Refugiados: afganos

Extraído de la revista «Bayernal Kultigraphic», Nr. 3, Marzo 2016

Aunque en la composición inicial del centro de emergencia los afganos se encuentran en una minoría de 14 individuos sobre un total de 60 refugiados, el hecho de no poder asistir a los cursos de alemán de la ciudad hace que se conviertan en nuestro principal material de estudio.

Todos los afganos han iniciado su éxodo atravesando Irán a pie. Después de llegar a Turquía, algunos han seguido la ruta marítima y otros han podido viajar en autobús, pero la mayoría simplemente continuó a pie. Viajaban en grupos de hasta 40 personas, acompañados por dos guías, uno al frente y otro cerrando el grupo, a los que previamente habían abonado la fabulosa cantidad de 6000 dólares.

El grupo está formado por hombres de distintas edades y dos familias numerosas, una de las cuales es trasladada antes de que podamos profundizar la relación.

De entre todos los afganos, el primero que llama nuestra atención es Herr Sharifi. Destaca por sus conocimientos avanzados de alemán, sus gafas y su inseparable gorra azul. Este caballero dice tener 54 años, es de talla media entre los afganos, 1,65 m, toma regularmente medicamentos para la tensión, sigue de cerca los partidos de la Champions League y gusta de expresar galanterías a la profesora española. Sus compañeros le tratan con una mezcla de respeto y distanciamiento. Las malas lenguas dicen que, aunque ahora Sharifi habla de los otros afganos como de buenos amigos, en su tierra solía mirar a la gente por encima del hombro, alardeando de haber vivido 14 años en Irán, donde adquirió sus primeros conocimientos de alemán. Scharifi no ha estado nunca casado y a veces se lamenta de que ya es tarde para él.

Otro buen conocedor del idioma es el joven Ismaiel, de 22 años, un muchacho ambicioso de 1,80 m de estatura, que, gracias a los esfuerzos realizados para aprender el idioma a gran velocidad, ya está estudiando Formación Profesional en la ciudad vecina. Un joven de futuro prometedor.

El siguiente estudiante aventajado es Shirali, de 20 años, 1,75 m, cara de pillo y sonrisa engatusadora. Este joven habla bastante buen inglés, porque en su tierra trabajaba, con distintas funciones según la necesidad, para una empresa estadounidense que trazaba y asfaltaba carreteras. Schirali tiene un tío afincado en Hamburgo y espera poder reunirse con él pronto.

Abdul Habib tiene 30 años, es muy delgado, de talla media y esconde unas gafas que no quiere usar en público. En su tierra ha trabajado muchos años como sastre, su primer oficio, después como electricista en colaboración con sus hermanos albañiles y pintores, más tarde como cocinero. Su nivel de alemán ya no se puede considerar bueno, aunque él no quiere reconocerlo, pero se maneja suficientemente como para viajar a la ciudad en autobús por su cuenta a realizar compras. Habib, que se disgusta si se le llama Abdul (que al parecer significa “siervo”), está casado y ha dejado a cargo de su padre a su esposa embarazada y sus seis hijos. Durante su estancia en este centro se le plantea la posibilidad de hacer arreglos a las prendas que los ciudadanos bienintencionados donan a los refugiados, pero la falta de una máquina de coser impide que Habib pueda poner manos a la obra.

Jakob dice tener 21 años, es el más bajito, apenas 1,60 m, delgado, peinado à la rockabilly con patillas y tupé, y ojos melancólicos de poeta persa. Todavía tiene dificultades para leer y habla mezclando algo de inglés, pero es puntual y no falta a ninguna clase. En Kábul ha dejado, en casa de un tío, a su madre viuda y sus tres hermanos menores, y a su cuñada viuda con un bebé. Su experiencia laboral va de chico para todo en un hotel a chico para todo en un supermercado.

Ashkan tiene 27 años, fue uno de los primeros en abandonar Afganistán y ha vivido y trabajado 3 años en Turquía, donde aprendió esa lengua, por lo que a veces puede hacer de intermediario con algunos integrantes del cuerpo de seguridad. Al cabo de cinco semanas de estancia en este refugio su esposa Mariam y sus dos hermanos de 17 y 18 años llegan de un centro de primera acogida para reunirse con él.

Reza dice tener 16 años, mide 1,80 m y balancea la cabeza al hablar, al estilo de los nativos de la India cuando afirman. Parece que él y su familia fueron rescatados del mar. Son los únicos que no residen en una parcela de la planta baja, sino en una de las salas del primer piso… en cuarentena teórica porque una de las hijas tiene varicela. Al inicio de la estancia se ve al padre caminar cabizbajo y sin rumbo por las galerías y Reza da a entender que tiene problemas mentales.

Amanullah tiene 20 años, talla media, es muy delgado, y sus ojos mongoles delatan su origen hazara, la etnia más perseguida por los talibanes. Su padre se encuentra hospitalizado en la ciudad, pero no conseguimos averiguar el motivo.

Llegamos al grupo de los llamados analfabetos, que no sólo tienen dificultades con el alemán, sino también en su lengua materna. Rásek es campesino, mide 1,60 m, es ancho de espaldas, siempre parece estar de buen humor y muestra con ganas las fotos de su dos hijos. Sadik tiene la misma talla y complexión, dice tener 33 años, aunque aparenta muchos más, confiesa tener 8 hijos y es fumador en cadena. Gulabgulkjhgfds, al que por simplificar llamaremos Gulab, “agua de rosas”, es un atractivo joven de 22 años de la etnia pashtún, que dice haber sido policía y que muestra en el costado derecho las cicatrices de tres impactos de balas talibanes. Ha dejado atrás mujer y dos hijos.

El trato con los afganos es en todo momento distendido y agradable. La presencia mayoritaria de profesorado femenino no afecta al ritmo ni a la calidad del estudio. Los alumnos saludan y se despiden estrechando la mano a los docentes, sonrientes. Entre los distintos grupos de trabajo se realizan préstamos de diccionarios y lapiceros, se hacen comentarios animosos y se escuchan risas frecuentes.

Sin embargo, al finalizar el periodo de seguimiento se comprueba que:

  • al menos cuatro afganos no tienen la edad que muestra su documento de identificación, algunos se han quitado (muchos) años voluntariamente, a otros el intérprete les ha jugado una mala pasada desviando dos años arriba o abajo;
  • al menos dos afganos mienten sobre sus profesión o experiencia laboral;
  • uno de los casados ha fotografiado a una joven madre siria que no lleva hiyab;
  • al menos dos jóvenes han regresado borrachos al refugio de madrugada en más de un fin de semana;
  • al menos dos bajaron a la ciudad a rezar en la mezquita turca;
  • al menos tres se han enamorado de sus profesoras;
  • uno ha estado implicado en una pelea;
  • al menos tres han ofrecido fruta a su profesora en alguna ocasión;
  • y, afortunadamente, uno que parecía tener la cabeza perdida, ha comenzado a ir a clase y parece más sereno.

2 comentarios

  1. Chema Alfaro · marzo 8, 2016

    Karen… Fantástico diario!… Es un tesoro para tu próxima novela!!Mil besos

    Le gusta a 1 persona

    • karenmparamio · marzo 8, 2016

      Muchas gracias por tu apoyo, pero ya verás, lo mejor aún está por llegar, no te lo pierdas 😉

      Me gusta

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s