Un amor de verano

Ocurrió en uno de aquellos escasos veranos largos, sin duda alguna el verano de mi vida.
Los meteorólogos habían anunciado que el estío comenzaría a las 12:08 h y tendría una duración de 6 horas y 37 minutos, por eso muchas empresas cerraron ya a las doce en punto, confiando en recuperar los beneficios después, gracias a la moral alta de sus empleados. Los comercios cercanos al malecón, sin embargo, retrasaron su cierre casi una hora, para aprovechar la llegada de los turistas, que siempre quieren llevarse un recuerdo o necesitan algo que han olvidado traer. Solo unos pocos sacrificados no llegaron a cerrar, esperando hacer su agosto, aun a costa de su salud mental.
¡Qué ilusión, poder desenfundarse de los monos isotérmicos de trabajo! Corrimos despreocupados de un lado a otro, cantando, riendo y gritando; hicimos corros para bailar; jugamos en la arena; alguien incluso se atrevió a hacer deporte analógico sin llegar a lesionarse; y todos de aquí para allá capturando escenas con los dispositivos holográficos, para no perder ni un segundo de ese verano tan especial.
Claro, también hubo algunos a quienes se les acabaron antes de tiempo los nutrientes que habían traído y tuvieron que perder varios minutos preciosos en la cola del dispensador automático. ¡Ja, ja! ¡Qué bien nos sentó poder burlarnos un poco de ellos!
Pero lo que más me gusta recordar es, por supuesto, su hermosa sonrisa, aquellos besos, aquellas caricias, aquellas palabras tan tiernas que intercambiamos…
A las 6:40 de la tarde las primeras unidades familiares comenzaron a recoger para evitar las aglomeraciones en el tránsito a sus domicilios. Nosotros también nos enfundamos de nuevo en cuanto notamos las primeras gotas y caminamos despacio de la mano hacia la terminal, evitando mirar las pantallas que anunciaban que el siguiente verano llegaría en dos eones y medio, y tendría una duración de apenas 98 minutos.
Nos sonreímos por última vez mientras agitábamos primitivamente la mano, y entonces caí en la cuenta de que, con las emociones del momento, había olvidado preguntarle su código identificador. Al menos me quedó su holograma para las largas noches de invierno.

#elveranodemivida, concurso de relatos de Zendalibros.com

Mare Nostrum, terra vestra

Ahora no hay oleaje, flotamos tranquilamente y el mar, este mar que hasta ahora solo conocía de oídas, simula no tener la culpa de nada y yo casi me lo creo. Aún así, su tamaño me infunde respeto y sé de sobra que no puedo fiarme de él. Me vuelvo hacia papá, buscando su apoyo. Él también recela de esa supuesta inocencia, pero está tan cansado de la travesía que podría ceder y bajar la guardia. Además, el sol está en lo más alto y su reflejo sobre la superficie nos ciega; sería tan fácil cerrar los ojos y dejarse llevar…

Hay un momento de silencio total, ni siquiera se oyen gaviotas a lo lejos y mucho menos el motor de un barco. Es un instante casi mágico en el que olvido la playa, el bote y hasta el propio mar. Lo siento como un fragmento diminuto de paz interior que me gustaría poder conservar a modo de talismán, para mirarlo cuando empiece a faltarme la esperanza. Pero, como siempre cuando el mundo parece no tener prisa, llega un momento en que yo necesito que todo se mueva de nuevo. Decidido, meto la mano en el agua y chapoteo un poco para romper el hechizo.

No debo olvidar que el mar es la puerta a un mundo profundo y tenebroso, y al mismo tiempo es un reflejo del mundo de arriba. Si soy sincero, no pretendíamos venir al mar este verano, porque no sabemos nadar, pero las otras opciones no eran realmente mejores.

De pronto papá se pone de pie y agita los brazos, haciendo que el bote se balancee. Los demás protestan, no quieren ser acunados como niños que deben dejar de molestar, aunque los únicos niños somos mi hermanita y yo, y hace rato que no hablamos. Con los ojos guiñados diviso una sombra azulada que podría ser la costa.

¿Malta, por fin? ¿O Libia otra vez?

Lo sabremos en unas horas, cuando el sol se haya movido. Aunque, la verdad, a mí me bastaría con que fuera un barco de rescate. Es que ya empiezo a tener un poco de sed.

#elveranodemivida, concurso de relatos de Zendalibros.com

Vacaciones en… Siria. ¿Siria? ¡Siria!

