Día 1: burocracia

Se dice que Alemania es el país de la lógica y la razón, y por eso el proyecto de voluntariado se inicia con papeleo y un plan de trabajo.

Llego tarde a la primera reunión, no por falta de puntualidad, sino porque estaba dando clase. Espero que no me lo tengan en cuenta. Por lo menos intento dar una imagen profesional y responsable y me engancho en la solapa el cartelito con mi nombre que uso en las reuniones de la Universidad Popular. Tengo que convencerlos de que me acepten como profesora.

Como es típico, el único asiento libre es el que está más lejos de la puerta… y además resulta estar a la izquierda de la coordinadora del grupo, Frau Wiener. Siento todas las miradas clavarse en mí y antes de terminar de sentarme ya estoy roja como un tomate, pero mientras me presento y trato de explicar lo que puedo aportar al grupo todos asienten y sonríen. ¡Me han aceptado!

Parece que los formularios acaban de ser repartidos y todavía están rondando por las mesas, pronto llegan a mis manos. El primero es el plan de horarios y me apunto todas las mañanas de 10 a 12h, ya veré luego qué hago con la alumna de español que tengo cada dos lunes.

El segundo documento que me llega es la declaración jurada de que no he cometido delitos relacionados con abusos sexuales, malos tratos, etc. Relleno y firmo, listo.
El tercer documento, el más importante, es el que me reconoce oficialmente como voluntaria y me permite acceso al centro de acogida. Ese no me llega… ni a las cuatro personas de mi izquierda… Si en la lista de candidatos a profesores había veinte nombres, ¿cómo es que Frau Winter sólo tiene quince ejemplares del formulario? Pues porque los alemanes también son falibles, meten la pata, se despistan y hacen chapuzas cuando nadie los controla.

No es grave, bastará con ir temprano al ayuntamiento y rellenar allí el formulario, antes de dos horas tendré una copia del documento en mi buzón y seré oficialmente profesora de alemán para refugiados.

La reunión se ha celebrado en la misma sala del polideportivo donde daremos las clases, en el primer piso, y a la salida nos entretenemos curioseando desde la barandilla de la galería las vallas y cortinas que servirán para delimitar el espacio del que dispone cada familia o grupo de refugiados. Detrás de nosotros alguien comienza a colgar lonas que impidan mirar hacia abajo.

Llega tarde: ya se nos ha caído el alma al suelo.

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