Por el camino de la vida

Como siempre, no se ponían de acuerdo.
Unos decían que era una locura hacer el Camino solo, pues es más fácil superar las etapas duras en compañía. Otros, por el contrario, le prohibían juntarse con nadie, para que pudiera llevar su propio ritmo y se concentrara en sus pensamientos y sensaciones.
Unos le pronosticaban lluvias constantes, mientras los otros insistían en el peligro de una insolación y la necesidad de hidratarse.
Por supuesto, unos le recomendaban hacer pausas e incluso dar pequeños rodeos, para observan todo con detalle, tomar conciencia de las peculiaridades de cada etapa y llevarse más de cada una de ellas. Y los otros le repetían que focalizara su meta en todo momento, que quemara etapas si era necesario. Algunos también le advirtieron que bajo ninguna circunstancia debía salirse del camino prescrito, y mucho menos caminar durante la noche.
Así, lo único en lo que todos habían coincidido era en que debía hacer del camino Su Camino: una experiencia única e inolvidable.

Sobre su cabeza la Vía Láctea simulaba ser inmutable e imperecedera, y cualquier cosa parecía posible.
Quizás solo seguía un rayo de luna, quizás era realmente el resplandor de una hoguera, alrededor de la cual bailaban unas meigas. Quizás era otra cosa.
Se introdujo en el bosque con una sonrisa en los labios.


Este texto participa en el concurso #HistoriasdelCamino de Zenda e Iberdrola, y está dedicado a todos los alumnos que en las primaveras 2009 y 2010 me acompañaron en sendos recorridos virtuales por el Camino de Santiago, al tiempo que yo hacía mi propio viaje interior por el mundo de los pacientes de cáncer, y a mis alumnos de alemán de 2016, que han hecho un camino mucho más largo.

Donativos

Bueno, bueno, mis queridos lectores, han terminado las celebraciones por el fin de ramadán y es hora de volver a la dura realidad de la vida cotidiana. Aquí os dejo las últimas noticias de mis refugiados.

La familia siria está bien: los niños van a colegio con mayor o menor éxito, el padre trabaja a tiempo parcial en Correos, aunque no deja de insistirle a su jefe para ver si consigue más horas, y la madre me invitó a la celebración del octavo cumpleaños de sus gemelos, uno de esos bonitos encuentros multiculturales donde volví a saludar a varios viejos conocidos. Allí estaban, por ejemplo, la iraní Arezó (Deseo), que nos demostró cuánto árabe ha aprendido ya de escuchar a nuestros anfitriones, la afgana Baheshta (Paraíso), que creció en Irán, y la profesora de guitarra ruso-alemana Helene, que nos habló de su infancia allá en Tomsk, Siberia, con los inviernos a -40°C y los veranos apestando a gasolina a +40°C. Cuando ya me estaba poniendo los zapatos para irme, la madre siria me susurró que está recaudando donativos para pagar la operación de una amiga en Dar’a, que lo comente entre mis conocidos pero no le diga nada a su esposo.

Mi ahijado afgano sigue trabajando duramente en una imprenta y, además, está haciendo prácticas en una gasolinera, porque necesita mandar más dinero a su familia. Por un lado están la madre y los dos hermanos más jóvenes, que siguen en casa de un tío materno cerca de Kabul, y ahí ninguno tiene trabajo, y por el otro lado está el hermano que pretende llegar a Europa.
Al parecer, los afganos pueden cruzar la frontera iraní simplemente con la “tazkira”, que es como el documento de identidad, y reciben un permiso de estancia de una semana, suficiente para realizar diversos negocios y después regresar a Afganistán. Así es como Firoz llegó a Teherán, donde decidió esconderse y buscar a alguien que le ayudara a pasar la frontera turca por las montañas. Pero claro, en Teherán necesitaba alojamiento –pagado por su hermano Jakob, obviamente–, y se le echó el invierno encima sin haber encontrado a ningún traficante de personas.
Luego encontró a alguien que organizó el pase para él y otros colegas, pero en los dos primeros intentos los policías turcos los interceptaron todavía en las montañas, les quitaron las mochilas y quemaron su contenido. Unas semanas más tardes los intentaron de nuevo y consiguieron llegar a una ciudad fronteriza donde esperaron al siguiente contacto, que no se esforzó mucho al elegir la ruta, así que fueron interceptados de nuevo por la policía turca, apaleados, encarcelados, y después devueltos a Irán, previa destrucción de sus posesiones.
Cada intento de cruce cuesta dinero, que paga su hermano; cada mochila y juego de ropa, más alimentos, cuesta dinero; cada semana que debe seguir escondido en Teherán cuesta dinero. La alternativa es que regrese a morirse de asco a Kabul con el remordimiemto de no haberlo conseguido. (Para mis lectores no nativos, “morirse de asco” no se debe traducir literalmente, significa “tener una vida improductiva, muy aburrida”).
Es por esto que mi ahijado Jakob quiere trabajar también los fines de semana y la gasolinera le parece mejor que fregar platos en el restaurante (como hizo en 2016) y reponer cosas en los estantes del supermecado (2017), porque puede hablar con los clientes, manejar la caja (uno de sus sueños desde que llegó a Alemania), servir café, preparar bocadillos y vender lotería. “Este trabajo está muy bien, porque aprendo cosas”, me dice, mientras me ofrece dátiles y frutos secos.
Los sueños de casarse han quedado aparcados otra vez, la perspectiva de ahorrar para tener un piso propio se disipa como humo en el aire, el aceite de girasol ha quintuplicado su precio y no sabemos qué pasará con la factura de la calefacción.
“Y si consigo tener el turno de noche, me sobrará un poco de dinero para ayudar a los vecinos de mi tío”, añade, mientras me sirve un vaso de infusión de azafrán.
Yo intento no pensar en riñones y olvidar que los bocadillos de la gasolinera se van a la basura cada ocho horas.

Pobres víctimas ignoradas

Esta mañana, 12 de enero de 2019, he leído un artículo en el El País Digital con el título: “El invierno azota a los refugiados sirios en Líbano”.
El texto describe la precaria situación de los habitantes de los campamentos y su miedo a que se repitan las muertes de bebés por hipotermia, como hace algunos años. En ningún momento se pide al lector ayuda económica ni física.
Considero que el primer pensamiento que se debería tener ante una noticia semejante puede ser del tipo: ¡Pobre gente!, seguido, quizás, por otro más egoista como: ¡Que no nos pase a nosotros!
Se me ocurre leer los comentarios que han escrito otros lectores: insultos hacia los sirios, los exiliados por guerra, los refugiados en general y bromas sobre qué político o famoso español tiene una casa donde poder alojarlos.
Empatía: cero.
Muy triste.

Mismo día, unas horas más tarde. El artículo se titula ahora: “Dos muertos por una fuerte explosión en una panadería en el centro de París.”
Se describen los destrozos causados por una explosión de gas, el número de heridos es alto y el de muertos va en ascenso, una madre menciona el pánico de sus hijos al huir entre las ruinas.
¿Mi primer pensamiento? ¡Pobre gente!
¿Los primeros comentarios al artículo? Dudas sobre si no habrá sido un atentado islamista y los medios lo están encubriendo, dudas sobre si Macron intenta desviar la atención de las manifestaciones de chalecos amarillos.
Empatía: bajo cero.
Realmente deprimente.