Jakob 1: un hogar

Miércoles, 6:25 de la mañana: Suena el despertador. Estoy hecha polvo, pero hay algo que tengo que llevar a cabo y eso me da fuerzas. Organizo el desayuno, trato de comer algo, despido a mis hijos y entonces planteo a mi marido la pregunta del millón: si consigo que Yamal hable con Frau Udo, la responsable oficial de nuestro centro de acogida, y ella lo autoriza, ¿podríamos alojar a Jakob en casa hasta que el campamento se disuelva y trasladen a los refugiados a otro pueblo?

Mi marido medita, dice que no cree que lo autoricen, pero dice también que lo intente. ¡Oh, gracias! ¡Gracias! ¡Gracias, cielo! Eres estupendo. (Por eso me casé contigo)

En cuanto Christian se va al trabajo, empiezo con la Operación Afgano. Debo creer firmemente que Jakob va a venir a casa, debo pensar positivamente y poner la energía del universo de mi parte. La suerte viene antes a los que están convencidos de tenerla. Según las enseñanzas del Feng Shui, en una habitación de invitados que lleva meses cerrada y desocupada no fluye el chi, así que hay que ventilar inmediatamente, limpiar y poner sábanas de colores alegres. Tiene que funcionar.

Llego al polideportivo, corro al mostrador a registrarme y ¿quién está en el recibidor con un grupito de gente? Frau Udo en persona. La suerte me acompaña, porque soy una buena chica y me lo merezco. Vamos a por ella, hay que convencerla.

“Buenos días, Frau Udo. Soy la profesora voluntaria que da clase a Jakob. Sé que cuando llegue hoy del hospital tiene que recoger sus cosas y será trasladado a otro centro de acogida. Sin embargo tengo una propuesta que hacerle: puesto que en diez días todo el campamento será disuelto, Jakob podría quedarse en mi casa ese tiempo y ser trasladado  después, paralelamente con sus amigos.”

Frau Udo tiene 25 años, es la primera vez que se ocupa de un asunto de semejante importancia como es la coordinación de un centro de refugiados y ante esta situación inesperada se bloquea parcialmente y hasta me pregunta cómo tengo pensado el asunto de las comidas. Le digo que tengo una vecina turca a la que puedo consultar sobre productos halal si tengo dudas y ella me mira con sorpresa y exclama: “¡Va a cocinar usted misma!”. Pues hombre, también puedo darle 5 euros y que se compre un kebab en la esquina, pero la idea original es darle sensación de hogar. Frau Udo está desbordada, necesita consultar a sus superiores. En el transcurso de la clase de hoy pasará a comunicarme la respuesta.

Subo a clase. Los analfabetos deletrean con Moni, los avanzados repasan la Historia de Alemania con Herr Eschner, Reza me espera con los hermanos de Ashkan. Me siento con ellos, les cuento que fui al hospital, lo explico todo en frases muy cortas y sencillas, Reza hace de intérprete para los otros dos y sonríe cuando digo que llevé “badám zamini”. Mientras Ali y Ásad practican escritura hasta que les duele la mano, le explico a Reza que Jakob va a ser trasladado. Se pone serio, niega con la cabeza, pregunta si los sirios que le pegaron también serán trasladados a otro sitio. Eso no lo sé: “man nemi duná”. Le digo que he hablado con Frau Udo para ver si Jakob puede venir a mi casa, entonces abre los ojos como platos, me agarra las manos y quiere besármelas. Se lo impido, insisto en que todavía tenemos que esperar la respuesta de Frau Udo, que no hay nada seguro. Abrimos el libro por la lección con los diálogos con el médico y con el farmacéutico: “Me duele la cabeza, me duele el estómago, me siento mal. ¿Tiene usted una medicina contra la sensación de impotencia e injusticia?”.

