Manila

Suena en la radio una canción de moda, Ray Dalton y Álvaro Soler me preguntan: “Why don’t we… Wake up in Manila?” Eso me trae recuerdos de cuando yo tenía un buen amigo filipino que esperaba poder recibirme en su casa de Manila algún día.
Nos habíamos conocido por carta a través de una extraña agencia estadounidense donde mi amiga Lola nos inscribió, creyendo inocentemente que solo se trataba de contactos para intercambios de idiomas, y no de una agencia matrimonial, ja, ja, ja. Nosotras teníamos apenas 18 años y él el doble, pero nunca nos dijo su fecha exacta de nacimiento, y los asiáticos suelen parecer más jóvenes de lo que son, así que le calculamos 30 – ya eran demasiados de todos modos.
Ricardo y Lola no se entendieron, pero yo soy una chica muy amable y, de alguna manera, las cosas que contaba sobre su vida eran interesantes, así que seguimos escribiéndonos muchos años. Además vino varias veces a Madrid, siempre cargado de regalos, e hizo amistad con mis padres. Acabó siendo de la familia.
Ricardo había tenido que huir de Filipinas por escribir un panfleto denunciatorio contra el dictador Ferdinand Marcos y, desde su exilio estadounidense, seguía el desarrollo político de su país al tiempo que escribía un libro de 620 páginas en el que ampliaba la denuncia, detallando todos los cargos que Marcos había dado a sus amiguitos y todos los bienes que habían robado al pueblo filipino.

Ricardo era también un gran estudioso de la historia de su país, especialmente de su periodo español. Fue él quien me dio a conocer al héroe filipino José Rizal, y quizás algún día yo consiga terminar la novela que tengo a medias, donde narro algo vagamente parecido a nuestra amistad, alternando con capítulos de la vida del héroe (esa es la parte difícil para la que necesitaría más tiempo y motivación).
Al acabar la dictadura, mi amigo pudo regresar a Filipinas y comenzó a colaborar con Corazón Aquino en la democratización y mejora del país, lleno de ilusión y planes. Pero en algún momento la cruda realidad le alcanzó: la política no es lugar para idealistas, el poder lo corrompe todo. El pobre Ricardo murió de un infarto a los 55 años. Yo tenía 39 y le había prometido visitarle para celebrar mis 40.
Me dio mucha pena perderlo justo cuando mejor nos estábamos entendiendo, pero de algún modo podríamos decir que me alegro de que mi amigo nunca llegara a ver cómo Duterte conseguía alcanzar la presidencia de Filipinas, ni lo que ha sucedido durante su mandato, y, desde luego, el pobre hombre se habría muerto de otro infarto al enterarse de que ahora le sucede el hijo del mismísimo Marcos.
Así que si me preguntan: “Why don’t we… Wake up in Manila?”, respondo: mira, no, mejor lo dejamos. No conseguí ir allí en vida de mi amigo (y lo lamento), no me esperes ahora, pues sería una traición.

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La situación de Filipinas me ha parecido apropiada para una entrada en un viernes 13. Por lo menos a mí, pensar en dictadores me pone los pelos de punta. Brrrr.

A los que me leéis desde los alrededores de Würzburg: este domingo 15 os espero en el Festival de la Primavera Internacional. Y a los que aún no se han decidido a escribirme a paramio@gmx.net y pedir un ejemplar de «El hombre que pasaba desapercibido«, que se animen.

La importancia de aprender dari

Mi profesor de dari se llama Yaqub, pero aquí todo el mundo le dice Jakob. A él no le molesta. Por eso, cuando él cambia las vocales o la entonación de mi nombre, no le corrijo. Mi profesor de dari me ha enseñado mucho acerca de la tolerancia.
Cuando entro en su piso, el agua del té ya está hirviendo. Nos saludamos y preguntamos tres veces por nuestro estado de salud y por la familia. Mi profesor de dari me ha enseñado la importancia de tomarse tiempo para los rituales.
Mientras me quito los zapatos escucho cómo canturrea canciones de amor y le veo medir la cantidad de té en el hueco de la palma de su mano. Después toma tres semillas de cardamomo, abre un poco las cáscaras con la uña y las echa a la tetera. Yo paso a la habitación que le sirve de comedor, salón y dormitorio y extiendo sobre la alfombra el desdarján que nos sirve de mantel. Él trae el té y un platito con pistachos y cacahuetes. Mi profesor de dari me ha enseñado las reglas de la hospitalidad.

