Sentir vergüenza

Voy en autobús. Delante de mí hay un grupo de cuatro asientos que se miran dos a dos. Tres asientos están ocupados por una mujer con hiyab y sus dos hijos, el cuarto por una mujer alemana, probablemente ya jubilada.

Los niños van en silencio y están quietecitos. La mujer alemana les sonríe y les pregunta de repente cuántos años tienen. Un niño responde que siete, al otro no se le entiende bien. La mujer musulmana sonríe y trata de repetir un “cinco” que suena a refugiada siria.

Entonces la alemana rebusca en su bolso, saca el monedero y lo abre. Inmediatamente la siria se pone seria, niega con la cabeza, dice “nein, nein” y agita una mano, tratando de empujar el monedero.

La alemana no se deja interrumpir, rebusca y entrega a cada niño una moneda de 50 céntimos al tiempo que explica: “para chuches”. La siria insiste: “no necesito, no necesito”. Los niños dicen “danke”, pero ya no sonríen y se quedan con las manos extendidas, sin saber qué hacer con las monedas.

La señora alemana se levanta y va hacia la puerta de salida con una sonrisa triunfante. Debe estar pensando que ha hecho su buena obra del día. La madre siria agacha la cabeza, para que nadie vea las lágrimas en sus ojos. Probablemente en su ciudad ella daba limosna a los necesitados.

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