Adviento

El adviento, del latín adventus=llegada, es en la tradición cristiana el tiempo de espera hasta la llegada de la Navidad. En la actualidad se empieza a contar cuatro domingos antes de dicha fiesta, es decir, el pasado 29 de noviembre fue el primer domingo de adviento. Para amenizar la espera en estas fechas de días cortos y noches largas en Centroeuropa (no digáis “invierno”, aunque ya nieve, que hasta el día 21 todavía es oficialmente otoño), se inventaron los calendarios de adviento.
Estos calendarios comienzan el 1 de diciembre y constan de 24 ventanas o puertecitas numeradas; hay que abrir una cada día y ver qué sorpresa se esconde detrás. Inicialmente bastaba un dibujito, luego se descubrió que una chocolatina conducía a más ventas de calendarios, y en la actualidad puedes encontrar calendarios de adviento de lo más variopintos: con juguetes (infantiles o eróticos), perfumes, frases aleccionadoras, descuentos en compras… Esta mañana mi banco me ha mandado un correo electrónico para recordarme que existe un calendario de adviento en su página web, aunque no creo que allí me regalen nada interesante, hm, hm.
Aquí tenéis una ventana, es la que me he encontrado yo al despertar:

Y la he abierto sin tardanza, pues la primera nevada de cada invierno (ups, eh, uh, ya me entendéis), siempre es algo mágico, nuevo, sorprendente, y la misma pobre luz del mismo triste cielo nublado que nos acompañaba los días anteriores se refleja y multiplica ahora en todas las superficies y el mundo parece más alegre y más limpio.

Entonces uno se pone a pensar (al menos una, yo: Doña Quijote) lo estupendo que es tener una casita propia con paredes y techos sólidos, para dejar la nieve afuera, y una buena calefacción, para dejar el frío afuera, y tener una nevera repleta de alimentos, para dejar el hambre afuera, y una cuenta en un banco con calendario de adviento, para dejar las preocupaciones monetarias afuera, y estar sano, aunque la pandemia continúe afuera, y no vivir en guerra… Ya sabéis a dónde quiero llegar, ¿verdad?
Ojalá que estéis tan bien como yo, y entonces os deseo que las cosas sigan así mucho tiempo. No esperéis más mensajes navideños en este mes, pues Afganistán, donde reside una parte de mi corazón, es “afuera”.
Y ahora me toca volver a salir a barrer la nieve de la acera, porque si algún vecino se resbala en el trozo que me corresponde y se hace daño, me puede demandar. (Ah, quitar la nieve siempre me recuerda a Beppo, el barrendero del libro “Momo”: me concentro en cada paso que doy, sin agobiarme mirando lo lejos que aún está el final del camino).
Saludos a todos y muchos ánimos a los que tienen algún pie afuera.

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