Picoteamos, charlamos y yo voy apuntando en mi cuaderno las palabras nuevas y las frases interesantes que van surgiendo en la conversación. Una vez le pregunto si eso se escribe con “te” (ت) o con “toi” (ط), pero no lo sabe. Enseñar dari y ser analfabeto no son circunstancias incompatibles. Discretamente cambio de tema, ya lo buscaré en el diccionario de persa. Mi profesor de dari me ha enseñado mucho sobre el respeto y la dignidad.
A la hora de las noticias de Tolo News, Yaqub enciende la tele, que es pequeñita y está en el único estante de la habitación, junto a los numerosos archivadores que contienen el resumen de esta etapa de su vida. El resto de las paredes están cubiertas de hermosos pósteres de paisajes y animales. Mi profesor de dari me ha enseñado a mantener los ánimos altos rodeándose de cosas agradables.

Algunas veces, cuando telefoneo con mi padre, me pregunta para qué demonios estudio dari. Él es ingeniero y piensa de forma pragmática, como un ingeniero.
Algunas veces, cuando mis cuadernos de vocabulario se mezclan con sus revistas de finanzas, también mi marido me pregunta para qué demonios estudio dari. Él es alemán y piensa racionalmente, como muchos alemanes.
El presentador saluda y lee los titulares del día. Antes, las noticias estaban en dari y yo entendía algunas palabras. Desde que los talibán están en el poder, ya no entiendo nada.
Mi profesor de dari suspira tristemente y se disculpa. Apaga la tele y me dice que estoy aprendiendo el idioma equivocado, que, por culpa de los demonios que controlan su país, ahora todo está en pashto.
–¿Tú puedes enseñarme pashto?
El rostro de Yaqub se ilumina con una sonrisa.
–Por supuesto.
No será fácil encontrar un diccionario de pashto, pero mi profesor de dari y pashto me ha enseñado a amar Afganistán y, sobre todo, a no rendirme nunca.


Este relato participa en el concurso de Zenda e Iberdrola #MaestrosInolvidables.

Podéis encontrar más aventuras de Jakob y Karín comenzando a leer este blog desde la primera entrada en febrero 2016. Quizás, con suerte, alguna librería española todavía tiene un ejemplar de “Multikulti. Sirios, afganos y una española en Alemania”.

Gente con clase

El próximo semestre se cumplirán veinte años que doy clases de español para adultos. En veinte años se conoce a mucha gente diferente y ocurren bastantes cosas interesantes, de modo que se puede decir que yo he aprendido casi tanto como mis alumnos. Podría publicar el artículo entonces, por el aniversario, pero me apetece hacerlo ahora, que ha ocurrido otra anécdota divertida.

Era el primer día de clase de este semestre, tras las vacaciones de verano, y el curso estaba anunciado en el catálogo de la Universidad Popular con el título: “Repetición del nivel A2, curso de conversación, segunda parte”. Todos los alumnos del semestre anterior estaban ya matriculados, yo no esperaba a nadie más, pero en el último minuto a veces hay gente que aparece de forma espontánea o se cambia de curso tras ver que se ha equivocado. Esta vez había dos nombres nuevos en la lista.
Cuando llegué al patio de la escuela, ya había algunos coches aparcados y los alumnos estaban charlando con la nueva compañera, que abrazaba un libro de nivel A1, como si fuera su escudo protector. La saludé, se llamaba Carmen, confesó que vivía en el siguiente pueblo y que le agradaba más venir a clase al nuestro que tener que ir a la ciudad, donde no se aparca tan fácilmente – es un argumento que ya he oído más veces, no me molesta que los alumnos tomen sus decisiones dándole más valor al aparcamiento que al contenido del curso o al docente, excepto si luego me preguntan, como hizo Carmen:
“¿Y tú cómo te llamas?”
“Karen”, y no me puedo creer que no hayas leído mi nombre en ninguno de los documentos de tu matrícula, pero voy a seguir sonriendo.
“¿Karen? Hm. Eso no es español. ¿Tú eres española?”
“Ja, ja, sí, soy española, con un padre aficionado a los nombres extranjeros”, igual que tus padres, querida Carmen, pero voy a sonreír un poco más.
“Este es el libro que he terminado antes del verano. ¿Vosotros vais más avanzados?”.
Pues sí, Carmencita querida – tuve que decirle claramente que mis alumnos ya habían estudiado el nivel A2 completo, que son tres semestres, más la primera parte del curso de repaso. Pero le permití que se quedara a clase, hablé más despacio, le traduje lo más difícil y dejé que hiciera muchas preguntas. Siguió diciendo que aparcar en mi pueblo le parecía fabuloso, pero comprendió que antes de apuntarse a un curso hay que leer la descripción del mismo.

