La boda

Es sábado, estoy tomando el té con la familia siria y mi amiga explica que al día siguiente está invitada a una fiesta y que si quiero ir con ella y bailar. Pregunto la hora y pido más explicaciones sobre la fiesta. El marido traduce y aclara que debemos tomar el autobús a las 4 de la tarde y que la fiesta es en la sala de reuniones de una parroquia. Mi amiga explica que va a ir vestida con falda larga y blusa. Pregunto más, pregunto de nuevo porque no me queda claro y sé que me voy a meter en un lío. La siguiente respuesta es: se casa el hijo de una buena amiga de Mariam, pero no hay que llevar regalo ni nada, y es importante que vaya mucha gente para tener buen ambiente y yo soy como de la familia y, por favor, por favor, debo ir.

Todo muy sospechoso, pero, en fin, al menos habrá un artículo para el blog. Alegraos.

El domingo a las 4 menos 10 voy a la parada de autobús. Mi amiga ya está allí, lleva falda Boda1vaquera recta de media pierna, hijab blanco, jersey blanco y chaqueta de punto color azul marino. No resulta tan glamurosa como yo esperaba. Los gemelos y el marido no vienen, pero sí las dos hijas mayores, que llevan pantalones vaqueros y camisetas de manga larga, rosas con un dibujo de lentejuelas, pero ni abrigo ni chaqueta. No sé si me he dejado llevar por las bodas de las películas indias que ve mi ahijado afgano: yo visto falda negra larga con volante y blusa roja brillante, con un discreto collar de granates, y me he maquillado. Las dos niñas me miran fascinadas, no soy la misma mujer que ven habitualmente. Llevo también mi abrigo, porque ahora aún brilla el sol, pero cuando anochezca, hará fresco.

En el autobús surge el conflicto. Pregunto dónde hay que bajar y recibo dos respuestas contradictorias. El móvil de mi amiga muestra un mapa con una marca roja en la calle Zeppelin, a la altura de un restaurante griego que conozco. Un poco más cuesta abajo hay dos iglesias con sus correspondientes salas parroquiales. Pero mi amiga dice: enfrente del teatro, tomar el número 6 y una parada. Esta información me chirría por varios motivos: nuestro autobús va a llegar a la calle del teatro desde la dirección por la que pasa el número 6, no hace falta cambiar, bastaría bajarse una parada antes, pero eso es en medio del parque que rodea el casco antiguo como un anillo. Con tanto árbol no consigo ver en mi recuerdo la torre de ninguna iglesia cercana. Entre ese punto y la calle Zeppelin hay 25 minutos a pie. Encima nuestro autobús tiene que desviarse por obras y pasar muy cerca del restaurante griego de la calle Zeppelin, como dice el mapa, cruzando de nuevo la ruta del número 6.

Sé que no voy a conseguir nada, pero pregunto: ¿Cómo se llama la iglesia? ¿En qué calle está? ¿Cómo se llama la parada del autobús? Mi amiga sólo me muestra de nuevo el mapa de su móvil y repite: primera parada después del teatro.

Yo quería una aventura para el blog. Ya la tengo.

Bajamos en la calle Zeppelin, pasamos por delante del restaurante, que está cerrado por reformas, seguimos calle abajo hacia las dos iglesias. Delante de la primera hay varios grupos de gente, pero no son sirios, sino africanos. La segunda iglesia está cerrada por todos lados.

Pregunto a mi amiga si no puede hablar o escribir con la madre del novio y preguntar por la dirección exacta. En Europa es importante saber el nombre de las calles. Yo tenía que haber preguntado ayer, en lugar de bloquearme con el tema del regalo a los novios.

Mi amiga habla con su marido. Él le manda de nuevo el mismo mapa con el punto rojo en el restaurante. Protesto. Hablan de nuevo y de repente suena por fin el nombre de una calle: tendremos que caminar los 25 minutos por el parque, hasta las torres que no vi en mi memoria. A falta de nombre de calle podrían haber dicho que el local está enfrente del enorme parque de bomberos, pero nadie ha encontrado ese dato suficientemente relevante. Lo siento por las pobres niñas, que trotan detrás de mí y no tienen permiso de hacer una pausa en los columpios.

Llegamos a la sala parroquial cuando pasan unos minutos de las 5 p.m. Sobre el escenario hay dos butacas, en espera de los novios, una mesita y, tras un biombo, el equipo de música que ya suena atronador. A lo largo de las paredes de la sala hay mesas y sillas, con capacidad para unas 80 personas, de momento solo medio llenas con mujeres y niños. La decoración se reduce a manteles blancos de papel, velitas de té y pétalos de flores de papel. No hay vasos ni bebidas en ningún lugar a la vista. En el centro de la sala queda espacio libre para bailar. Ya hay tres mujeres bailando.

