Cuarto aniversario

¡Cómo pasa el tiempo! Ya se cumplen cuatro años desde que inicié este blog con la llegada de los refugiados a mi pueblo. ¡A saber dónde andan la mayoría de ellos!

¿Qué habrá sido de aquel policía sirio, padre de familia y abuelo primerizo, que me ponía la mano en el muslo durante las clases e insistía en nuestros antepasados comunes de Al Ándalus? Espero que haya aprendido un poco de alemán y tenga amigos con quienes jugar al dominó y relacionarse, para no caer en una depresión.

A uno de los afganos agradables me lo he encontrado por la ciudad y me ha contado emocionado que por fin tiene permiso para traer a su mujer y a sus dos hijitos (¡Cómo habrán crecido en estos cuatro años!). Aunque iniciar los trámites no significa que el éxito esté próximo: todavía tienen que conseguir superar los obstáculos burocráticos (por ejemplo, tener un contrato laboral indefinido, un seguro médico para todos y una vivienda suficientemente grande, y que su mujer hable un mínimo de alemán – ejem) y económicos (pasajes de avión para los tres).
Le deseo mucha suerte.

Una pequeña buena noticia es que mi ahijado afgano ha conseguido sacarse el carné de conducir y actualmente es el orgulloso propietario de un Opel Corsa. Todavía necesita practicar un par de años antes de poder solicitar un empleo como repartidor de paquetes, que sería su siguiente meta profesional, porque a largo plazo su trabajo actual en una imprenta supone bastante esfuerzo físico para un chico bajito y chepudo como él, y no es fácilmente compatible con la vida familiar, ya que los turnos laborales cambian cada semana y así es difícil tener un buen ritmo para dormir y descansar correctamente. Y es que la vida familiar es la siguiente meta personal: ahorrar y superar los obstáculos burocráticos que mencionaba arriba, para poder celebrar algún día esa boda magnífica a la que estoy invitada (ya decía Calderón: la vida es sueño) y traer después a la que será mi primera nuera…

Mientras él, poco a poco, va consiguiendo objetivos, hay otros muchos refugiados que, pese a sus intentos de avanzar y mejorar, son obligados a retroceder. Recientemente he tenido que ayudar a mi afgano a explicar a dos conocidas suyas que, debido al convenido de Dublín, van a ser expulsadas de Alemania durante 15 meses.
La primera muchacha, de 23 años, entró a la Unión Europea a través de Grecia, donde presentó su petición de asilo. Tras más de un año “atascada” allí, vaya usted a saber en qué condiciones (tratad de imaginar lo que es para una muchacha soltera realizar un viaje así sola), alguien la convenció de seguir camino y hace 6 meses llegó a Alemania, donde volvió a pedir asilo y fue rechazada, claro, porque lo dice el convenio de Dublín. Le toca regresar a Grecia y seguir esperando la decisión del gobierno griego sobre su situación. En todo este tiempo no ha conseguido acceso a ningún curso de idiomas ni a un permiso laboral, ni aunque fuera para limpiar (y mira que aquí hay constantemente anuncios en el periódico en busca de alguien que limpie, que es algo que las europeas del este ya no hacen, porque les interesa más cuidar ancianos).
Esta muchacha afgana lleva dos años de su vida “desperdiciados” y las probabilidades de que finalmente la deporten de vuelta a Afganistán son altas.
La segunda chica, un año más joven, entró por Italia, donde los campamentos están igualmente saturados y los procedimientos burocráticos se eternizan del mismo modo, pero había tenido más suerte y había conseguido encontrar apoyo personal en Alemania. En el protocolo de su reclamación contra el regreso a Italia he podido leer que declaró: quiero quedarme aquí, donde mi madrina me ayuda a aprender el idioma e integrarme, por favor, tengo mucho miedo de regresar sola a Italia.
Pero la burocracia es efectiva en estos casos, no como cuando se trata de deportar gente de clanes criminales, que manejan más dinero, claro.

Esta semana se ha conocido el resultado oficial de las elecciones afganas y Ashraf Ghani ha sido reelegido con una mayoría del 50,64% de los votos que consiguieron ser emitidos a pesar de los atentados talibanes. Mi ahijado ha dicho: es una marioneta, y ni siquiera es la mitad de bueno en su papel que era la marioneta de Karzai. Los seguidores del segundo candidato, Abdulah Abdulah, ya han dicho que no aceptan los resultados y están en pie de guerra – y eso, en Afganistán, hay que tomarlo al pie de la letra.

Y anoche han muerto once personas en la ciudad de Hanau, cerca de Frankfurt, porque un hombre con problemas mentales y opiniones racistas tenía acceso a un arma de fuego.
Otro de los temas clásicos de este blog, por desgracia…
Las velas son por los diez inocentes.

Siento no poder terminar con alguna anécdota más alegre. Es que he estado enferma y no he podido asistir al carnaval con los niños de mi vecina siria. Otra vez será.
Cuidaos.

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