Vacaciones en… Siria. ¿Siria? ¡Siria!

Hace dos semanas, aprovechando que tuvimos una mañana soleada, fui a tomar té a la terraza de mi vecina/amiga siria. Ella ya llevaba unos días preguntando con insistencia cuándo va a estar mi familia completamente vacunada, para poder volver a invitarnos a comer. “Pronto”, le dije, pues mi marido y yo ya tenemos las dos vacunas, y nuestros hijos (de 18 y 16) tienen también la primera. “¿Y vosotros?”, pregunté, y me respondió que su marido acababa de ponerse la primera, pero que ella no quería vacunarse (!). Y como los cuatro niños son menores de 12 años, tampoco se pueden vacunar de momento. Habrá que esperar a otro día soleado para comer al aire libre.
Mientras tanto su marido, que estaba hablando en árabe al móvil, me hizo gestos de repente y me pidió que le ayudara a entender algo y buscarlo en internet. Yo ya estaba pensando en algún producto que querían comprar, o en la dirección de algún médico especialista, que es lo que habitualmente me hacen buscar, cuando la persona con quien telefoneaba pronunció las palabras: embajada libanesa en Berlín. Así que busqué en la página web el teléfono de contacto y hablé por tercera vez en mi vida con alguien de nacionalidad libanesa. (La primera vez fue en un parque de Madrid, yo tenía 14 años y él era rubio con ojos azules y se llamaba Raymond Khoury, como el escritor, por eso nunca he podido volver a encontrarlo ni con ayuda de google; mi segundo interlocutor libanés fue el traductor de árabe del campamento donde conocí a mi ahijado; entre medias hubo otro libanés en mi vida, Michel, pero sólo escribíamos cartas, en inglés, nunca llegamos a vernos ni hablarnos).
¿Y por qué tuve que llamar a esta embajada y hablar con una encantadora secretaria, que ya me gustaría a mí tener en el consulado español alguien tan amable? Pues porque la madre siria y los cuatro niños van a viajar a Siria, vía Beirut, y la empleada de la agencia de viajes que les tramitaba los billetes no estaba convencida de que no necesitaran visado para aterrizar en el Líbano. Tres semanas de “vacaciones” en Siria, en la misma Siria que abandonaron hace cuatro años para pedir asilo (han parado los bombardeos, pero no se ha reconstruido nada).
Mientras yo buscaba el número de la embajada, mi amiga, con lágrimas en los ojos, me explicó que su madre y su hermana necesitan medicamentos que no se pueden comprar allí, o son demasiado caros, y que quiere ver a su familia. Primera excusa para viajar.
Entretanto su marido buscó los papeles de la agencia de viajes. El precio de la aventura roza los 4.000€… pero, efectivamente, con un pasaporte 100% sirio no es necesario un visado para entrar al Líbano. Con un documento alemán para exiliados políticos a quien se concede asilo, sí es necesario el visado – quizás por eso el padre no va. ¿Y para volver a Alemania? El matrimonio sirio está convencido de que no hay problema: la madre y los niños son residentes aquí. Bueno, es como cuando el afgano Ali voló este invierno a Pakistán para casarse: él también regresó sin problemas. Pero yo no lo creeré hasta que no lo vea.
Unos días después el matrimonio sirio estaba invitado a café en casa de otra vecina con la que tengo contacto, una farmacéutica jubilada, quien de repente me llamó horrorizada para comentar la novedad del viaje a Siria y anunciar que por lo menos ha convencido a la madre para que se ponga una vacuna de Johnson & Johnson (!!). También me preguntó si es cierto que nuestra amiga va porque necesita renovar su pasaporte. Ajá, esa es la segunda excusa.

Ayer estuve otra vez con la madre siria para confirmar que se vacuna con tiempo suficiente para no tener que hacerse una prueba PCR antes del vuelo a Beirut, y recordarle que los alemanes sí exigen que sus hijos se hagan un PCR antes de regresar a casa. Le pregunté si de verdad lo de su pasaporte no se puede resolver en la embajada siria en Alemania y, como todavía habla tan mal, no pude entender su respuesta: algo de que su marido no puede acercarse a la embajada por problemas políticos, además en su ciudad el sitio de hacer los papeles está al lado de la casa de su familia y todo es muy fácil, después otra vez algo sobre Assad y sobre la embajada – y no se aprende la palabra alemana “Botschaft” y me dice todo el rato “safarat”, que es como en persa, porque “safar” es viaje (gracioso fue también cuando me habló de adelgazar y en lugar de dieta (Diät) dijo “reyím”, como régimen).

