Aprender para la vida

Ayer fue mi cumpleaños y recibí muchas llamadas y mensajes de felicitación a lo largo de todo el día. Por ejemplo, mi tía intentó llamarme desde Madrid a las 7 p.m. y y tuve que pedirle que lo hiciera más tarde, porque estábamos comenzando a cenar. Propuse hablar a las 9, y me quedé dudando si entonces podría ser ella la que estuviera empezando con la cena 😀
Otra persona que no termina de aprender los horarios alemanes de comidas es mi vecina siria. Como después de mi cuarentena en septiembre, tras el regreso de las vacaciones, yo todavía no había podido ir a verla, no me extrañó que me llamara ayer cuando acababa de tumbarme para dormir la siesta. Ella y yo nos llevamos sólo 5 días de diferencia, su cumpleaños es el próximo miércoles y al día siguiente es también el de su hija mayor. Parece fácil de recordar, ¿no? Pues cuando salté del sofá a coger el teléfono resultó que no llamaba para felicitarme ni para preguntar por qué tardo tanto en ir a verla, sino para pedir, en tono de reclamación, que haga algo en su lugar. Hm.

En julio conseguí que fuéramos juntas a la papelería a comprar el material escolar para sus hijas. No fue fácil, ella hubiera preferido que lo comprase todo yo sola, como los años anteriores, o que fuese con la niña mayor (que cumplirá 11 ahora), cualquier cosa con tal de no tener que aprenderse los nombres de los productos. Por supuesto, no consiguió terminar de entender la organización de los estantes con los cuadernos: a rayas o a cuadros, con un margen o dos o sin margen, de 16 páginas o de 32, con lineatura coloreada para principiantes o sin colorear para el siguiente nivel. Pero bueno, cuando el año que viene yo deje de comprar de estas cosas para mis hijos, ella todavía puede mostrarle la lista a una dependienta y seguro que la ayudan.
Lo que no puede seguir esperando de mí, y mucho menos en tiempo de pandemia, es lo que me pidió ayer: que vaya yo con sus hijos al control del dentista, “porque ella no entiende”. Ya fui una vez con la mayor al oculista, y por suerte no nos preguntaron nada y no había que firmar ningún documento, pero más tarde me suplicó que fuera con la misma niña a la revisión del pediatra (!) y, por supuesto, el tema de la protección de datos casi nos arruina la visita: hubo que telefonear con la madre dos veces para que me autorizara a intercambiar con la doctora informaciones muy personales sobre la situación familiar y escolar de la cría y su evolución con respecto al control anterior.

Bien, ayer conseguí librarme, porque la cita (que hice yo en su nombre en agosto) es un martes sobre las 5 de la tarde y ese día a esa hora yo me estoy preparando para ir a la escuela de mi pueblo a dar clase de español. Mis alumnos no han terminado aún el curso de nivel A2, pero hablan mucho mejor que la siria, que hizo dos veces el curso B1.
En fin, no le voy a tener en cuenta que olvidara mi aniversario: el miércoles iré a verla y le daré el regalo que le ha traído de España.

Ah, claro, a mi afganito todavía lo acompaño a llevar el coche al taller, pero eso es otra cosa 😉

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