Porca miseria!

Si una mujer hispano-alemana tiene un mal día, pueden ocurrirle cosas como las que siguen:

Camina hacia la panadería y va repitiendo mentalmente el nombre del pan que desea comprar: Bäckerbursche, nombre compuesto de Bäcker, panadero, y Bursche, muchacho, el pan del aprendiz de panadero, con sus pipas y semillas, muy jugososo. Bä-cker-bur-sche, Bä-cker-bur-sche. Al entrar a la tienda abre la boca y le pide a la vendedora un pan cuyo nombre está compuesto por dos palabras que empiezan con b, pero que sorprendentemente resulta ser: Bauernbrot, el triste y soso pan del campesino, Bauer.
Después toma el autobús para hacer unos recados en las ciudad, y al llegar al intercambiador de transporte se da cuenta de que hay obras en la plaza, el suelo está levantado en varios sitios y muchas vallas. Tratando de llegar a la parada del tranvía se mete por donde no es, da un rodeo, salta una valla, y descubre que las vías han desaparecido. En algún sitio debe haber una parada de autobús que sustituya al tranvía eliminado, pero ya que está en plan cabra, sigue a pie.
Cuando vuelve a casa quiere escribir al ordenador un artículo sobre si esto que le ocurre es mala suerte o, más bien, que siempre anda en Babia (o en Zamonia) y por eso no ha leído el artículo del periódico local que avisaba de las obras. El ordenador se cuelga y su texto desaparece.

Si un hombre afgano tiene un mal día, las cosas que le suceden a él son más bien del tipo:

Despierta con el soniquete del teléfono. Es su jefe, que anuncia que lo siente mucho, pero que tiene que cancelarle el día libre que le había concedido: él está enfermo y el otro jefe está de vacaciones, y la única persona responsable de quien se fían es el afgano, que murmura al móvil que sí, que irá al trabajo.
Mientras desayuna algo, suena de nuevo el teléfono. Ahora es su pariente desde los arrabales de Kabul: la madre del afgano está enferma, por favor debe enviar dinero para que puedan buscar un médico.
El afgano baja al cajero automático y extrae los últimos 1.000€ de la cuenta que reserva a emergencias, rezando para que su viejo Opel Corsa no le dé problemas en las siguientes semanas. Manda el dinero a Afganistán.
Después sube al coche para ir al trabajo y, en el primer cruce, un loco a toda velocidad lo golpea por detrás y lo empotra contra otro vehículo aparcado.
Quizás alguien podría pensar que él también estaba un poco en Babia (o en Kabul), o quizás la enfermedad de su jefe es mala suerte y lo demás es simplemente la triste vida de un afgano.

Tirando del hilo

Se dice que un escritor siempre debe saber tres veces más sobre el tema del que escribe, que lo que va a llegar a conocer el lector en la versión final. Por eso el escritor debe ser curioso e investigar mucho, y conocer el trasfondo familiar de su personajes, aunque no lo vaya a mencionar ni de refilón. Cuando a un escritor le cuentan una historia interesante, siempre quiere saber detalles, tira del hilo para enterarse mejor, por si un día tuviera que utilizar lo que está escuchando.

