Estados de ánimo

Hace poco nuestro “ayudante”, el insufrible Herr Frosch, me preguntó de repente si yo creía que Jakob estaba traumatizado y podía necesitar ayuda psicológica. Le respondí que, sin duda, a su llegada a Alemania Jakob bien hubiera podido necesitar ayuda profesional, pero que desde hace un año yo me ocupo de su “terapia” y creo que no lo hago mal.

Cuando le pregunto a Jakob cómo está y él dice “bien”, en realidad quiere decir que en ese momento tiene sus preocupaciones bajo control y puede concentrarse en otras cosas. Afortunadamente es su estado de ánimo más frecuente y esto le permite estudiar alemán, ir a la compra, cocinar, fregar platos en el hotel, jugar a la consola con mi hijo menor, hacer bromas y conseguir que las personas de su entorno olviden que él no olvida.

De vez en cuando, si narra un recuerdo doloroso o recibe noticias de su familia, las preocupaciones toman el control. Entonces me dice “hoy no estoy aquí” o “yo estoy aquí, pero mi cabeza no”. Son los momentos en que necesita que yo le cuente con detalle lo que hemos hecho todos los miembros de la familia y cuáles son nuestros planes, para así tratar de acercarle de nuevo “aquí”. También ayuda que le pregunte cómo se dice esto y aquello en farsi/dari, de este modo le acompaño “allí” donde le llevan sus pensamientos, no va solo y creamos un puente entre los dos mundos. A veces llora y simplemente tengo que abrazarlo y tratar de no llorar yo también.

En un par de ocasiones no ha querido contarme inmediatamente qué es en detalle lo que le preocupa, para que no me ponga triste yo también. Y si le recomiendo que hable de ello con el par de amigos afganos que tiene en la ciudad, me dice que no, que son amigos “nuevos”, los ha conocido en su odisea de campamentos y entre ellos nunca hablan de temas anteriores a su llegada a Alemania.

Cuando se le pasa el mal día me dice que ya se siente otra vez “normal”, es decir, que puede retomar sus tareas habituales y hacernos olvidar a todos que, si escucha la palabra “padre”, él recuerda al suyo, despedazado por la bomba; si se habla de boda o de bebés, él va a pensar en su hermano asesinado; si buscamos piso, él se imagina a su familia hacinada en una habitación en casa del tío; si tose y le mando a comprar jarabe, él echa cuenta de lo que cuestan las medicinas de su madre; y si por desgracia hay una manifestación neonazi y le pido que tenga cuidado o se quede en casa, él va a tener presente la imagen de su otro hermano, que salió hace poco a realizar unas compras, se cruzó con un desconocido que le miraba fijamente y tuvo que huir corriendo entre unos coches para esquivar dos balazos.

Por eso, si voy con él al cine a ver “La La Land” y un par de veces, por ejemplo en la escena del planetario, se queda con la boca abierta y exclama “qué bonito”, sé que durante algunos instantes ha desconectado y mi terapia está funcionando.

Aniversario

Hoy hace un año que conocí a Jakob.

Por aquel entonces él era igual de alto que mi hijo mayor y tenía la tez muy pálida. Ahora su rostro tiene un tono veraniego y salpicado de pecas y mi hijo ya nos ha pasado tanto a Jakob como a mí.

En estos doce meses yo he aprendido un poco más de farsi/dari y Jakob ha aprendido una barbaridad de alemán, lo cual no significa que ya hable bien, sino que entiende mucho más. La gramática alemana, con sus tres artículos (der, die, das) y las correspondientes declinaciones (nominativo, genitivo, dativo y acusativo), supone un obstáculo insalvable para este muchacho, que exclama indignado “en dari no hay gramática”, cuando quiere decir que en su idioma las palabras no tienen distinción de género, no hay artículos y los casos se expresan con un par de preposiciones simples.

Jakob ha aprendido además una palabra en español, que me dice si me despisto y le hablo por error en este idioma: “¿qué?”. Además hemos descubierto que ambos conocemos el medio de transporte “Zug” bajo la denominación “tren”. A veces, cuando Jakob se queja de la ausencia de sol, me entran ganas de decirle que se ha equivocado de país, que debería haber ido a España, que allí hay sol, la pronunciación es más fácil para él y nadie te mira raro si mojas pan en la salsa. Pero me muerdo la lengua y callo, porque definitivamente se encuentra en el país equivocado: debería haber podido quedarse en Afganistán para siempre.

Antes sólo recibía clases esporádicas de voluntarios. Ahora ha superado con éxito el curso de integración, está esperando el resultado del examen de idioma de nivel A2/B1, ha comenzado a ir a clases de “orientación profesional” y mañana se presenta al examen “Leben in Deutschland”, el mismo que tendría que hacer yo si algún día me nacionalizo, con preguntas sobre la historia y la política alemanas.