Hace dos semanas, aprovechando que tuvimos una mañana soleada, fui a tomar té a la terraza de mi vecina/amiga siria. Ella ya llevaba unos días preguntando con insistencia cuándo va a estar mi familia completamente vacunada, para poder volver a invitarnos a comer. “Pronto”, le dije, pues mi marido y yo ya tenemos las dos vacunas, y nuestros hijos (de 18 y 16) tienen también la primera. “¿Y vosotros?”, pregunté, y me respondió que su marido acababa de ponerse la primera, pero que ella no quería vacunarse (!). Y como los cuatro niños son menores de 12 años, tampoco se pueden vacunar de momento. Habrá que esperar a otro día soleado para comer al aire libre.
Mientras tanto su marido, que estaba hablando en árabe al móvil, me hizo gestos de repente y me pidió que le ayudara a entender algo y buscarlo en internet. Yo ya estaba pensando en algún producto que querían comprar, o en la dirección de algún médico especialista, que es lo que habitualmente me hacen buscar, cuando la persona con quien telefoneaba pronunció las palabras: embajada libanesa en Berlín. Así que busqué en la página web el teléfono de contacto y hablé por tercera vez en mi vida con alguien de nacionalidad libanesa. (La primera vez fue en un parque de Madrid, yo tenía 14 años y él era rubio con ojos azules y se llamaba Raymond Khoury, como el escritor, por eso nunca he podido volver a encontrarlo ni con ayuda de google; mi segundo interlocutor libanés fue el traductor de árabe del campamento donde conocí a mi ahijado; entre medias hubo otro libanés en mi vida, Michel, pero sólo escribíamos cartas, en inglés, nunca llegamos a vernos ni hablarnos).
¿Y por qué tuve que llamar a esta embajada y hablar con una encantadora secretaria, que ya me gustaría a mí tener en el consulado español alguien tan amable? Pues porque la madre siria y los cuatro niños van a viajar a Siria, vía Beirut, y la empleada de la agencia de viajes que les tramitaba los billetes no estaba convencida de que no necesitaran visado para aterrizar en el Líbano. Tres semanas de “vacaciones” en Siria, en la misma Siria que abandonaron hace cuatro años para pedir asilo (han parado los bombardeos, pero no se ha reconstruido nada).
Mientras yo buscaba el número de la embajada, mi amiga, con lágrimas en los ojos, me explicó que su madre y su hermana necesitan medicamentos que no se pueden comprar allí, o son demasiado caros, y que quiere ver a su familia. Primera excusa para viajar.
Entretanto su marido buscó los papeles de la agencia de viajes. El precio de la aventura roza los 4.000€… pero, efectivamente, con un pasaporte 100% sirio no es necesario un visado para entrar al Líbano. Con un documento alemán para exiliados políticos a quien se concede asilo, sí es necesario el visado – quizás por eso el padre no va. ¿Y para volver a Alemania? El matrimonio sirio está convencido de que no hay problema: la madre y los niños son residentes aquí. Bueno, es como cuando el afgano Ali voló este invierno a Pakistán para casarse: él también regresó sin problemas. Pero yo no lo creeré hasta que no lo vea.
Unos días después el matrimonio sirio estaba invitado a café en casa de otra vecina con la que tengo contacto, una farmacéutica jubilada, quien de repente me llamó horrorizada para comentar la novedad del viaje a Siria y anunciar que por lo menos ha convencido a la madre para que se ponga una vacuna de Johnson & Johnson (!!). También me preguntó si es cierto que nuestra amiga va porque necesita renovar su pasaporte. Ajá, esa es la segunda excusa.

Ayer estuve otra vez con la madre siria para confirmar que se vacuna con tiempo suficiente para no tener que hacerse una prueba PCR antes del vuelo a Beirut, y recordarle que los alemanes sí exigen que sus hijos se hagan un PCR antes de regresar a casa. Le pregunté si de verdad lo de su pasaporte no se puede resolver en la embajada siria en Alemania y, como todavía habla tan mal, no pude entender su respuesta: algo de que su marido no puede acercarse a la embajada por problemas políticos, además en su ciudad el sitio de hacer los papeles está al lado de la casa de su familia y todo es muy fácil, después otra vez algo sobre Assad y sobre la embajada – y no se aprende la palabra alemana “Botschaft” y me dice todo el rato “safarat”, que es como en persa, porque “safar” es viaje (gracioso fue también cuando me habló de adelgazar y en lugar de dieta (Diät) dijo “reyím”, como régimen).

Bueno, que mi amiga está convencida de que todo va a salir bien y ya está llenando maletas y bolsas con las medicinas y todo lo que va a regalar a la familia, incluida la mayoría de la ropa que lleven. Y como no queda tiempo de cocinar e invitar a mi familia, pues se soluciona de otra manera: el resto del arroz con carne picada y lentejas que su amiga iraní Aresú (que significa: deseo) le regaló el día anterior y sus hijos ya no quieren, me lo regala a mí (está rico) y ya volveremos a reunirnos en septiembre.
Si vuelve.
Ya os contaré…