Feliz 1400

Nouruz mubarak! ¡Feliz Año Nuevo Persa!
Desde 2009 la Unesco recoge esta celebración en el Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La fiesta del “nuevo día” (نوروز en farsi/dari) se celebra en al menos 12 países, entre ellos, por supuesto, Afganistán e Irán. Podéis leer sobre la fiesta y la decoración de la mesa con siete (haft) elementos que comienzan con la letra “s” en Wikipedia y sobre los calendarios en «Se acaba -no se acaba«– yo os había prometido un cuento.

Cuando yo era pequeña, allá en España, mi querida abuelita, que había crecido en un pueblo de Guadalajara, me contaba a menudo el cuento del naranjo encantado, que ella probablemente había aprendido de su abuela. Os podéis imaginar mi sorpresa cuando, recién llegada a Alemania en 2001 (sí, ahora se cumplen 20 años que vivo aquí, pero ya había estado antes más veces, estudiando y trabajando), compré de oferta una colección de libros de cuentos y descubrí que el tomo de los cuentos persas incluía la historia del naranjo encantado.

Aquí os dejo una versión breve y sin aspiraciones literarias del relato de mi abuela, que está un poco europeizado con respecto a la versión persa del libro, y os pido que no iniciéis una discusión sobre si con este cuento estoy contribuyendo a fomentar el machismo (príncipe valiente salva a princesa tonta y guapa), porque todo el mundo sabe que los naranjos encantados no existen. Es un cuento.

Había una vez un rey que sólo tenía un hijo y estaba preocupado porque el príncipe se pasaba el día de caza por el bosque, lo cual era peligroso, y además no quería casarse y darle nietos. El rey habló con su consejero (el mago/el visir) y este le prometió ayudarle.
Así, para hacer que el príncipe se interesara por la aventura del matrimonio, el mago le contó que, a tres días de viaje del palacio, había un naranjo encantado, debajo del cual dormía un dragón. En cada una de las naranjas del árbol había prisionera una hermosa princesa, pero nadie podía rescatarlas porque, al contacto con la mano, el naranjo hablaba y despertaba al dragón.
Inmediatamente el príncipe anunció que él era más listo y ya sabía cómo conseguir las naranjas. El mago le pidió prudencia y le regaló tres objetos que le ayudarían en su aventura: un peine, un espejo y una botella mágica con agua.

Tras los tres días de viaje, el príncipe llegó por fin al lugar donde el dragón dormía plácidamente a la sombra del naranjo encantado, dejó su caballo detrás de una roca y se acercó con cuidado. Entonces sacó su espada y cortó una naranja. Inmediatamente el árbol gritó “metal” y el dragón entreabrió un ojo y respondió: “Calla y déjame dormir”.
Después el pincipe rebuscó en el suelo una rama caída y golpeó con ella para hacer caer una segunda naranja. El árbol gritó “madera” y el dragón entreabrió de nuevo un ojo y volvió a responder: “Calla y déjame dormir”.
Pero el príncipe deseaba otra naranja, y al final no pudo remediarlo y la cogió con la mano. Al grito de “mano”, el dragón abrió los dos ojos y se levantó. El pobre príncipe apenas tuvo tiempo de llegar a su caballo y echar a correr, con el dragón pisándole los talones. Desesperado, pensó en los objetos que le había dado el mago y decidió abrir la botella de agua. E hizo bien. Agua, agua y más agua – todo un lago se formó detrás del caballo, y el dragón se quedó en la otra orilla, furioso. Pero ahora la botella estaba vacía.

El pincipe cabalgó todo el día, por si acaso, y al segundo día decidió abrir una naranja. De su interior salió una hermosa princesa que le preguntó: ¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y espejo para mirarme?
El príncipe respondió: Peine sí y espejo también, pero agua no.
Entonces la princesa hizo un mohín de disgusto y anunció: “Pues al naranjo encantado me voy”. Y desapareció.
El príncipe, enfadado, abrió la segunda naranja. De ella salió una princesa aún más bella que la anterior, pero también esta le hizo la misma pregunta: ¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y espejo para mirarme?
Y ante la respuesta negativa del príncipe, desapareció.
Así, el príncipe decidió seguir cabalgando y guardar la tercera naranja hasta que encontrase un río. Y entonces, cuando abrió la naranja y la más linda princesa le preguntó si tenía agua, peine y espejo, él pudo responder que sí a todo y por eso la princesa le dijo que se casaría con él con mucho gusto.
Quedaba ahora el problema de llegar al palacio, pues el caballo ya estaba cansado y quizás al príncipe no le parecía bien que todo el mundo viera a su novia. Así que le dijo: Para que los animales del bosque no te molesten, te voy a ayudar a subir a la rama de un árbol y ahí me esperas mientras voy al palacio y regreso con una carroza para que puedas viajar cómodamente. A la princesa le pareció buena idea y se quedó felizmente sentada en el árbol. Pero al poco rato una anciana se acercó a coger agua del río y, ¡oh, desgracia!, vio el reflejo de la princesa en el agua.
La vieja levantó la cabeza hacia el árbol y le preguntó a la muchacha qué hacía allí arriba, y la princesa le dijo la verdad: esperar a su novio, el príncipe. Entonces la vieja le propuso subir también al árbol y ayudarla a peinarse. Ahí es cuando la princesa debería haberse dado cuenta de que las ancianas normales no andan subiéndose a los árboles, pero entonces no tendríamos cuento: la vieja era una bruja, que cuando estuvo arriba, aprovechó para clavarle a la princesa un alfiler mágico en la cabeza. Así la princesa se transformó en una paloma y la bruja tomó su aspecto, y cuando el príncipe llegó con la carroza, se llevó a la bruja al palacio.

Pero mientras estaban preparando la boda, el príncipe se fue dando cuenta de que la nueva novia era un poco rara y no le caía bien. Preocupado por su futuro, se asomó a la ventana para mirar el bosque donde tanto le gustaba cazar y entonces una paloma llegó volando y se posó en el alféizar, sin mostrar miedo a que el príncipe pudiera atraparla. Y lo más raro era que la paloma parecía tener un bultito brillante en la cabeza y por eso el príncipe no pudo resistir la tentación de tomarla en sus manos y arrancarle el alfiler mágico. Entonces la princesa volvió a tener su aspecto normal, le contó lo ocurrido, el príncipe mandó matar a la bruja y se celebró la boda.
Y fueron felices y comieron perdices.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

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