Mi ahijado afgano: Tengo mucho estrés.
Yo: A ver, cuéntame.
Él: La policía turca ha vuelto a coger a mi hermano y esta vez, en lugar de empujarlo a la frontera iraní, lo han devuelto a Kabul.
Yo: ¡Madre del amor hermoso! ¿Entonces está otra vez escondido en casa de tu tío y tú has pagado más de 5.000€ por esta aventura infructuosa que ha durado nueve meses?
Él: Bueno… No es exactamente la casa de mi tío.
Yo (tirando del hilo): Me dijiste que tu madre, tus hermanos y tu cuñada viuda con el niño vivían todos hacinados en casa de tu tío, hermano de tu madre.
Él: Sí, pero el hijo mayor de mi tío se ha casado y ya no cabían. Por eso he alquilado la parte de atrás de la casa, que es del vecino. Ahora mi familia está en el otro lado de la casa.
Yo: ¿Tu primo se ha casado ahora que no hay trabajo ni dinero para nadie?
Él: Es que el año pasado él todavía era policía en Kabul cuando se prometió e hizo la fiesta de compromiso. Y si estás prometido, tienes que hacer muchos regalos a la familia de la novia, y eso es muy caro, es mejor casarse del todo y dejar de hacer regalos.
Yo: ¿Y ahora tú tienes que mantener a la familia de tu tío, además de pagar el alquiler de tu familia?
Él: No, bueno, mi tío todavía tiene sus manzanos, pueden ir viviendo sin mi ayuda, y el alquiler de mi familia solo son 100€ al mes, eso no es problema.
Yo (con el hilo en tensión): Me estabas hablando de tu estrés.
Él: Es que todavía no me han llegado los papeles para solicitar la nacionalización y necesito hacerme cuando antes el pasaporte alemán.
Yo: Pero no te agobies, hombre, que yo hablé ayer con la oficina de extranjería y tus papeles están en regla, solo es que en estos momentos tienen mucha demanda y no pueden darte cita hasta dentro de tres o cuatro meses. Pero estás en lista de espera y hay tiempo suficiente antes de que se caduque tu permiso de residencia. ¿Por qué tienes tanta prisa?
Él: Por mis esponsales…
Yo: ¡Ah! ¿Es que tu madre cree que ahora que ya no hay que pagar el viaje de tu hermano, tienes que empezar a pagar regalos a la familia de una prometida?
Él: Y una fiesta también, que será esta semana o la siguiente.
Yo (enredada con el hilo, a punto de estrangularme): Ahhhhhhh…
Él: Pero podemos dejar la fecha del documento sin rellenar hasta que yo tenga el pasaporte alemán.
Yo (tratando de ordenar el hilo otra vez): ¡No se te ocurra formalizar una boda, por poderes ni de ninguna manera, hasta ser alemán!
Él: No, no, no es la boda, son los esponsales, estoy oficialmente prometido. La boda será más tarde, si consigo volar allí con el pasaporte alemán.
Yo: ¡Qué ganas de gastar dinero tenéis en vuestra familia! Felicidades, hombre, felicidades. ¿Cómo se llama la afortunada?
Él: Pues se pronuncia Mehriá, pero hasta que no se haga el pasaporte no podemos saber cómo lo escriben en este alfabeto, ya sabes el cambio de letras que hicieron con mi nombre.
Yo: ¿Y la conoces de vuestra infancia?
Él: Sí, bueno, un poco. Ya sabes que nuestras familias todas están emparentadas en cierto grado y hemos ido juntos a las fiestas de pequeños. Bueno, y sus padres me han dejado hablar por teléfono con ella unos minutos.
Yo: ¿Y estás contento?
Él: ¡Mucho! ¡No puedes imaginar la cara de felicidad que tenía mi madre en Skype! Estoy muy contento, a pesar del estrés.
Yo: ¿Y tu hermano no volverá a dar problemas, intentando huir? ¿No te guardará rencor por haberlo logrado tú y ahora incluso estar prometido, mientras él no tiene nada?
Él: Con las palizas que le han dado por el camino, no, no tiene ganas de volver a intentarlo, y sabe que yo le he apoyado todos estos meses, pero que es demasiado difícil, no es culpa mía.
Yo (tejiendo una bufanda con el hilo, para cuando llegue este invierno sin gas): Pues venga, no te estreses tanto, ya veremos poco a poco cómo conseguimos dinero para todo eso, y hay que confiar en que la nacionalización va a funcionar en unos meses.
Él: Me alegro de haber hablado contigo, ya me siento mejor.
Por supuesto no le digo que ahora soy yo la que tiene estrés.

