Feliz fiesta – Id mubarak

El martes por fin acabó el mes de ramadán y dio comienzo una de las dos grandes fiestas de los musulmanes: la fiesta de fin de ayuno.

Jakob me había dicho que para él esta fiesta de tres días de duración es como nuestras Navidades, que hay que estrenar ropa, visitar a familia y amigos, comer mucho, hacer regalos y dar dinero y dulces a los niños. Y yo tenía miedo de que se deprimiera pensando en su familia.

Para tratar de acercarnos lo más posible a una fiesta familiar entrañable, comenzamos por comprarle ropa la semana pasada: en la sección infantil de una cadena de moda sueca, porque con su escaso 1,60m no hay otra manera de encontrar la talla correcta. Conseguimos dos pantalones, lo que le hizo muy feliz, y además echamos un par de camisetas a la bolsa como regalo extra. Estoy convencida de que mentalmente va sumando todas las veces que le regalo algo, aunque nada más sea el billete de autobús, y temo la llegada de mi cumpleaños, porque la revancha puede ser terrible.

El lunes por la noche volvemos a tener el mismo problema que al inicio del ramadán: algún afgano ha dicho en el alojamiento que la fiesta empieza un día más tarde y Jakob tiene dudas. Es cierto, no en todas partes del mundo coincide la fecha, pero yo le aseguro que las asociaciones musulmanas de Alemania están de acuerdo en que aquí la fiesta empieza el martes y, además, en la escuela le han dado el día libre a propósito. Él no termina de creerme y anuncia: “mañana temprano voy meskita y me dicen”.

Yo había calculado que lo del temprano iba a ser sobre las 8 de la mañana… sin embargo a las 5:50 a.m. mi móvil ya canta y vibra dos veces porque han llegado dos mensajes. Mi pobre marido salta de la cama nervioso, pero yo sé quién me escribe sin tener que mirarlo y le perdono que nos haya robado media hora de sueño. El primer mensaje dice: “estoy en meskita, hoy fiesta”. El segundo es más interesante: “rezar 6:15”. Significa que hacia las 7 a.m. habrá terminado la oración y Jakob se pondrá en camino a mi casa, porque a mi familia es a los primeros que quiere visitar, antes de quedar con el par de amigos que tiene.

Mi primera intención había sido salir a comprar salmón, que es el único pescado que comen mis hijos y que sé que le gusta a Jakob, mientras él está rezando, pero con ese madrugón que se ha pegado, toca cambio de planes: vamos juntos a la compra.

Hm, mira que en esta ocasión puede elegir libremente entre el pescado, la ternera o el cordero, que normalmente no puede comprar en el supermercado de su pueblo y tiene que traer de la tienda turca junto a la mezquita – pues se le ocurre volver a pedir pollo. Por lo menos esta vez será pollo biológico, aunque me toque explicarle de qué va lo de los pollos felices que comen sano y tienen espacio para pasear. Explicarle después que las patatas, las cebollas y los tomates también los compro “felices”, resulta un poco más complicado.

Aprovechando que esta semana nos tocan días soleados y temperaturas en torno a los 22°C, charlamos un rato en la terraza hasta la hora de cocinar. Jakob está relajado, se hace un par de fotos en el jardín, me quiere fotografiar a mí también, y no se deprime cuando explica que hace más de una semana que no tiene contacto con su familia, porque el tío se ha ido a trabajar fuera de la ciudad. Hm, y yo que había pensado que hiciéramos una transferencia por aquello de mandar dinero a los niños por “Navidad”. Habrá que esperar.

Manos a la masa. Jakob decora la bandeja del horno con tanta delicadeza que parece que estuviera haciendo una obra de arte: en el centro unos aros de cebolla, a su alrededor los muslos de pollo, en el borde exterior alternan patatas y cebollas, y después toda la verdura queda cubierta con rodajas de tomate. Le pregunto si este plato tiene un nombre especial y me dice que sí, que es “dopiaza”, donde “do” es “dos” y “piaz” es “cebolla”. Más tarde lo busco en internet y… bueno, ya se sabe que cada uno en su casa cocina una paella diferente… pero al menos podríamos haber comprado cordero.

Mi marido no puede venir a comer, pero mis hijos se abalanzan sobre la “dopiaza” de pollo como si no hubieran comido en una semana, aunque el menor, que es mal comedor, aparta los tomates y las cebollas, cargándose la “dopiaza”. Todos alabamos la comida. Sin embargo Jakob no está satisfecho con el resultado: al pollo le ha faltado un poco de tiempo, no se deja desmigajar bien con cuchara y tenedor. Le aseguro que con un cuchillo no hay problema y acabamos el almuerzo en paz.

Y puesto que somos una familia Multikulti, después de hablar alemán durante la comida afgana, nos echamos la siesta. La nuestra es breve, pero el pobre Jakob, todavía agotado por el ramadán y el madrugón de hoy, duerme feliz durante más de dos horas.

A las cinco de la tarde se despide, tiene una hora de viaje en autobús y aún debe hacer los deberes para su clase de alemán del miércoles, día en que además visita a sus dos amigos. Hoy, jueves, fin de fiesta, no se puede hacer gran cosa: los alemanes están nerviosos esperando que empiece el partido de fútbol.

2 comentarios

  1. Yecla Perez · julio 7, 2016

    Gracias es muy interesante. Mí compañera de trabajo y algunos alumnos faltaron el martes por la fiesta también.

    ¿Para ti es una nueva experiencia el contacto con in musulmán?

    Un abrazo Yecla

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    • karenmparamio · julio 8, 2016

      No es nueva del todo, mis hijos han tenido y tienen amigos musulmanes y yo estoy en contacto con las madres, y con mis vecinos turcos. Pero esta vez la relación es más profunda: incluso he visto a Jakob hacer las abluciones prescriptivas antes de rezar. Es otro mundo y, sin embargo, a veces me siento más cercana a él que al mundo racional y más frío de algunos alemanes. Ya te seguiré contando.

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