Hace un año Jakob vivía en un campamento improvisado en un polideportivo, en parcelas separadas por cortinas, y no podía cocinar él mismo. A finales de marzo lo trasladaron a una antigua pensión, junto con otros 30 afganos. Ahora las dos familias  que había allí ya se han mudado, quedan sólo unos 20 hombres, que comparten la cocina y dos duchas. Desde que en abril le dieron el permiso de residencia por riesgo a su vida (que es temporal, no como el asilo) y adquirió el derecho a mudarse, estamos buscando piso, sin éxito. Anoche fuimos a ver un apartamento muy majo, aunque un poco distante, y al pobre se le caía la baba de imaginarse su posible futuro allí.

Para muchos caseros “afgano” significa “demasiado extraño”, para algunos es directamente “terrorista potencial”. Para la mayoría de los caseros recibir ingresos de la ayuda social es inaceptable. No importa que mi marido se haya ofrecido como avalista, Jakob es un inquilino sospechoso e indeseable.

Hace un año yo aún no había comenzado a escribir este blog, ni pretendía publicar un libro sobre los refugiados. La primera idea surgió tras escribir el cuento “Los unos a los otros” y ver que no me era posible compartirlo en Facebook como yo hubiera querido. Después comencé a narrar mis experiencias en las clases de alfabetización y la historia tomó un nuevo rumbo tras visitar a Jakob en el hospital.

Os voy a hacer una pequeña confesión: usé el nombre de Jakob, porque él me dijo que en Afganistán mucha gente se llama así y, puesto que a nosotros nos resulta familiar, nos es más fácil sentir empatía hacia su propietario. Pero el verdadero nombre de mi amigo es: Luchador, hijo de Gul Rajmán, hijo de Gul Rasul. Cuando yo le expliqué que yo era Karen valade Santiago valade Santiago, me dijo que eso no podía ser correcto, pues no se deben repetir los nombres en la familia. Le propuse cambiar un Santiago por Sankt Jakob y nos reímos juntos.

Hoy hace un año que conocí a Luchador y me costó tres intentos escribir su nombre correctamente. Él todavía me llama Karín. Y no me importa.

Dos autoras, dos actitudes

Hace poco estaba en la biblioteca municipal seleccionando libros para mis hijos, cuando desde la estantería de recomendaciones para adultos un título llamó poderosamente mi atención. Desde que ayudo a Jakob diariamente con los deberes de alemán, y con la dificultad de los mismos incrementándose a pasos de gigante, casi no tengo tiempo de leer libros, pero este no podía dejarlo pasar: “Wir schaffen es nicht”, de la autora alemana Katja Schneidt.

El título, “No lo conseguimos”, es una clara respuesta a la coletilla que Angela Merkel ha repetido incesantemente durante el 2015 y parte del 2016, “wir schaffen es”, “nosotros lo conseguimos”. Frau Merkel se ha estado refiriendo con ella a la llegada masiva de refugiados al país, aunque de una manera vaga e indefinida, ya que no ha explicado en absoluto quiénes son los “nosotros”, ni qué es exactamente lo que se espera conseguir, ni mucho menos con qué consecuencias socio-económicas.

Frau Schneidt en cambio pretende concretar y su libro lleva por subtítulo: “Una ayudante de refugiados explica por qué la crisis de los refugiados desborda a Alemania”. Y la contraportada nos aclara que Frau Schneidt sabe bien de lo que habla, tanto por su larga experiencia con refugiados, ya desde las guerras de la antigua Yugoslavia en los 90s, como por su conversión al Islam tiempo después de haber terminado una relación turbulenta con un hombre turco-kurdo. (Esto lo cuenta la autora detalladamente en otro de sus libros, por si a alguien le interesa.)

De todos los puntos que toca el libro hay unos cuantos con los que estoy claramente de acuerdo, porque mi experiencia y la de la autora coinciden. Sobre otras críticas, más relacionadas con decisiones políticas o económicas, no puedo opinar porque no poseo suficientes conocimientos al respecto y me faltan datos. Y finalmente también ha habido un par de cosas que no me han gustado…

Para no aburrir a nadie con tediosas discusiones, voy a comentar sólo, y lo más brevemente posible, los dos puntos fuertes de la coletilla, empezando por el “nosotros”:

Frau Schneidt expresa, y yo con ella, la triste realidad: la mayoría de la ayuda a la integración se está llevando a cabo a través de voluntarios, como yo misma, que, por desgracia, ni somos suficientes, ni estamos capacitados profesionalmente para ciertas tareas fundamentales como es la ayuda psicológica a los refugiados. Los “nosotros” somos pocos. Hacen falta urgentemente más voluntarios y muchos, muchísimos más, profesionales.

