Un cinco de enero

En la oficina de la comisaría de la ciudad de Fürth, el agente de policía Rüdiger Klinsmann apaga por fin el ordenador, se levanta y mira a su alrededor mientras va metiendo en los bolsillos las cuatro cosas que siempre deja sobre el escritorio.
–¿Has visto a Hans?– le pregunta a su compañera de enfrente.
–Todavía está en la número uno, tomando una declaración.
Klinsmann sale al pasillo y se acerca a mirar por la ventanita de la puerta marcada con el uno. Efectivamente, allí está el colega Hans, y su cara de preocupación demuestra que se trata de un tema serio. Al otro lado de la mesa hay sentados tres hombres muy diferentes entre sí, pero a los que el agente Klinsmann enseguida engloba en una misma categoría: refugiados.
El primero es africano, debe andar por los veinte años, aunque siempre es difícil saberlo. Alto, muy flaco, con los ojos vivarachos y los dientes demasiado grandes para ese rostro tan enjuto. Etíope o eritreo.
El del medio, un hombre de mediana edad, tiene una mirada aguda y penetrante, y lleva barba, aunque no al estilo talibán, sino corta y cuidada. Además, la nariz no es persa sino claramente árabe, luego es sirio.
Del tercero no se puede decir con seguridad si es muy rubio o es que ya peina canas, pero es ancho como un armario y tiene los brazos fuertes de un camionero ucraniano. Se ha tapado el rostro con las manos, los codos hincados sobre las rodillas, arrepentido o desesperado.
Solo ha sido un vistazo rápido, pero el colega Hans se percata de la presencia de Klinsmann ante la puerta y sale un momento.
–Hey, Rüdi, dame unos minutos más. Es que no te imaginas la que tengo montada ahí dentro.
Klinsmann quiere hacer una gracia, animar a su amigo. A Hans siempre le han gustado las bromas.
–¿Los Reyes Magos han venido a denunciar el robo de sus camellos?
Pero esta vez el colega Hans no sonríe ni de refilón.
–No, no, por suerte los camellos están bien. He hablado con el zoo de Núremberg y ellos se encargan de todo. Lo que me preocupa es cómo vamos a recuperar a tiempo los regalos para la comunidad española.
Hans se aleja hacia los servicios, negando con la cabeza. Klinsmann se ha apoyado contra la pared. Se siente raro. Vacío, débil.
Al cabo de un instante vuelve a observar a los tres hombres a través de la ventanita. Y lo ve: en sus ojos, en el porte, en los movimientos de sus manos cuando hablan entre sí. Hay algo majestuoso en ellos, algo que antes no había tenido en cuenta.
Vuelve a apoyarse contra la pared, saca el móvil y teclea un mensaje: “Llegaré tarde. Tengo que ayudar a Hans en un caso importante.”
Ojalá que reciban algo de ayuda divina, quizás una luz que los guíe.


Este relato participa en el concurso #cuentosdeNavidad organizado por Zenda e Iberdrola

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