Jakob 3: promesas incumplidas

Amanece. Otra vez he dormido fatal. No quiero ni pensar en cómo ha dormido Jakob, si es que ha dormido, o si ha mirado de nuevo las fotos de su hermano y ha llorado. Hay que preparar el desayuno. Los niños tienen que ser puntuales para tomar a tiempo el autobús del colegio. Primero se van ellos, luego se va Christian. Trato de trabajar por la casa sin hacer ruido hasta que se levanta Jakob.

Ha dormido con la camiseta de ayer y unos pantalones largos de deporte tipo fleece (forro polar) que llevaba debajo de los vaqueros. Alguien debería explicarle a este muchacho que en este país se estila usar ropa interior y dormir con pijama. Probablemente ese alguien tenga que acabar siendo yo, pero no hoy. Hoy no tengo fuerzas para enfrentarme a esa aventura.

Le doy los buenos días. Me sonríe, pero tiene cara de haber dormido tan mal como yo. Le dejo que pase a ducharse y, mientras tanto, hago todas las cosas ruidosas que no hice antes y preparo té negro. Cuando aparece de nuevo le pregunto si quiere tostadas, galletas o pastel de limón. Duda un momento y al final se decide por el pastel. En lugar de sentarse en la cocina o el comedor, se sienta en el sofá. Si fuera uno de mis hijos le criticaría, me va a llenar todo de migas. Pero no es mi hijo: es un pobre refugiado huérfano, que no puede tragar más que dos bocados antes de echarse a llorar mientras trata de contarme la historia de su hermano, que ya me adelantó mi marido anoche. Al final resulta que ha elegido bien: sentados en el sofá puedo abrazarle más fácilmente.

Jakob dice entre sollozos algo de “transfer Afganistán” y yo lo interpreto como que tiene miedo de que lo deporten. Sí, yo también tengo miedo de que lo deporten. Tengo miedo de que todos los sacrificios de su madre acaben resultando ser en vano y pierda un segundo hijo.

Cuando el muchacho se recupera del soponcio nos vamos a la compra: esta vez pienso comprar cordero y muchas cosas halal. Echo al carrito plátanos, naranjas, champiñones y más lechuga. Le pregunto si quiere yogures u otra cosa. Me dice que no, que su “barriga pequeña, nervios”, que le basta con una galleta. En fin, yo también ando con el estómago agarrotado desde ayer.

De vuelta en casa le explico dónde están los álbumes de fotos y los plátanos, y cómo funciona el mando de la tele. Tengo que ir a dar clase al polideportivo y no puedo llevarlo conmigo, tiene prohibida la entrada al edificio. Él es oficialmente el culpable de todo lo ocurrido. Es lo que pasa cuando no hay traductor: la víctima se vuelve culpable.

Llego al campamento y voy directa al comedor. Estos afganos no van a aprender puntualidad en la vida: ahí están todos otra vez con el desayuno a medias. Incluso está Ismaiel, que hoy no tiene clase, sino una entrevista más tarde. Le pregunto qué han opinado los demás, si se quedan en mi pueblo 10 días o se marchan con Jakob. Me está explicando que ninguno quiere irse cuando Sadik nos interrumpe y, gesticulando apasionadamente como siempre, dice que él tampoco se va, que la clase de alemán de nuestro pueblo es lo mejor que le ha ocurrido desde que llegó a Alemania y que quiere aprovechar los últimos días que le quedan. Pienso en sus lágrimas de ayer, su rodilla en la alfombra, el corazón en la mano y su desgarrador my brother! Trato de poner cara de póker y mantener la calma, que no se note que me gustaría estrangularlo, por traidor. Le recuerdo que, de los días que quedan, 4 son de fin de semana, sin clase, y el viernes siguiente Moni estará de vacaciones. No sirve de nada, claro. Y Gulab no se va tampoco con Jakob. ¡Oh, qué buenos hermanos han resultado ser!

