Carnaval sirio

Es sábado, 11 de la mañana, y he aparcado delante de la casa de la familia siria para entregarles unas cajas de bebidas que me han pedido la tarde anterior. El padre me ayuda a descargar y meter todo adentro, me da las gracias y entonces me dice:
– Karín, esta tarde, 14 horas, fiesta carnaval Kindergarten. ¿Qué es eso? ¿Puedes venir?

Servidora suspira. Ya podían habérmelo dicho ayer junto con el pedido de bebidas, ¿no? Y yo misma debía haber sido más espabilada y haber preguntado cuando el otro día la madre me enseñó los vestidos de princesa y las varitas mágicas. Aunque entonces no habría tenido tanta gracia, claro, la espontaneidad anima la vida. Por suerte no tengo nada planeado a esas horas. Asiento y prometo venir a las 13:15 para acompañarles, coger mesa y ayudar a vestir a los niños.

En mi casa revuelvo la caja de disfraces que hay en el fondo del armario del cuarto de invitados. Ya no quedan muchas cosas allí, porque los primeros disfraces de mis hijos (Bob el constructor, bombero, policía…) ya se los regalé a mis sobrinos. No voy a llevar la máscara de Batman, la capucha ninja ni el traje de esqueleto ensangrentado, que fueron los disfraces de la segunda etapa, pero hay un gorro de cocinero, uno de bruja y uno de marinero, perfectos para el padre, la madre y yo misma.

Mientras mi familia duerme la siesta, me voy “a Siria” y me encuentro a los niños ya listos… con los vaporosos y translúcidos trajes de princesa puestos. Afuera nieva. La madre no ha querido esperar a que se cambien en los vestuarios del polideportivo, que es donde se celebra la fiesta, porque quería tener tiempo de peinar y maquillar a sus hijas. Ver a las niñas de 6 y 9 años con los ojos y los labios pintados no me sorprende, en el carnaval alemán también se hace: todas las ciudades y pueblos presentan con orgullo grupos de majorettes de distintas edades que hacen acrobacias gimnásticas en el escenario, con sus uniformes militares con mircrofalda y extremadamente maquilladas. No me suena que haya habido ningún debate feminista al respecto. Hm.

El pequeño gemelo tiene más suerte: le toca un disfraz calentito de fieltro en forma de fresa, y en verdad que está para comérselo. Ayudo a poner abrigos y botas.

Llegamos al polideportivo y desparramamos los abrigos por un grupo de asientos. Saco mi gorra de marinero y demás abalorios y me adorno. Obligo al padre a ponerse el delantal y el gorro de chef. Ya hay algunas familias más, los padres van de indios, las madres de piratas, y los primeros niños corretean en círculo alrededor de las mesas. Las educadoras también están allí, disfrazadas, como yo ya esperaba, pero los sirios no.

Todos miran sorprendidos a esos adultos raros que, en lugar de con un sencillo “hola”, saludan “Helau” con un movimiento exagerado del brazo. Los gemelos no reconocen a sus educadoras ni a sus amiguitos, que ahora van de robots, Darth Vader o Spiderman. Sus ojos se llenan de lágrimas.

Antes de que digan que quieren volverse a casa, los tomo de la mano y vamos juntos a dar un par de vueltas hacia el escenario y de regreso a nuestra mesa. En el camino otros niños nos saludan y poco a poco se llena la sala y también la mesa del bufé, que es el segundo argumento que empleo para calmar a los gemelos.

Comienza la música, las educadoras saludas y piden a los asistentes que suban al escenario por grupos. Primero los niños: indios, vaqueros, policías y ladrones; luego los superhéroes y demás marcianos; luego las hadas y las princesas. Los gemelos ven que sus hermanas suben, cantan una canción de bienvenida y giran dos veces sobre sí mismas. Se acabó el miedo. Cuando las educadoras llaman a “las frutas y los animalitos”, nuestra fresa de fieltro y su gemela, exótica princesa-insecto, sueltan mis manos y ya no los vuelvo a ver durante el resto de la fiesta, salvo para comer y beber.

A continuación las educadoras llaman a las madres disfrazadas y subo a cantar y girar. La madre siria no ha tenido tiempo de ponerse la capa ni el gorro de bruja, porque no para de hacer fotos y vídeos de todos sus retoños, y ahora también de mí. Pero cuando llaman a los padres, veo que el cocinero ha aprovechado mi ausencia y ya se ha quitado el disfraz. El año que viene seguro que se quedará directamente en casa, como mi marido.

A las cinco de la tarde acaba la fiesta. Los pequeños sirios refunfuñan un poco mientras les pongo los abrigos, pero, como se han llenado las barrigas de pastel y magdalenas, y han bailado la conga, están felices. Y yo me alegro por ellos. Un paso más hacia su integración en este complicado país.

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