¿Qué voy a hacer sin ti?

Por fin ha llegado el momento de irme de vacaciones y así se lo anuncio a mis alumnos y a mi ahijado. Las clases de la Universidad Popular terminaron el 29 de julio, paralelamente con el curso escolar en el estado de Baviera, pero todavía me quedaban dos alumnas privadas: una, la peluquera que viene los lunes, que es el día en que libran todos los peluqueros alemanes, la otra, mi encantadora vecina, la señora G.

La buena de Frau G. me abordó un sábado noche en un concierto de música andina para suplicarme un curso intensivo de conversación. Esta dama, de 70 años de edad, colabora activamente en una asociación de ayuda a Latinoamérica y, por azar, ha resultado elegida para supervisar en septiembre los proyectos patrocinados en Bolivia.

Frau G. entiende bastante español, pero a la hora de hablar, además de no atreverse, se le mezcla el francés, y no sabe simplificar las frases. Durante las semanas en que hemos dado clase, mi querida vecina no ha parado de decirme lo a gusto que se siente conversando conmigo, porque parece que yo le leyera el pensamiento, le deduzco las palabras casi antes de acabar de decirlas y a menudo le propongo una versión fácil y simple de expresar aquello que a ella tanto le cuesta decir.

Ahora me voy de vacaciones y Frau G. se lamenta: “¿Qué voy a hacer 3 semanas sin usted? Se me va a olvidar todo.”

No es la única, claro. También mi ahijado afgano me repite con frecuencia cuánto le gusta hablar conmigo, que le entiendo siempre, incluso cuando pronuncia la w como gu, además le hablo claro, le doy ejemplos útiles de cómo integrar una palabra nueva en su día a día y le ayudo con los deberes hasta por teléfono, adivinando lo que pide el libro.

Jakob me dice: “Quiero que tu familia y tú tienes buenas vacaciones.” Y luego añade flojito: “¿Qué hago yo 3 semanas sin ti?”

Por suerte su curso de integración no hace pausa, él se prepara un buen brunch por las mañanas, va a clase a diario de 13:30 a 17:30 h, sigue teniendo deberes y un montón de material para leer y repasar, y dos amigos a los que visita de vez en cuando. Pero mis intentos de hacerle quedar con otra profesora fracasan estrepitosamente. “No quiero otra profesora, quiero que vienes tú. Yo espero.”

Ay, Jakob, ¿qué voy a hacer yo, 3 semanas sin ti? Se me va a olvidar el poco farsi que he aprendido, porque no puedo ir por ahí diciendo: «Man paella míjoram, man sangría mínusham.»

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