Media hora después Frau Udo me llama y salgo al pasillo a escuchar el veredicto: no tiene sentido que Jakob se quede en mi casa si al final de la estancia se vuelve a reunir con el grupo, porque allí estarán otra vez los sirios que le pegaron. A esos no se los puede mandar fácilmente a otro campamento porque tienen familia y no es sencillo encontrar sitio para tantos a la vez. Jakob está solo y puede irse ya mismo a un centro fijo donde sólo hay hombres, en un hermoso pueblo perdido en la geografía regional cuyo nombre empieza por Gau. Super-GAU. (En una central nuclear: Größter anzunehmender Unfall, el mayor accidente imaginable)

Vuelvo al aula. Aún no termino de creer lo que me ha dicho esta mujer: sólo se va a castigar a Jakob, que en realidad es la víctima. ¿Y espera que los demás afganos toleren a los sirios durante 10 días sin que haya más incidentes? Algo ha fallado en el proceso de poner la energía del universo de mi parte… A ver si recuerdo qué hacía Goku de Bola de Dragón en estos casos, aparte de alzar los brazos… Ah, claro, llamaba a sus amigos. Cuando desde el mirador vemos que llega el taxi que trae a Jakob del hospital, bajamos todos al recibidor y armamos bulla: diez afganos y tres profesores suplicando al tiempo no son tan fáciles de ignorar.

Frau Udo tiene algunos problemas de comunicación. Primero porque no se sabe expresar en frases cortas, no es capaz de separar la paja del grano, segundo porque hoy tampoco hay ningún segurata que hable farsi, tercero porque Sadik se ha echado a llorar y ver a este hombre rudo y fornido secarse las lágrimas con la manga quita el habla a cualquiera.

Moni y yo explicamos que trasladar sólo a Jakob no mejorará el ambiente entre los afganos y los sirios. Frau Udo propone que sus compañeros de “habitación” se vayan con él, quizás incluso todos los afganos sin familia. Le pedimos tiempo de reflexión, porque uno de los afectados sería Ismaiel, que en ese momento está en la escuela de Formación Profesional. Es miércoles, Jakob se podría quedar dos noches en mi casa y el viernes hacer el traslado de todos los afganos que deseen ir a Gau…

Frau Udo dice que sí, siempre que los afganos juren ahora mismo dejar a los sirios en paz para siempre. Hago un numerito de película, los amenazo a todos con el dedo y les grito usando la misma mezcolanza de idiomas con que ellos me contaron ayer lo sucedido: “No fighting, kein Kampf, ni una pelea más. Salám, Frieden, paz”. Poco me falta para pedirles que se pongan de rodillas y juren con la mano en el corazón. Y ellos lo hubieran hecho, estoy convencida. Yamal avisa a los sirios en cuestión y se dan la mano con los afganos, yo miro hacia otro lado, no quiero saber quiénes son, porque alguno de ellos aún podría aparecer por mis clases y prefiero estar libre de prejuicios (aunque ya hay un Kassím en mi lista de indeseables, que tiene muchas papeletas de haber sido el actor principal del asunto). La buena de Frau Udo se da por satisfecha y algunos afganos ayudan a subir las maletas de Jakob a mi coche. Por si acaso alguien cambia de opinión, nos largamos de allí lo más rápido permitido (30 km/h).

Unos minutos después llegamos a casa, subimos las maletas y le enseño la habitación donde va a dormir, con las sábanas de colores alegres y el sol entrando por la ventana. Lo he conseguido, todo ha salido bien, el universo me sonríe. ¡Tengo un afgano en mi casa!

Y ahora, ¿qué demonios hago con él?

2 comentarios

  1. José María Alfaro Roca · marzo 29, 2016

    Karen «la samaritana». Eres increible. A cada artículo se te ensancha más el corazón. Tendrás que escribir una media docena de novelas, al menos, para poder llenar de ilusiones toda esta experiencia de «Hada madrina». Besazos miles desde Guadarrama, de un «alcarreño»

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    • karenmparamio · marzo 30, 2016

      Espero que la historia tenga un buen final, porque como nos digan que lo deportan, ya me veo convenciendo a mi marido para adoptarlo 😉

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