El resto de la madeja:
La teoría dice que en Afganistán, a partir de la adolescencia, los hombres no deben mirar a la cara o dirigir la palabra a una mujer que no es de su familia, para que nadie piense que le hablan con intención de camelársela. Así que los novios de familias tradicionales no se conocen antes del compromiso. La madre del novio busca una candidata que le guste a ella, puesto que tras la boda las mujeres tienen que vivir juntas y aguantarse. En general se selecciona entre las familias con las que se está emparentado ya de alguna manera.

Cuando los padres de la novia aceptan al pretendiente, hay que hacer oficial el compromiso, de ahí la primera fiesta, a la que acuden las dos familias, esas de límites indefinidos. Entonces el novio debe hacer periódicamente regalos a la novia y su familia, entre ellos las joyas que lucirá en la boda. Así demuestra su solvencia.

Después de siete años de su huida, la madre de Jakob tiene prisa por casarlo, porque está enferma del corazón y tiene miedo de morirse antes. La fiesta de esponsales la hacen ahora en su ausencia, por poderes: su tío pasa a ser el responsable y protector de la prometida, hasta que él pueda viajar a Afganistán para la boda. Si a pesar del pasaporte alemán no le fuera posible entrar al país, se haría la boda también por poderes y él recogería a su mujer en la frontera de Pakistán o Irán. En cualquier caso la boda es una fiesta en la que prácticamente participa todo el barrio del novio y todo el de la novia, para no ofender a nadie. Vamos, que los 5.000€ que se han llevado los traficantes de personas habrían estado mejor empleados en este fin.

Y no. Cuando tienes una vida de mierda como la de los afganos, no puedes casarte de tapadillo para ahorrarte el dinero. La boda será el único evento memorable de tu vida. Y a tu madre la matas del disgusto.

El rugido del palang

Era nuestra penúltima semana como reporteros en Afganistán y pretendíamos hacer algo especial como despedida, quizás una excursión. Los americanos propusieron ir a ver un partido de buzkashi, el deporte nacional. Pero no uno de los que se juegan los viernes en la ciudad, con los equipos claramente organizados y los límites del campo bien definidos, sino uno tradicional: todos contra todos en un terreno polvoriento en medio de la nada, con la cabra recién decapitada ante nuestros ojos.
Esta propuesta no fue bien acogida.
Entonces Heiko comentó que en el nuevo parque natural del corredor de Waján había una hembra de leopardo de las nieves que estaba siendo monitorizada gracias a que un valiente guardabosques, alguien llamado Gulab Hosseini, había conseguido narcotizarla y ponerle un collar con un emisor. A cambio de nuestro apoyo económico para el parque, este hombre nos guiaría gustoso para mostrarnos el felino en su hábitat natural.
Las dos reporteras británicas dudaron un poco, pero luego aceptaron, y Heiko se encargó de organizar el contacto con Gulab Hosseini. Luego los americanos fueron movilizados anticipadamente, las británicas se echaron atrás, y los únicos que volamos a Faizabad, y de allí al corredor de Waján, fuimos Heiko y yo.

Gulab nos cayó bien desde el primer momento. Era un tipo sencillo, práctico y de sonrisa fácil. Entre su inglés y mi dari nos entendíamos bien. A Heiko se lo ganó en cuanto le prometió dejarle llevar un AK-47 por si nos encontrábamos con cazadores furtivos. Sobre todo los chinos buscaban siempre ingredientes para sus medicinas, mientras tibetanos y mongoles preferían las pieles para sus trajes tradicionales. Ante mi cara de susto, Gulab nos aseguró que no íbamos a encontrarnos con nadie, y al palang-e barf, el leopardo de las nieves, lo veríamos desde muy lejos. Para eso había que llevar ropa de abrigo, paciencia y buenos prismáticos.
Tras una noche en la oficina del parque y otra en un campamento a 3.000 m, comenzamos el ascenso al amanecer, siguiendo las indicaciones del receptor de Gulab. Por el camino el guardabosques nos habló de Iskándar Kabir, al que nosotros llamamos Alejandro Magno, y de su paso por Afganistán, que entonces era la satrapía de Bactria. Según una leyenda nuristani, cuando el macedonio llegó a las montañas, un sabio persa le profetizó que solo sería aceptado como nuevo señor si conseguía mirar a un leopardo de las nieves a los ojos, y que tendría tantos aliados en el país como rugidos escuchara al amanecer tras una noche de luna llena. Para su desgracia, Iskándar no tuvo la paciencia necesaria para esperar la aparición del palang y siguió su camino hacia Samarcanda, ignorando el mensaje del sabio.

