Los unos a los otros – Relato corto

Los otros comenzaron a llegar a estas tierras.

Primero aparecieron grupos pequeños que podían borrarse fácilmente de las conciencias. Después los grupos fueron cada vez mayores y hubo que distribuirlos en unidades menores, más fáciles de ignorar. Pero como no se hacía nada por atajar las raíces del problema, finalmente se convirtieron en un éxodo no manejable.

Entonces los vecinos de una hermosa ciudad, bellamente restaurada, sintieron miedo. Cegados por él salieron a la calle y proclamaron: “No los queremos aquí. No son como nosotros. Rezan demasiadas veces al día, no tienen el corazón en el lado derecho1.”

Cuando estos vecinos se miraban al espejo, veían con orgullo cómo sus ojos se iban volviendo de un azul gélido, pero no notaban la sombra rectangular que les estaba creciendo debajo de las narices.

El éxodo no cesaba.

Los vecinos de algunas ciudades medianas, con industrias laboriosamente reconstruidas, sintieron miedo también. Cegados por él anunciaron en los medios: “No queremos que vengan más. No hay dinero para tantos. Si pagamos su comida y su ropa de abrigo no quedará nada para seguir financiando a nuestros productores de vehículos trucados, ni a los fabricantes de armas. ¡No podremos seguir rescatando bancos arruinados por sus negocios fraudulentos!”

Estos vecinos habían olvidado la historia de otro éxodo donde aparece un becerro de oro. Al mirarse al espejo creían que las vigas en sus ojos eran camellos y ellos mismos agujas.

Los otros seguían llegando.

Los vecinos de pequeñas poblaciones floridas y coquetas, que nunca habían tenido que ser reconstruidas, también fueron presas del miedo y gritaron: “No los queremos aquí. No tenemos nada en común. Por cada cien de nosotros hay al menos uno de ellos. Y algunos son criminales.”

Estos vecinos preferían afear sus pueblos quemando los polideportivos, las casas vacías y las escuelas sin niños, antes que dejar que los otros las llenaran de nueva vida. Después, cuando al mirarse al espejo sólo veían tinieblas en sus ojos, echaban la culpa al humo.

Los otros estaban ya muy cerca.

Tan cerca que ya se podían ver los espejos de sus almas.

Los que venían de las lejanas montañas desérticas y nunca habían conocido el progreso tenían ojos brillantes y alegres. Eran ojos jóvenes y fuertes con ganas de aprender y trabajar duramente.

A esos sería más fácil hacerlos regresar a sus tierras, porque, aunque hubiera muchas ruinas y a veces aún se oyeran disparos o explosiones, unos hombres muy serios habían llenado de firmas un documento que aseguraba que allí se podía vivir en paz.

Los que venían de más cerca habían compartido con nosotros el lujo de la vida moderna hasta hacía apenas un instante. Esos miraban las pantallas de sus teléfonos móviles con ojos tristes, buscando allí los rostros de los seres queridos desaparecidos para siempre y tratando de mantener el contacto con los demás supervivientes.

Estos no podían dejar de llegar, porque no tenían lugar a donde regresar.

Cuando los otros estuvieron tan cerca como para poder darnos las manos, algunos vecinos abrimos las puertas de nuestros corazones y dejamos pasar un par de ellos.

Porque los buenos amigos normalmente se cuentan con los dedos de una mano, en este caso comenzando a contar por el dedo meñique: Ali, Saman y Gúlbaz del austero Hindukush, Merwan y Radsha de la trágica Homs.

Detrás de sus cortinas, aquellos vecinos a los que el miedo había cegado se frotaron los ojos, incrédulos ante la escena que estaban presenciando. Miraron de nuevo afuera y ahí seguíamos nosotros: sonriendo, tendiéndonos las manos, mostrando curiosidad, aprendiendo a crecer juntos.

Entonces estos vecinos comenzaron a sentir un extraño cosquilleo por el cuerpo, una especie de vibración que sonaba como una voz lejana que repitiera una frasecilla conocida: “Amaos los unos a los otros.”

A alguno aún le sonará a arameo, pero los demás están meditando al respecto y creo que podrían unírsenos.

Karen M. Paramio, paramio@gmx.net

Baviera, 14 de febrero de 2016

1 Das Herz am rechten Fleck haben: el que tiene el corazón en el sitio correcto (o derecho), es persona de fiar.