Derecho a aprender

Hace poco, poco tiempo, en un país muy lejano, había un matrimonio que habitaba en el hermoso y tranquilo valle por donde fluye el río Swat. Sucedió entonces que les nació una encantadora hijita y al mirarla supieron que llegaría a ser una gran mujer. Por eso decidieron ponerle un nombre que estuviera a la altura de los importantes hechos que habría de llevar a cabo, y eligieron el de la valiente heroína de las leyendas pashtunes. De este modo la niña se llamó Malala.
Pasaron los años y Malala crecía, tanto en talla como en inteligencia, y sus progenitores, que estaban orgullosos de ella, apoyaban en todo momento sus ansias de conocimiento. Tanto era así que su padre incluso inauguró una escuela, donde todos los niños y niñas de la ciudad podían aprender felices.

Pero, ay, en todos los cuentos tiene que haber un malhechor, y la fama de la niña estudiosa y comprometida con la educación llamó la atención de un grupo de hombres incultos de miras estrechas que destruían escuelas, pues no deseaban que los adolescentes pudieran pensar por sí mismos y tener opiniones. Y estos malvados buscaron a Malala por todo el valle del Swat, y cuando la encontraron, sentada en el autobús escolar, descargaron sus armas contra ella y sus compañeras.
Grandes fueron los lamentos del mundo entero ante tan cruel acción, y todos estaban pendientes de que Malala abriera los ojos en el hospital militar donde fue operada de emergencia. Tres días estuvo luchando entre la vida y la muerte, y cuando al fin despertó, pareció que todo su futuro como activista de los derechos infantiles se hubiera venido abajo, pues había perdido el oído y también la voz, a causa de una traqueotomía. Sin embargo, Malala no se rindió, y empleó el arma más poderosa del mundo, que los talibán no habían podido arrebatarle: pidió papel y lápiz, y escribió.
Así fue como, después de ser operada más veces en Inglaterra, donde le realizaron un implante de coclea, que es lo más fabuloso que le puedes ofrecer a una persona sorda, Malala publicó un libro con la historia de su lucha a favor de la educación, y recibió el premio Nobel de la paz.

Y no hay colorín, colorado, pues la historia no ha acabado. Abre tus ojos y estira tus orejas, que verás a Malala en los medios y la oirás hablar ante las Naciones Unidas, pues la lucha contra la ignorancia y contra los retrógrados que la defienden, no ha terminado. Y lo mejor de este cuento es, que tú estás a tiempo de ayudar a escribir el siguiente capítulo.

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Este relato, dedicado a la activista Malala Yousafzai, participa en el concurso #HistoriasdelaHistoria de www.zendalibros.com
Las ilustraciones que incluyo han sido realizadas por la artista afgana Shamsia Hassani, quien espero que haya podido salir a tiempo de Kabul www.shamsiahassani.net

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