Semana 3: la excursión

Aún no tengo pústulas, así que vuelvo por clase para darle otra oportunidad a la varicela. Esta semana Ashkan no aparece por ningún lado y Habib se pega otra vez al grupo de Herr Eschner, así que el lunes y el martes estoy sola con Reza y Jakob. El miércoles y el jueves  se nos une un tal Hasán, que está un poco resfriado. Este sirio es muy tranquilo y educado y las clases transcurren sin problema, salvo que nos reímos menos, porque ya no suelto tonterías en farsi a cada rato.

El momento cumbre de la semana es la excursión del viernes. Ya desde el miércoles Moni y yo les estamos avisando de que sean puntuales, porque daremos un paseo por el pueblo e iremos a un supermercado, quizás también a una cafetería. A todos les brillan los ojos y repiten “viernes, viernes” con ilusión. Y entonces por fin llega el viernes… y todo sale diferente de lo planeado.

Lo primero es que no hay nadie en el recibidor a la hora convenida, cosa que yo ya imaginaba que iba a ocurrir, tal y como son algunos de impuntuales en clase. Sharifi pasa casualmente por ahí con su gorra y una taza de té y dice: “Yo no tengo que comprar nada”. Le insistimos en que se trata de una excursión, un acto social, que por favor avise a los demás. Al cabo de un rato aparece Sadik. No lleva calcetines ni anorak, sólo un forro polar finito. Es un invierno atípico, es cierto, demasiado caluroso para la norma, pero sigue siendo invierno y además chispea. Nos responde que no tiene esas ropas y que está acostumbrado a salir sin anorak. Moni y yo temblamos sólo de verle. Entonces llegan Habib y Rásek, este último capta el asunto de la ropa de Sadik y se ofrece a prestarle un par de calcetines. En fin. Ashkan sigue desaparecido, Shirali está con fiebre y dolor de garganta, Reza tiene dolor de cabeza, y el espantoso sirio Kassím, el que golpeaba mis cartas con violencia, se ofrece a venir con nosotros. Bonito grupo.

Salimos, por fin, con media hora de retraso o más, algo inconcebible para los puntuales alemanes, pero que me hace recordar mis tiempos de adolescente española. Por el camino practicamos sonreír y saludar a los pasantes con un “Guten Tag” muy amistoso; un par de veces tenemos éxito y nos devuelven el saludo.

Nuestra primera parada es el pequeño cementerio viejo, que nos pilla de camino al supermercado. Algunos pasan rápido y no hacen comentarios, pero otros quieren saber por qué algunas lápidas ponen más de un nombre, y están sorprendidos de ver tantas velas rojas y plantas. La mayoría de ellos están intrigados por el nombre del lugar, que en alemán no es “camposanto” sino “patio de paz”. Moni está otra vez perdida intentando explicar qué es la paz y requiere mi colaboración. La paz es eso que los musulmanes se desean unos a otros cada vez que se saludan, “salám”, y, por desgracia, actualmente es un vocablo tan falto de contenido como nuestro “adiós”.

Después pasamos por delante de la escuela del pueblo y entramos en el banco para que los más analfabetos vean lo que es un cajero automático. Una amable vecina nos permite observarla mientras imprime sus extractos de cuenta. Los afganos están acostumbrados a que una vez al mes, si la burocracia funciona, les entreguen un documento con el que ir a la ventanilla del banco más cercano a por su paga, la cual deben retirar íntegra y, al no disponer de otras posibilidades seguras de depósito, transportar consigo día y noche. Si el afgano en cuestión no viaja mucho ni va a discotecas, atracarle tras tres o cuatro pagas cobradas puede ser muy lucrativo.

La siguiente etapa es una farmacia. Nuestra idea es comprar solamente algo contra la fiebre y el dolor de garganta de Shirali, pero varios afganos se quejan de sufrir con frecuencia de dolor de cabeza, ya que duermen mal. Además, Habib se señala los pómulos, haciéndonos pensar que pueda tener dolores de sinusitis. Por suerte no es eso, Sharifi, el de la gorra, se ríe y dice: “quiere estar guapo”. Pedimos entonces también una crema para la piel de Habib, y de repente Sadik también quiere una. Todas estos productos los abonamos del fondo de donativos para refugiados que ha organizado nuestro pueblo. La farmacéutica se muestra agradecida y les regala a nuestro alumnos unas bolsas de tela con publicidad, de esas que todo alemán ecologista lleva a sus compras.

Llegamos por fin al pequeño supermercado y los afganos (y el sirio, que ya me olvidaba de él) se lanzan otra vez de cabeza hacia los productos de aseo y belleza. Llenamos el carrito con gel, champú, pasta de dientes, maquinillas desechables, y hasta unas esponjas exfoliantes para el sirio. Nuestros alumnos ignoran la bollería y los dulces, pero hacen una parada en los embutidos… para admirar la enorme cantidad de productos de cerdo que no piensan comprar. Las frutas y verduras también les atraen. Muchas las conocen ya en alemán, otras les son desconocidas en todo los idiomas. Aunque en este país está permitido tomar estos productos directamente con la mano (los guantes de plástico irían en contra del espíritu ecológico), no me parece bien que los toqueteen si no los van a comprar, y, en un arrebato, le pego a Gulab en los dedos como si fuera un crío pequeño. A él no parece molestarle, se encoge de hombros y luego me pregunta si en el pueblo hay una discoteca. En su tierra es un hombre casado, padre de dos hijos, portador de tres cicatrices de bala, pero aquí es, sin duda, un crío de 22 años que se aburre sin hacer nada todo el día.

Cuando finalmente pasamos por caja es tan tarde que desechamos la idea de la cafetería y emprendemos el camino de regreso al campamento… para encontrarnos a Shirali, el de la fiebre, sentado en un banco delante del médico, esperando turno. ¿Por qué espera en la calle? Dice que dentro se agobia con la calefacción. Le entregamos los medicamentos que hemos comprado para él y Habib se ofrece a esperar con él. Sharifi, que habla mejor alemán, se desentiende y los deja solos. Yo no puedo quedarme, mis hijos vienen a comer a mediodía.

Nos despedimos de los demás a la entrada del polideportivo deseándonos mutuamente feliz fin de semana y emprendo el regreso a casa. Ya tengo las llaves en la mano cuando caigo en la cuenta de algo terrible: ¡he olvidado a mi fiel Jakob! No estaba entre el grupo de excursionistas y no he preguntado si es que está enfermo también y necesita algo. Los remordimientos de conciencia me atormentan. Es el inicio de la catástrofe.

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