Palabras secretas

Ya no le queda mucho tiempo. La ejecución está prevista para la mañana siguiente y pronto vendrán a traerle la última cena. Pero le han asegurado que antes todavía podrá despedirse de su madre y de algunas de sus hermanas, y aquí van entrando ya, de una en una, por turnos, con la mirada serena y la cabeza alta, igual que han vivido siempre.

            Se saludan dándose la mano, pues les han prohibido abrazarse. ¡Qué armas terribles podrían hacerle llegar en lo que dura un abrazo! Nadie llora, nadie debe llorar. No delante del carcelero y del fraile que todo lo van a chismorrear después. José Rizal les da ejemplo, mantiene la calma, dicta consejos y recomendaciones para el futuro. A su hermana Trini, que habla inglés, le susurra en este idioma, para que nadie más lo entienda. Le pide que tras su muerte venga a recoger el hornillo y mire en su interior, porque va a esconder algo. A Lucía la avisa de que busque en sus zapatos.

            Apenas ha salido la última hermana cuando Rizal ya se ha sentado a escribir su postrero adiós y decide no hacerlo en inglés ni en francés, tampoco en alemán ni en su tagalo materno, sino en castellano. Pues, aunque lo vayan a fusilar con el cargo de traidor a la patria, el médico José Rizal, especialista en oftalmología por amor a su madre, siempre ha escrito sus poemas y sus libros en castellano, con la intención de conseguir, algún día, que Filipinas deje de ser una simple colonia sometida a los caprichos de las congregaciones religiosas y se convierta por fin en una provincia española, concediendo así a sus nativos los mismos derechos que a sus hermanos peninsulares.

            ¿Cómo pueden entonces acusarlo de filibusterismo? ¿Cómo puede nadie creer que él encabece un movimiento armado? Cuatro años ha pasado deportado en Dapitán, como castigo a las denuncias de abusos por parte de los frailes, que expuso en sus novelas. Cuatro años en los que ha ejercido la medicina lo mejor posible bajo aquellas condiciones de aislamiento, más todas las mejoras agrícolas que ha implantado en el área, gracias al título de perito agrónomo que obtuvo por amor a su padre. Y ahora lo apresan cuando iba camino de Cuba para servir como cirujano en el ejército español.

            No, no se retractará nunca de sus opiniones. Prefiere la muerte, aunque sea injusta, a seguir viviendo ayudado por una mentira. Claro que siempre cabe la posibilidad de que los taimados frailes le engañen y, tras su muerte, insistan en decir que sí se retractó. ¡Oh, qué ganas de escapar al fin de este embrollo de patrañas!

Rizal compone un poema, su último adiós. Catorce estrofas para despedirse de su Filipinas amada, de su familia y de sus compatriotas. Pliega después el poema y lo esconde en el doble fondo de su hornillo. Luego se sienta de nuevo, toma otra hoja y escribe algo más, su gran secreto. Esta vez dobla el papel más pequeño y lo esconde en el interior de sus zapatos. Y escribe otra vez. Escribe varias cartas de despedida a los amigos en el extranjero. Ojalá pudiera morir así, mientras escribe. Sería una muerte muy dulce.

            Pero no, su deseo no es escuchado en las alturas, y el 30 de diciembre de 1896, José Rizal es fusilado – por la espalda. Y para más humillación se le entierra de prisa, a escondidas y sin féretro, negándole a la familia el funeral deseado. ¿Y el mensaje secreto? Cuando año y medio después su hermana Narcisa logra por fin el permiso de exhumación, aún quedan restos tangibles de lo que fueron sus zapatos, pero el papel ya no existe: se ha disuelto, se ha descompuesto, la tierra filipina se ha apoderado de su contenido. La Perla del Mar de Oriente a quien José cantaba en su poema, solo ella puede deleitarse ahora con las palabras del héroe.

Este texto participa en el concurso #HistoriasdelaHistoria de www.zendalibros.com

La foto del héroe nacional filipino es la portada del libro de José Barón Fernández, edición de Manuel L. Morató. Juan Luna, amigo personal de Rizal, es el autor del cuadro.

Os recomiendo encarecidamente las dos novelas de Rizal: «Noli me tangere» y «El filibusterismo». Ya veréis que, tanto por los temas como por el lenguaje, parecen escritas hace tres días, y no hace un siglo y pico. Y estad atentos en vuestros viajes, hay monumentos a Rizal y placas conmemorativas repartidos por todo el planeta, en Manila, Madrid, Londres, Hong Kong, Wilhelmsfeld, Heidelberg, Lima, Seattle…

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