La respuesta que no necesitaba escuchar

En la última entrada me preguntaba qué habrían pensado y sentido mis amigos sirios al oír las explosiones de los cohetes de Año Nuevo, pero ni por asomo pretendía formularles la pregunta en persona. Sin embargo, de manera inesperada, he recibido una respuesta.

En realidad estamos hablando sobre la hija mayor, de 9 años, que prefiere dormir en el salón en lugar de con sus hermanos en el dormitorio. Y entonces es cuando la madre, que no tiene todavía ni el nivel A1 de alemán, consigue hacerme comprender lo siguiente:

“En Daraa, nuestra ciudad, mi hija tampoco dormía con nosotros. Le gustaba más ir a casa de su tía, en la puerta de al lado. La hermana de mi marido es soltera y por eso tenía una habitación libre para mi hija. Pero mis otros hijos y yo dormíamos en el suelo de la cocina, que daba al interior. Nuestros dos dormitorios daban a la calle y por la noche no era seguro dormir allí, con los disparos y las explosiones.

De día estábamos siempre en la casa. Cada vez que caía una bomba cerca, el pequeño gemelo corría a esconderse debajo de la mesa de la cocina. Los niños no podían jugar en la calle. Una vez los hijos de una vecina jugaban afuera y una bomba cayó sobre ellos. Los trozos que quedaron eran tan pequeños que la pobre mujer no pudo saber cuál correspondía a cada niño. Yo no salí, para no verlos. Eran cinco niños.”

Sorprendentemente me lo está contando con calma, casi en el mismo tono con el que me suele relatar las últimas hazañas de sus gemelos. Y yo, que hasta entonces me había estado imaginando las habitaciones, la estrecha cocina de techo bajo y hasta la mesa, decido dejar también mi fantasía dentro de la casa, para no verlos.

Mientras la madre aún niega con la cabeza, el padre aprovecha para hablar él, porque, aunque yo no había querido preguntar, ellos necesitan sacárselo de dentro.

“Una vez estuvimos 18 días sin poder salir de la casa. Estábamos muy nervioso todo el tiempo. Los soldados patrullaban las calles, a pie o con vehículos. A veces disparaban durante un rato desde un tejado, para que la gente no saliera de las casas. Después de los 18 días los soldados dejaron que una mujer saliera de cada casa para comprar comida y volver rápido. Una mujer, nada de hombres.

Mi sobrino tuvo un problema. Compró para su móvil la tarjeta SIM de otro hombre y entonces vinieron los soldados y lo llevaron a la cárcel. Cada día le preguntaban dónde estaba ahora el hombre que le vendió la tarjeta. Como él contestaba que no lo sabía, que él sólo había comprado la tarjeta y no era amigo del hombre, los soldados le quemaban el cuerpo con cigarrillos. Después de 40 días de preguntar le dejaron libre y entonces yo le dije a mi hermano que me iba del país y me llevaba a mi sobrino y él dijo vale.

Después, cuando yo ya estaba en Alemania, una vez hablaba por teléfono con mi mujer y escuché un ruido terrible y la llamada se cortó. Yo estaba muy preocupado y después de unos minutos de intentar llamar de nuevo, por fin pude hablar con ella. Había estado sentada en el suelo cerca de la ventana de un dormitorio y una bala rompió el cristal y entró hasta la pared de enfrente.”

Su esposa se agacha y escenifica la historia mientras el marido repite dos veces la palabra “bala”, que acaba de aprender. Mi imaginación todavía está en el interior de aquella casa de Daraa, viendo los cristales caídos sobre mi amiga, pero, por suerte para mí, la ciudad en ruinas no existe en mi mente y no tengo familiares que se hayan quedado allí.

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