El rugido del palang

Era nuestra penúltima semana como reporteros en Afganistán y pretendíamos hacer algo especial como despedida, quizás una excursión. Los americanos propusieron ir a ver un partido de buzkashi, el deporte nacional. Pero no uno de los que se juegan los viernes en la ciudad, con los equipos claramente organizados y los límites del campo bien definidos, sino uno tradicional: todos contra todos en un terreno polvoriento en medio de la nada, con la cabra recién decapitada ante nuestros ojos.
Esta propuesta no fue bien acogida.
Entonces Heiko comentó que en el nuevo parque natural del corredor de Waján había una hembra de leopardo de las nieves que estaba siendo monitorizada gracias a que un valiente guardabosques, alguien llamado Gulab Hosseini, había conseguido narcotizarla y ponerle un collar con un emisor. A cambio de nuestro apoyo económico para el parque, este hombre nos guiaría gustoso para mostrarnos el felino en su hábitat natural.
Las dos reporteras británicas dudaron un poco, pero luego aceptaron, y Heiko se encargó de organizar el contacto con Gulab Hosseini. Luego los americanos fueron movilizados anticipadamente, las británicas se echaron atrás, y los únicos que volamos a Faizabad, y de allí al corredor de Waján, fuimos Heiko y yo.

Gulab nos cayó bien desde el primer momento. Era un tipo sencillo, práctico y de sonrisa fácil. Entre su inglés y mi dari nos entendíamos bien. A Heiko se lo ganó en cuanto le prometió dejarle llevar un AK-47 por si nos encontrábamos con cazadores furtivos. Sobre todo los chinos buscaban siempre ingredientes para sus medicinas, mientras tibetanos y mongoles preferían las pieles para sus trajes tradicionales. Ante mi cara de susto, Gulab nos aseguró que no íbamos a encontrarnos con nadie, y al palang-e barf, el leopardo de las nieves, lo veríamos desde muy lejos. Para eso había que llevar ropa de abrigo, paciencia y buenos prismáticos.
Tras una noche en la oficina del parque y otra en un campamento a 3.000 m, comenzamos el ascenso al amanecer, siguiendo las indicaciones del receptor de Gulab. Por el camino el guardabosques nos habló de Iskándar Kabir, al que nosotros llamamos Alejandro Magno, y de su paso por Afganistán, que entonces era la satrapía de Bactria. Según una leyenda nuristani, cuando el macedonio llegó a las montañas, un sabio persa le profetizó que solo sería aceptado como nuevo señor si conseguía mirar a un leopardo de las nieves a los ojos, y que tendría tantos aliados en el país como rugidos escuchara al amanecer tras una noche de luna llena. Para su desgracia, Iskándar no tuvo la paciencia necesaria para esperar la aparición del palang y siguió su camino hacia Samarcanda, ignorando el mensaje del sabio.

Ya llevábamos dos horas en la misma posición, agazapados entre las rocas, cuando por fin el punto del monitor de Gulab comenzó a acercarse al lugar donde él quería tenerlo, enfrente de nosotros. Alcé mis prismáticos, pero ya me dolía todo el cuerpo de estar en esa postura, y por eso traté de cambiar mi peso hacia la derecha, metí una mano bajo mi trasero y me giré un poco, estirando el cuello. Y así, por haberme girado, puede ver sin necesidad de prismáticos de ningún tipo, que había un leopardo parado en aquel lado, a apenas veinte metros de nosotros.
El palang me miró, mientras yo intentaba decidir si debía gritar, o ponerme en pie para mostrar mi tamaño, o dejarme comer sin oponer resistencia. Me miró un instante, después abrió las fauces y… maulló. No rugió. Lo juro, fue un maullido, como de gato triste. Y antes de que Gulab y Heiko pudieran terminar de girarse, el leopardo había desaparecido tras una curva de la ladera y solo alcanzaron a ver la punta de su gruesa cola.
El guardabosques se puso en pie e intentó recuperar el contacto visual con el animal, que, claramente, no llevaba collar y por eso no aparecía en su monitor. Yo todavía estaba paralizada. Heiko me puso una mano en el hombro.
–No ha rugido– alcancé a decir con un hilo de voz, mientras sentía que los ojos se me humedecían. –No ha rugido. No tengo aliados aquí y por eso debo abandonar Afganistán. Me voy y no volveré jamás, no pertenezco aquí…
Mientras yo desvariaba entre lágrimas, Gulab se agachó a mi lado, sonrió, puso una mano sobre la mía y me explicó: los leopardos de las nieves no pueden rugir. Sus cuerdas vocales o algo en su garganta no es del tamaño correcto. No rugen. Nunca. Y es casi imposible que te miren a los ojos. Así que en realidad yo podía considerarme muy afortunada y debía albergar la esperanza de regresar algún día.

Cuando me calmé, todavía conseguimos ver a la hembra que seguíamos, pero no pudimos divisar si tenía cachorros nuevos. El ejemplar que se nos acercó era probablemente un hijo suyo de la camada anterior, que pasaba de visita. Fue un bonito final para nuestra estancia en Afganistán, para recordar siempre aquellos meses alegres en que las ayudas humanitarias fluían generosas, las escuelas funcionaban a las mil maravillas, las mujeres iban a la universidad y al trabajo, y había más guardabosques que cazadores.
Aún espero poder regresar algún día.

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Este texto participa en el concurso #HistoriasdeAnimales de Zenda e Iberdrola, y está dedicado a todos los que pusieron su granito de arena para mejorar las condiciones de vida en Afganistán en el periodo entre los dos gobiernos talibanes, y a todos los que aún lo siguen intentando.
Los habitantes de la provincia de Nuristán, al noreste del país, se consideran descendientes de los soldados griegos que Iskándar dejó allí antes de su viaje a la India. Algunos de estos nuristani son rubios y muchos tienen los ojos azules o verdes. Pero atención: el corredor de Waján está en la vecina provincia de Badajshán.

El mismo palang de la semana pasada

5 comentarios

  1. Joiel · julio 15

    Esta historia sí ha elegido: es más de gatos que de perros. Y tú, ¿has mirado a los ojos a un leopardo de las nieves? Permíteme aplaudir la leyenda que hay dentro y la forma de ser descrita.

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    • karenmparamio · julio 15

      Gracias por tu amable comentario, aunque quizás todavía podría haberlo hecho mejor si no hubiera límite de palabras. De todos modos creo que, más que de gatos, la historia es de humanos. Buenas noches.

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  2. beauseant · julio 18

    Los humanos vemos misterio y mística en los animales y yo me pregunto que verán ellos en nosotros… quizás el felino supo ver dentro de tu corazón, creo que yo también me habría sentido afortunada…
    Una historia muy bonita, gracias.

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    • karenmparamio · julio 18

      Gracias a ti por leerla y comentar. Conste que no el único suelo afgano que he pisado fue la embajada en Múnich, pero el contacto personal con mi ahijado me hace desear haber conocido el país en sus mejores tiempos y me inspira mucho. Feliz semana.

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