mejor de este cuento es, que tú estás a tiempo de ayudar a escribir el siguiente capítulo.

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Este relato, dedicado a la activista Malala Yousafzai, participa en el concurso #HistoriasdelaHistoria de www.zendalibros.com
Las ilustraciones que incluyo han sido realizadas por la artista afgana Shamsia Hassani, quien espero que haya podido salir a tiempo de Kabul www.shamsiahassani.net