Nos sentamos. Mi amiga saluda a varias mujeres de la mesa contigua. Ahí rondan dos niñas vestidas de princesa, o de pseudo-comunión, vestidos blancos vaporosos y diademas plateadas. La hija mayor de mi amiga baja la cabeza, avergonzada y se queja de no ir suficientemente elegante. La segunda no habla, debe estar cansada, no tenemos nada para darle de beber y en toda la tarde no se va a mover de su silla.

En una de las mesas hay tres o cuatro alemanas con traje de pantalón. Las demás mujeres llevan atuendos diversos, unas con blusas de encaje, o con transparencias, las más jóvenes con vestidos de lycra extremadamente cortos y muy escotados. Nada más entrar en la sala, se quitan el hijab, algunas se quitan también los leggings y se ponen el traje de fiesta allí mismo. Hay tres mujeres teñidas de rubio, una de pelirrojo, dos llevan el pelo corto estilo paje. La madre del novio aún tarda una hora en aparecer, lleva un vestido negro de cóctel y una chaqueta roja de raso con aplicaciones negras. No está permitido hacer fotos, por aquello de llevar la cabeza descubierta.

Mi amiga y yo bailamos, a veces conseguimos que la hija mayor se nos una. No quiero presumir, pero es el momento de mostrar lo que he aprendido en los 12 semestres que llevo practicando danza del vientre. Y una fiesta, una vez encontrado el local, es una fiesta, y que te quiten lo bailao.

A las 7 y pico, poco antes de que haga aparición la novia, entran una mujer afgana y sus dos hijas adolescentes. Lo sé porque mi amiga me la presenta: son compañeras de la clase de alfabetización. Todas las amigas que ha saludado, con las que hemos bailado, y la madre del novio, resultan ser compañeras del curso de alfabetización. Amiguísimas de toda la vida, como en España, vamos.

Las dos chicas afganas proponen hacernos una demostración de su estilo de baile y entregan un móvil a la encargada de la música. El ritmo lo he oído antes, en casa de mi ahijado, recuerda más al flamenco que los ritmos árabes y tiene quiebros. Las chicas no mueven las caderas, como hacemos las sirias y yo, sino que dan unos pasitos muy cortos. No soy capaz de imitarlas. Al acabar la canción me acerco a hablar con ellas y les digo tres cosas en dari. Me miran con la misma sonrisa que pongo yo cuando alguien me dice: “mi llama Hans y soy de alemán”. Pero cuando explico que la frase más importante que he aprendido es “qué bonitos ojos tienes”, levantan el pulgar y corren a contarle la gracia a su madre.

La novia entra, lleva un vestido blanco con falda de campana, se quita la capa, hay aplausos y el clásico ulular de las mujeres árabes. Fotos por aquí y por allá, vídeos de cómo baila. Nos van a dar las 8 y todavía no hay rastro del novio y mucho menos de la comida. Aprovecho para mirar el horario del autobús. El de las 20:28h no nos vale, pero el de las 21:08h deberíamos tomarlo, porque el próximo es una hora más tarde y al día siguiente hay que madrugar.

De pronto hay revuelo entre las mujeres, que comienzan a cambiarse de ropa y a ponerse los pañuelos: se anuncia la llegada del novio. Los hombres cantan o recitan en el pasillo y finalmente entran el nuevo esposo, que me recuerda a Salvador Sobral, el portugués que ganó eurovisión el año pasado, y sus hermanos. Más aplausos y ulular, más fotos. A las 20:45h los hermanos empujan un carrito con una tarta nupcial de tres pisos y los novios se hacen la foto con el cuchillo en la mano, pero no reparten trozos a nadie. Snif, snif.

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Cuando por fin se abre la puerta a la sala del buffet, yo ya tengo el abrigo puesto y las instrucciones son claras: una pieza de comida en cada mano y a correr al autobús. Una lástima, porque hay muslos de pollo, kubba, hojas de parra rellenas de arroz, diversas empanadillas y hojaldres rellenos. Montones de cosas ricas que no probaremos. Por suerte, las niñas de mi amiga no protestan en absoluto y conseguimos llegar a la parada justo a tiempo de tomar el autobús. Uf.

Camino de casa Mariam me pregunta si me ha gustado la boda y si es parecido a lo que hacemos en España. Le respondo que el orden de la celebración suele ser el inverso, primero comer y luego bailar, pero que lo he pasado bien. Algún día quizás le cuente la boda de mi amiga de Dinamarca, donde antes y después de servir cada plato hubo un discurso, o le muestre el vídeo de la mía, con las 16 tartas del café. Quizás algún día os pueda contar también cómo en una boda afgana me pintaron las manos con henna.

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