Ya llevábamos dos horas en la misma posición, agazapados entre las rocas, cuando por fin el punto del monitor de Gulab comenzó a acercarse al lugar donde él quería tenerlo, enfrente de nosotros. Alcé mis prismáticos, pero ya me dolía todo el cuerpo de estar en esa postura, y por eso traté de cambiar mi peso hacia la derecha, metí una mano bajo mi trasero y me giré un poco, estirando el cuello. Y así, por haberme girado, puede ver sin necesidad de prismáticos de ningún tipo, que había un leopardo parado en aquel lado, a apenas veinte metros de nosotros.
El palang me miró, mientras yo intentaba decidir si debía gritar, o ponerme en pie para mostrar mi tamaño, o dejarme comer sin oponer resistencia. Me miró un instante, después abrió las fauces y… maulló. No rugió. Lo juro, fue un maullido, como de gato triste. Y antes de que Gulab y Heiko pudieran terminar de girarse, el leopardo había desaparecido tras una curva de la ladera y solo alcanzaron a ver la punta de su gruesa cola.
El guardabosques se puso en pie e intentó recuperar el contacto visual con el animal, que, claramente, no llevaba collar y por eso no aparecía en su monitor. Yo todavía estaba paralizada. Heiko me puso una mano en el hombro.
–No ha rugido– alcancé a decir con un hilo de voz, mientras sentía que los ojos se me humedecían. –No ha rugido. No tengo aliados aquí y por eso debo abandonar Afganistán. Me voy y no volveré jamás, no pertenezco aquí…
Mientras yo desvariaba entre lágrimas, Gulab se agachó a mi lado, sonrió, puso una mano sobre la mía y me explicó: los leopardos de las nieves no pueden rugir. Sus cuerdas vocales o algo en su garganta no es del tamaño correcto. No rugen. Nunca. Y es casi imposible que te miren a los ojos. Así que en realidad yo podía considerarme muy afortunada y debía albergar la esperanza de regresar algún día.

Cuando me calmé, todavía conseguimos ver a la hembra que seguíamos, pero no pudimos divisar si tenía cachorros nuevos. El ejemplar que se nos acercó era probablemente un hijo suyo de la camada anterior, que pasaba de visita. Fue un bonito final para nuestra estancia en Afganistán, para recordar siempre aquellos meses alegres en que las ayudas humanitarias fluían generosas, las escuelas funcionaban a las mil maravillas, las mujeres iban a la universidad y al trabajo, y había más guardabosques que cazadores.
Aún espero poder regresar algún día.

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Este texto participa en el concurso #HistoriasdeAnimales de Zenda e Iberdrola, y está dedicado a todos los que pusieron su granito de arena para mejorar las condiciones de vida en Afganistán en el periodo entre los dos gobiernos talibanes, y a todos los que aún lo siguen intentando.
Los habitantes de la provincia de Nuristán, al noreste del país, se consideran descendientes de los soldados griegos que Iskándar dejó allí antes de su viaje a la India. Algunos de estos nuristani son rubios y muchos tienen los ojos azules o verdes. Pero atención: el corredor de Waján está en la vecina provincia de Badajshán.

El mismo palang de la semana pasada