Sobre el “lo”, es decir, la integración de los refugiados en la sociedad alemana, aquello que se pretende conseguir y que, según esta autora, no lograremos, también coincido con ella en dos detalles:

“La integración no es una calle de sentido único”, nos dice, con razón. No tiene sentido exigir que los refugiados se integren y al mismo tiempo estar mirando hacia otro lado o poniendo trabas. El que pide integración debe estar también dispuesto a dar un par de pasos adelante, aunque sólo sea aceptando a los refugiados como vecinos, saludándolos en la escalera y en la calle, y escuchándolos con paciencia si se acercan con una pregunta.

La integración en la cultura occidental conlleva el conocimiento y el respeto de los derechos de las mujeres en nuestra sociedad. No basta con dar unas horas de clase al respecto en los cursos de integración, que son mayoritariamente seguidos por los hombres mientras las mujeres se quedan con los niños en los alojamientos comunitarios. Hay que perseguir sistemáticamente que las mujeres refugiadas también asistan a los cursos y aclararles además con detalle qué posibilidades hay para ellas de cuidado infantil, asistencia médica, educación y ayuda en caso de violencia doméstica. Para esta parte de la integración es para la que más profesionales se necesitarían y, por desgracia, no los hay.

Por la dificultad en la integración de las mujeres, por la escasez de viviendas y de puestos de trabajo para trabajadores no cualificados y por otro par de detalles, es por lo que Frau Schneidt proclama “no lo conseguimos”. El título le ha quedado muy impactante y hasta tiene buena parte de razón, pero la autora no me convence por su actitud. El que se levanta por la mañana pensando “no lo voy a conseguir”, puede dar por sentado que no logrará nada positivo en todo el día. El camino de la integración es difícil y en algunos casos no se conseguirá (ya mencioné en Las ovejas negras a Gulab, que ya era intolerante y anti-integración en su propio país, no se puede esperar que aquí sea de otra manera), pero yo soy Doña Quijote, ya lo sabéis, y preferiría que la autora tuviera una actitud más inspiradora y nos animara con un título como “Lo que debemos mejorar para conseguirlo”.

Frau Schneidt comenta en su libro que para ser un buen ayudante de refugiados hay que permanecer a una cierta distancia emocional de los mismos, sin implicarse en sus historias particulares. Esto es lo mismo que hacen, por ejemplo, los médicos oncólogos infantiles: tratar a pacientes de pequeño tamaño. Punto. Evitando llevarse a la cama el disgusto constante por la mala suerte de los niños enfermos.

Está claro que, según este criterio, no soy una buena ayudante de refugiados. Y el día en que visité a Jakob en el hospital, yo ya lo sabía: soy su amiga, su familia, su apoyo moral en los días bajos… Estoy tan implicada emocionalmente que ya no puedo ayudar a nadie más.

Y esta terrible facilidad empática mía es la que hace que prefiera las obras de la segunda autora que quiero comentar en este artículo: la también alemana Ronja von Wurmb-Seibel. Como su apellido es muy largo, y además estamos en la misma onda, me vais a permitir (espero que ella también) que la llame simplemente Ronja.

Ronja viajó hace tiempo como reportera a Afganistán y se enamoró del país y sus gentes hasta el punto de quedarse a vivir allí durante el año 2014 completo. Además de sus artículos periodísticos al respecto, Ronja ha publicado un libro de relatos que pretendo conseguir en cuanto pueda: “Ausgerechnet Kabul – 13 Geschichten vom Leben im Krieg”. En mi traducción libre: Precisamente Kabul – 13 historias sobre la vida en la guerra. www.vonwurmbseibel.com

Entre la gente que Ronja conoció durante su estancia en Afganistán había un muchacho de 15 años, huérfano de padre, que al despedirse de ella le anunció que trataría de llegar a Alemania para solicitar asilo. Al año siguiente el muchacho puso en marcha su plan y, tras haber pasado diversas penalidades, llamó a Ronja y su novio desde un campamento de Hungría y les pidió que, por favor, le ayudaran a completar su recorrido. Tras mucho meditar, la pareja se apiadó del chico, fue a recogerlo en coche y lo introdujo ilegalmente en Alemania. Lo alojaron en su casa un par de semanas, para darle la posibilidad de estabilizarse psicológicamente, y después lo acompañaron a presentarse ante las autoridades. Podrían haber acabado su implicación en ese punto, confiando en las medidas de integración de la ciudad de Hamburgo, pero entretanto le habían cogido un cierto cariño al chaval y las tristes condiciones de su alojamiento y el retraso de las autoridades en conseguirle un curso de alemán hicieron que la pareja se lo planteara de nuevo y decidieran acogerlo oficialmente como sus tutores.

Si Ronja integra a su amigo y yo integro al mío, ¿cuántos refugiados pueden integrar 80 millones de alemanes?  Pues, depende de su actitud.