Una boda afgana

En julio mi ahijado afgano (Jakob para mis lectores) me anunció que estaba invitado a una boda en Bélgica y no iba a poder negarse a ir. Allí, cerca de Antwerpen, viven varias familias afganas que de alguna manera están emparentadas con su madre, lo cual ya sería motivo suficiente para justificar una visita en cualquier momento. Además, la madre deseaba que Jakob se fijase en la hija de un pariente concreto, por si, siguiendo el dicho, de una boda pudiera salir otra. La fecha para la fiesta aún no se había concretado cuando en agosto los talibanes tomaron Kabul y, durante un tiempo, ningún afgano tuvo ganas de celebrar nada.
A principios de noviembre, de pronto, se fijó la boda para el día 26 de ese mismo mes. Y Jakob, que es bajito y algo contrahecho (es decir, su columna vertebral hace una curva muy extraña), es además muy presumido – y todavía no tenía ropa.
La ciudad que nos pilla más a mano, Würzburg, tiene unos 120.000 habitantes, muchos de ellos estudiantes universitarios, pero no tiene ni unos salones especializados en bodas musulmanas, ni suficientes tiendas de ropa para gente “fuera de la norma”. De longitud de mangas y perneras, la ropa infantil de talla 164 es la que le queda bien a mi afgano, pero a menudo es demasiado estrecha, y además él no se siente cómodo comprando un traje en la sección de comuniones.
Solución de emergencia: pedirle a su amigo Ali el traje que él usó en su boda el año pasado por estas fechas, ya que Ali es igual de bajito. (Aquí un pequeño inciso para decir que la mujer de Ali está todavía en su patria, allá en la provincia de Panshir, la que más tiempo resistió el ataque talibán, y por el momento no tiene posibilidades de conseguir papeles para reunirse con su esposo).

Por desgracia, el traje de Ali es gris, gris aluminio, ni siquiera antracita, y tiene las perneras anchas, no estrechas como la moda que le gusta a Jakob. Los zapatos son marrones. Y como corresponde a un novio, la camisa, que es blanca con botones negros, tiene un cuello especial para llevar una pajarita verde, el color del Islam y del matrimonio. Salimos juntos a buscar una camisa más neutral.
Por supuesto, no resulta fácil. Las camisas que le quedan bien de cuerpo a Jakob son demasiado ajustadas en el cuello y no puede ponerse corbata… No importa, no vamos a enrollarnos más con las compras, ¿o hacen falta unos zapatos negros? Jakob los compra por su cuenta, baratillos, y un número mayores que su talla, pero con calcetines gruesos y una plantilla funcionan. Lo que no funciona tanto es llevar la ropa en la mano en una funda con una percha – ¡eso le da vergüenza!
Compramos los billetes de tren con la oferta europea de súper-ahorro, es decir, no se pueden descambiar, pero son más baratos que la gasolina. Claro, si llegas a Bonn a hacer el trasbordo y te dicen que no, que ese día se ha cancelado la conexión y que tienes que ir en tren regional hasta Colonia para poder subirte en el Intercity Express que te han vendido, pues te acuerdas de lo práctico que es ir en coche.
Y entonces llegas a Antwerpen, 530.000 habitantes, y hay montones de tiendas de ropa donde comprar un traje de tres piezas de tu talla, azul oscuro y con las perneras estrechas, además de una corbata y un abrigo. La camisa se la cambias a Nayib, que tiene una con el cuello demasiado ancho para él, pero aceptable para ti, y los zapatos se los cambias a Masud, que tiene unos demasiado pequeños para él, pero perfectos para ti. Las familias afganas contribuyen activamente al cuidado del medio ambiente: no se tira nada, todo se reutiliza, recicla e intercambia.

La noche antes de la boda se celebra la despedida de soltero. Los familiares masculinos más allegados al novio se reúnen en su casa y, además de comer y cantar, se pintan la palma de la mano derecha con henna. Un simple círculo vale, las filigranas y florituras se reservan para la novia y sus parientes femeninas. Para conseguir que el novio mismo abra el puño y se deje pintar, hay que ofrecerle dinero.
La ceremonia de boda es simple y se realiza en la intimidad, en la mezquita o en la propia casa, bastan el mulá, los novios y dos testigos, y en un momentito tienes la “Nikahat” firmada.
¡Hala, vamos a la fiesta! Y todos los demás afganos del barrio y sus amigos también están invitados y ni siquiera tienen que ponerse traje. Pero si tienes en casa un traje típico afgano, pues te lo pones, claro: ellos llevan camisa “perahán”, pantalones “tumbán” y quizás chaleco “woskat”; ellas el velo “chadori”, el vestido “lebás” y el pantalón “tumbán”. Pero a ellas no podrás verlas si no eres de la familia…

Los salones de boda están exquisitamente decorados con los típicos ornamentos musulmanes, cortinas drapeadas y arbolillos de flores de tela, como podéis ver luego en las fotos que ha hecho Jakob. Las mujeres se quedan en el primer piso, los hombres suben al segundo. Música en directo para ellos, enlatada para ellas. Y se come mucho, como en todas las bodas, y se baila, o al se menos se intenta.
Abajo os dejo unas fotos que he sacado del vídeo que he puesto en Facebook, y también unas fotos de internet, de fiestas de afganos de segunda generación en Estados Unidos, donde los hombres y las mujeres sí se mezclan. También os dejo un enlace a un vídeo del baile tradicional “atan”, y os cuento que, si los músicos lo merecen, se les dan propinas, pero antes de entregarles el billete hay que pasárselo por la frente a alguien que esté bailando bien – eso se ve en mi vídeo: por la derecha aparece un espontáneo vestido de negro que toca la cabeza de uno de los bailarines y luego entrega el dinero a los músicos del fondo. Y si tenéis interés por aprender a bailar “atan”, pues estas chicas os lo enseñan.

¡Ah! A Jakob no le ha gustado la hija del pariente, ni ninguna de las otras que llegó a ver – él quiere una que venga directamente de Afganistán. Es una manera como otra cualquiera de decir que actualmente no tiene dinero para casarse, porque todo lo que había ahorrado hasta ahora, y lo que le presten sus amigos, tendrá que pagárselo a los sujetos que han prometido traer a su hermano Feros a Europa.

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