Por fin se disuelve el grupo y vamos hacia el aula. Reza está solo en una mesa. Ashkan y sus hermanos han desaparecido. Habib está con el grupo de los avanzados. El pobre Reza tiene el libro abierto otra vez por la lección de los sentimientos: estoy triste, estoy furioso, estoy indignado… Menea la cabeza con ese aire indio suyo y dice: “Yo no puedo ir con Jakob, yo tengo familia.” Le pregunto cuánto tiempo hace que conoce a Jakob y me dice que se han conocido aquí, en este campamento, tres días antes de que yo empezara a darles clase. ¿Nos equivocamos Reza y yo al darle nuestro apoyo a Jakob sin apenas conocerle? En este momento sería muy fácil darse la vuelta y olvidar a aquel otro muchacho que solía venir a clase. Sería muy fácil dejar abandonado a aquel chico bajito que nunca llamaba la atención. Ya me pasó el viernes de la excursión y he aprendido de la experiencia. Además hace tiempo leí un poema que decía que coger el camino menos transitado marca la diferencia del paseo por la vida (The road not taken, Robert Frost). Yo no voy a dejar colgado a Jakob, aunque sea el camino difícil que otros evitan.

Con la excusa de que necesito beber agua nos escapamos del aula. Cogemos dos vasos del comedor y una botella y nos sentamos un rato en la salita de la tele a poner el mundo en orden. ¿Es posible hacer eso? Viendo lo que está pasando y dejando de pasar en Idomeni, no parece posible poner el mundo en orden. Entonces le digo a Reza que no damos clase, que se venga a casa conmigo, que charle un rato con Jakob. Él sonríe, asiente y va a buscar su chaqueta.

¿Ha llamado Sadik a Jakob mientras yo iba hacia el campamento, o le ha llamado mientras Reza y yo veníamos camino de casa? El caso es que al llegar, Jakob está encerrado en el cuarto de invitados, y cuando abre la puerta podemos ver en su cara que ya sabe que su “hermano” no va a cumplir la promesa que hizo ayer. Por lo menos se alegra de ver a Reza, le hace pasar al salón, le ofrece agua, charlan y luego yo empiezo a pelar patatas.

Tal y como están las cosas ni Jakob ni yo vamos a comer mucho cordero, y mis hijos siempre comen poco de todo, y donde comen cuatro, comen cinco, y ya puestos comen hasta seis. Llamo a mi marido para que venga a comer hoy también, invito a Reza a quedarse y pelo un par de patatas extra. El ambiente a la mesa es mucho mejor que el de ayer: Jakob está comiendo sin tener que pasar cada bocado con agua, Reza no para de alabar la comida y los dos cuchichean de vez en cuando y sonríen. Quiero guardar este momento en mi memoria para siempre: parecemos una familia normal.

Después mi marido vuelve al trabajo y mis hijos hacen sus deberes sin rechistar (voy a tener que invitar gente a comer todos los días). Reza y Jakob charlan un rato más, hasta que se acerca la hora del segundo turno de clase de alemán en el campamento y Reza se despide. Aprovecho que mis hijos están tranquilos y le doy también una clase a Jakob. Luego le pregunto si quiere volver a quedar con Sadik y los otros afganos, para despedirse, pero me dice que no, que ya se ha despedido de Reza y que los demás no son sus amigos de verdad, que prefiere salir a pasear conmigo y jugar luego a las cartas con mis hijos. Uy, qué pequeña se me pone la barriga cuando pienso en lo solo que está este muchacho. Cómo me acuerdo de aquel verano del 93 en que pasé seis semanas en un mierdapueblo bávaro donde nadie me hablaba porque yo no entendía su dialecto… aquella fiesta en que estuve cuatro horas rodeada de gente y, sin embargo, completamente sola.

Casi no conozco a Jakob, pero sé perfectamente cómo se siente, y ahora entiendo lo que dijo esta mañana sobre el transfer a Afghanistán: si la vida en Alemania significa ser ignorado y estar siempre solo, entonces es mejor volver a su patria y morir cerca de su familia.

Un comentario

  1. Yecla · abril 14, 2016

    Sigue así, informándonos de una forma amena.

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