Dos autoras, dos actitudes

Hace poco estaba en la biblioteca municipal seleccionando libros para mis hijos, cuando desde la estantería de recomendaciones para adultos un título llamó poderosamente mi atención. Desde que ayudo a Jakob diariamente con los deberes de alemán, y con la dificultad de los mismos incrementándose a pasos de gigante, casi no tengo tiempo de leer libros, pero este no podía dejarlo pasar: “Wir schaffen es nicht”, de la autora alemana Katja Schneidt.

El título, “No lo conseguimos”, es una clara respuesta a la coletilla que Angela Merkel ha repetido incesantemente durante el 2015 y parte del 2016, “wir schaffen es”, “nosotros lo conseguimos”. Frau Merkel se ha estado refiriendo con ella a la llegada masiva de refugiados al país, aunque de una manera vaga e indefinida, ya que no ha explicado en absoluto quiénes son los “nosotros”, ni qué es exactamente lo que se espera conseguir, ni mucho menos con qué consecuencias socio-económicas.

Frau Schneidt en cambio pretende concretar y su libro lleva por subtítulo: “Una ayudante de refugiados explica por qué la crisis de los refugiados desborda a Alemania”. Y la contraportada nos aclara que Frau Schneidt sabe bien de lo que habla, tanto por su larga experiencia con refugiados, ya desde las guerras de la antigua Yugoslavia en los 90s, como por su conversión al Islam tiempo después de haber terminado una relación turbulenta con un hombre turco-kurdo. (Esto lo cuenta la autora detalladamente en otro de sus libros, por si a alguien le interesa.)

De todos los puntos que toca el libro hay unos cuantos con los que estoy claramente de acuerdo, porque mi experiencia y la de la autora coinciden. Sobre otras críticas, más relacionadas con decisiones políticas o económicas, no puedo opinar porque no poseo suficientes conocimientos al respecto y me faltan datos. Y finalmente también ha habido un par de cosas que no me han gustado…

Para no aburrir a nadie con tediosas discusiones, voy a comentar sólo, y lo más brevemente posible, los dos puntos fuertes de la coletilla, empezando por el “nosotros”:

Frau Schneidt expresa, y yo con ella, la triste realidad: la mayoría de la ayuda a la integración se está llevando a cabo a través de voluntarios, como yo misma, que, por desgracia, ni somos suficientes, ni estamos capacitados profesionalmente para ciertas tareas fundamentales como es la ayuda psicológica a los refugiados. Los “nosotros” somos pocos. Hacen falta urgentemente más voluntarios y muchos, muchísimos más, profesionales.

Sobre el “lo”, es decir, la integración de los refugiados en la sociedad alemana, aquello que se pretende conseguir y que, según esta autora, no lograremos, también coincido con ella en dos detalles:

“La integración no es una calle de sentido único”, nos dice, con razón. No tiene sentido exigir que los refugiados se integren y al mismo tiempo estar mirando hacia otro lado o poniendo trabas. El que pide integración debe estar también dispuesto a dar un par de pasos adelante, aunque sólo sea aceptando a los refugiados como vecinos, saludándolos en la escalera y en la calle, y escuchándolos con paciencia si se acercan con una pregunta.

La integración en la cultura occidental conlleva el conocimiento y el respeto de los derechos de las mujeres en nuestra sociedad. No basta con dar unas horas de clase al respecto en los cursos de integración, que son mayoritariamente seguidos por los hombres mientras las mujeres se quedan con los niños en los alojamientos comunitarios. Hay que perseguir sistemáticamente que las mujeres refugiadas también asistan a los cursos y aclararles además con detalle qué posibilidades hay para ellas de cuidado infantil, asistencia médica, educación y ayuda en caso de violencia doméstica. Para esta parte de la integración es para la que más profesionales se necesitarían y, por desgracia, no los hay.

Por la dificultad en la integración de las mujeres, por la escasez de viviendas y de puestos de trabajo para trabajadores no cualificados y por otro par de detalles, es por lo que Frau Schneidt proclama “no lo conseguimos”. El título le ha quedado muy impactante y hasta tiene buena parte de razón, pero la autora no me convence por su actitud. El que se levanta por la mañana pensando “no lo voy a conseguir”, puede dar por sentado que no logrará nada positivo en todo el día. El camino de la integración es difícil y en algunos casos no se conseguirá (ya mencioné en Las ovejas negras a Gulab, que ya era intolerante y anti-integración en su propio país, no se puede esperar que aquí sea de otra manera), pero yo soy Doña Quijote, ya lo sabéis, y preferiría que la autora tuviera una actitud más inspiradora y nos animara con un título como “Lo que debemos mejorar para conseguirlo”.

Frau Schneidt comenta en su libro que para ser un buen ayudante de refugiados hay que permanecer a una cierta distancia emocional de los mismos, sin implicarse en sus historias particulares. Esto es lo mismo que hacen, por ejemplo, los médicos oncólogos infantiles: tratar a pacientes de pequeño tamaño. Punto. Evitando llevarse a la cama el disgusto constante por la mala suerte de los niños enfermos.

Está claro que, según este criterio, no soy una buena ayudante de refugiados. Y el día en que visité a Jakob en el hospital, yo ya lo sabía: soy su amiga, su familia, su apoyo moral en los días bajos… Estoy tan implicada emocionalmente que ya no puedo ayudar a nadie más.

Y esta terrible facilidad empática mía es la que hace que prefiera las obras de la segunda autora que quiero comentar en este artículo: la también alemana Ronja von Wurmb-Seibel. Como su apellido es muy largo, y además estamos en la misma onda, me vais a permitir (espero que ella también) que la llame simplemente Ronja.

Ronja viajó hace tiempo como reportera a Afganistán y se enamoró del país y sus gentes hasta el punto de quedarse a vivir allí durante el año 2014 completo. Además de sus artículos periodísticos al respecto, Ronja ha publicado un libro de relatos que pretendo conseguir en cuanto pueda: “Ausgerechnet Kabul – 13 Geschichten vom Leben im Krieg”. En mi traducción libre: Precisamente Kabul – 13 historias sobre la vida en la guerra. www.vonwurmbseibel.com

Entre la gente que Ronja conoció durante su estancia en Afganistán había un muchacho de 15 años, huérfano de padre, que al despedirse de ella le anunció que trataría de llegar a Alemania para solicitar asilo. Al año siguiente el muchacho puso en marcha su plan y, tras haber pasado diversas penalidades, llamó a Ronja y su novio desde un campamento de Hungría y les pidió que, por favor, le ayudaran a completar su recorrido. Tras mucho meditar, la pareja se apiadó del chico, fue a recogerlo en coche y lo introdujo ilegalmente en Alemania. Lo alojaron en su casa un par de semanas, para darle la posibilidad de estabilizarse psicológicamente, y después lo acompañaron a presentarse ante las autoridades. Podrían haber acabado su implicación en ese punto, confiando en las medidas de integración de la ciudad de Hamburgo, pero entretanto le habían cogido un cierto cariño al chaval y las tristes condiciones de su alojamiento y el retraso de las autoridades en conseguirle un curso de alemán hicieron que la pareja se lo planteara de nuevo y decidieran acogerlo oficialmente como sus tutores.

Si Ronja integra a su amigo y yo integro al mío, ¿cuántos refugiados pueden integrar 80 millones de alemanes?  Pues, depende de su actitud.

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