El otro alumno nuevo tampoco estaba en el curso correcto. Era un egipcio casado con una española, que había aprendido el idioma de oídas, sin estudiar la gramática, y hablaba con una soltura y fluidez que ya la desearían algunos de mis alumnos. Le frenamos, le hicimos repetir, y le recomendé un curso de un nivel superior.
No era el primer egipcio que he tenido en clase.

Ya había dado varios cursos en la ciudad cuando pregunté en el ayuntamiento de mi pueblo si sería posible hacerlo directamente en nuestra escuela. La empleada que me atendió, y que hacía de conexión con la Universidad Popular, decidió apoyar mi propuesta para venir ella misma a mis cursos – era de origen egipcio.
También he tenido una vez un alumno estadounidense, de los tiempos cuando aún había soldados americanos estacionados en los cuarteles que ahora son parte del campus universitario. Este chico nos contó que en su ciudad natal, a falta de otros monumentos históricos interesantes, habían colocado en lo alto del monte una estrella enorme que se iluminaba todas las noches. Siento haber olvidado el nombre de la población.
También tuve en clase a la esposa de un soldado estadounidense, que era británica y no hablaba nada de alemán, y era un curso de principiantes donde yo todavía tenía que explicar bastante gramática y traducía mucho, pero a ella no le hacía falta, porque esa parte la entendía en español mucho más fácilmente que los alumnos alemanes.
Interesante fue también aquel curso donde había una pareja de rumanos, hombre y mujer, con el mismo apellido, y yo pensé que eran un martrimonio, y una pareja de mujeres alemanas con el mismo apellido, y yo no sabía si eran hermanas, y resultó que era todo al revés: los rumanos eran hermanos, y las mujeres estaban casadas entre sí.
El caso del italiano es especialmente interesante, porque era mi ginecólogo. En clase él era Antonio, nos tuteábamos y charlábamos como si tal cosa, con muchas risas, y en la consulta nos tratábamos de usted, muy serios los dos, haciendo como si no nos conociéramos de nada. En la cena de fin de curso fuimos a un bistró italiano que había por aquel entonces justo en el lateral de la escuela y él se pidió un risotto. Era un local para alemanes, claro, y el pobre Antonio probó su arroz y me dijo: es como si tú, que no eres cocinera profesional, haces una paella para unos amigos, a veces te sale muy rica, a veces te sale esto.
En ese mismo bistró fue también donde el alumno que era representante de vinos intentó hacer piececitos conmigo al tiempo que decía: me recuerdas mucho a una novia que tuve de joven.
Más divertida fue la cena en la ciudad con el grupo que se puso en fila para despedirse de mí con dos besos. Uno de los primeros era un calvito simpático con problemas de visión, en clase yo le ayudaba a escribir las palabras y le ponía la lupa electrónica en el lugar correcto, y él hablaba tanto con un compañero que después de los dos besos siguió charlando y se le olvidó que ya se había despedido, así que se puso a la fila por segunda vez – como el enanito mudo de la película de Blancanieves.
Un alumno experto en aceite de oliva intentó venderme algunos litros de un lote que había importado de Italia; unos alumnos biólogos me regalaron un aparato para atrapar vivos los insectos y arañas de la casa y poder echarlos al jardín; otro me regaló un librito con las travesuras de Max y Moritz en español.
Tres alumnos de español se han convertido con el tiempo en amigos íntimos.
Un alumno de alemán se ha convertido en familia – mi afgano.
Y no es alumna mía, pero quiero aprovechar para saludar a una persona residente en Irlanda, que siempre, siempre, es la primera en leer los artículos que publico. Gracias.
Además os recuerdo que admito comentarios en otros idiomas, aquí o por correo: paramio@gmx.net
Sigamos aprendiendo y conociendo gente.

P.S.: La foto de arriba es una clase improvisada en la cocina/bar del polideportivo 🙂 La foto de abajo es el fantástico insect-snapy que os recomiendo de todo corazón.

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