Un año oscuro

Os contaba en el artículo «Se acaba – no se acaba» que había tenido un año (2016) trascendental: el joven afgano Jakob y yo nos habíamos adoptado mutuamente. Ahora, cuatro años después, todos vosotros podéis decir conmigo que hemos tenido un año impactante. Pero, al igual que entonces, el cambio de fecha no hace desaparecer automáticamente la situación abrumadora por la que recordaremos el año que acaba: hay mucha gente que no puede respirar. Y no estoy hablando de la pandemia, sino del racismo. Perdón, con mayúsculas: RACISMO. Aquí os dejo dos ejemplos que me tocan de cerca.

Desde hace algo más de un año, mis suegros ayudan a un muchacho somalí llamado Sólomon. Este chico está haciendo una formación como enfermero según el sistema dual alemán, alternando una semana de prácticas en una residencia de ancianos con otra en la escuela profesional. La parte práctica la lleva bien, no se escaquea del trabajo y se entiende bien con la jefa y los colegas, pero en la escuela necesita apoyo con el alemán y las matemáticas, y ahí es donde mi suegro, maestro jubilado, entra en acción. Y mi suegra se ocupa de otro tipo de acción igualmente necesaria: la lucha con la burocracia. El chico somalí no tiene permiso de asilo, ni protección subsidiaria, sino que sólo «es tolerado» (Duldung) durante el periodo de su aprendizaje. El racismo lo vive por la calle en general y en su trabajo en particular: los ancianos a los que cuida probablemente nunca habían visto de cerca una persona de color hasta que llegó él, pero eso no les da ningún derecho a insultar al chico. Al fin y al cabo, nuestra famosa «cultura occidental» decidió, hace ya muchos cientos de años, que los Reyes Magos fueran tres y que uno de ellos (Baltasar en España, aunque Gaspar/Caspar en Alemania :-o) proviniera del África subsahariana. ¿Por qué sus súbditos deben ser menospreciados? Y más grave que lo de los ancianos es que la policía le pare regularmente para preguntar si la bicicleta eléctrica de leasing con la que va al trabajo es realmente suya, mientras olvidan recordarle que, a pesar de su esponjoso cabello, debería llevar casco por su propia seguridad.

El otro caso de racismo que ha ocurrido en mi entorno afecta a un muchacho eritreo llamado Essu, que en el mes de marzo, poco antes del primer confinamiento, terminó con éxito su aprendizaje como carpintero. El jefe de la ebanistería donde había hecho sus prácticas decidió contratarlo y yo me alegré mucho por él. Pero unos meses después tuvo que ponerse a mandar solicitudes de empleo y marcharse de la empresa porque había un par de colegas que no paraban de insultarle y hacerle la vida imposible. Él también ha tenido sus experiencias con los controles de la policía, y por supuesto nunca en un contexto que implicara, ni remotamente, la existencia de un conflicto.

Todos tenemos la esperanza de ganarle la partida al coronavirus en 2021, pero ¿cuándo vamos a acabar con el rechazo a la diversidad?

Feliz Nochevieja y un Año Nuevo saludable para todos – yo seguiré luchando por un mundo multicultural y tolerante.

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