Bueno, que mi amiga está convencida de que todo va a salir bien y ya está llenando maletas y bolsas con las medicinas y todo lo que va a regalar a la familia, incluida la mayoría de la ropa que lleven. Y como no queda tiempo de cocinar e invitar a mi familia, pues se soluciona de otra manera: el resto del arroz con carne picada y lentejas que su amiga iraní Aresú (que significa: deseo) le regaló el día anterior y sus hijos ya no quieren, me lo regala a mí (está rico) y ya volveremos a reunirnos en septiembre.
Si vuelve.
Ya os contaré…

Cuarto aniversario

¡Cómo pasa el tiempo! Ya se cumplen cuatro años desde que inicié este blog con la llegada de los refugiados a mi pueblo. ¡A saber dónde andan la mayoría de ellos!

¿Qué habrá sido de aquel policía sirio, padre de familia y abuelo primerizo, que me ponía la mano en el muslo durante las clases e insistía en nuestros antepasados comunes de Al Ándalus? Espero que haya aprendido un poco de alemán y tenga amigos con quienes jugar al dominó y relacionarse, para no caer en una depresión.

A uno de los afganos agradables me lo he encontrado por la ciudad y me ha contado emocionado que por fin tiene permiso para traer a su mujer y a sus dos hijitos (¡Cómo habrán crecido en estos cuatro años!). Aunque iniciar los trámites no significa que el éxito esté próximo: todavía tienen que conseguir superar los obstáculos burocráticos (por ejemplo, tener un contrato laboral indefinido, un seguro médico para todos y una vivienda suficientemente grande, y que su mujer hable un mínimo de alemán – ejem) y económicos (pasajes de avión para los tres).
Le deseo mucha suerte.

Una pequeña buena noticia es que mi ahijado afgano ha conseguido sacarse el carné de conducir y actualmente es el orgulloso propietario de un Opel Corsa. Todavía necesita practicar un par de años antes de poder solicitar un empleo como repartidor de paquetes, que sería su siguiente meta profesional, porque a largo plazo su trabajo actual en una imprenta supone bastante esfuerzo físico para un chico bajito y chepudo como él, y no es fácilmente compatible con la vida familiar, ya que los turnos laborales cambian cada semana y así es difícil tener un buen ritmo para dormir y descansar correctamente. Y es que la vida familiar es la siguiente meta personal: ahorrar y superar los obstáculos burocráticos que mencionaba arriba, para poder celebrar algún día esa boda magnífica a la que estoy invitada (ya decía Calderón: la vida es sueño) y traer después a la que será mi primera nuera…

Mientras él, poco a poco, va consiguiendo objetivos, hay otros muchos refugiados que, pese a sus intentos de avanzar y mejorar, son obligados a retroceder. Recientemente he tenido que ayudar a mi afgano a explicar a dos conocidas suyas que, debido al convenido de Dublín, van a ser expulsadas de Alemania durante 15 meses.
La primera muchacha, de 23 años, entró a la Unión Europea a través de Grecia, donde presentó su petición de asilo. Tras más de un año “atascada” allí, vaya usted a saber en qué condiciones (tratad de imaginar lo que es para una muchacha soltera realizar un viaje así sola), alguien la convenció de seguir camino y hace 6 meses llegó a Alemania, donde volvió a pedir asilo y fue rechazada, claro, porque lo dice el convenio de Dublín. Le toca regresar a Grecia y seguir esperando la decisión del gobierno griego sobre su situación. En todo este tiempo no ha conseguido acceso a ningún curso de idiomas ni a un permiso laboral, ni aunque fuera para limpiar (y mira que aquí hay constantemente anuncios en el periódico en busca de alguien que limpie, que es algo que las europeas del este ya no hacen, porque les interesa más cuidar ancianos).
Esta muchacha afgana lleva dos años de su vida “desperdiciados” y las probabilidades de que finalmente la deporten de vuelta a Afganistán son altas.
La segunda chica, un año más joven, entró por Italia, donde los campamentos están igualmente saturados y los procedimientos burocráticos se eternizan del mismo modo, pero había tenido más suerte y había conseguido encontrar apoyo personal en Alemania. En el protocolo de su reclamación contra el regreso a Italia he podido leer que declaró: quiero quedarme aquí, donde mi madrina me ayuda a aprender el idioma e integrarme, por favor, tengo mucho miedo de regresar sola a Italia.
Pero la burocracia es efectiva en estos casos, no como cuando se trata de deportar gente de clanes criminales, que manejan más dinero, claro.

Esta semana se ha conocido el resultado oficial de las elecciones afganas y Ashraf Ghani ha sido reelegido con una mayoría del 50,64% de los votos que consiguieron ser emitidos a pesar de los atentados talibanes. Mi ahijado ha dicho: es una marioneta, y ni siquiera es la mitad de bueno en su papel que era la marioneta de Karzai. Los seguidores del segundo candidato, Abdulah Abdulah, ya han dicho que no aceptan los resultados y están en pie de guerra – y eso, en Afganistán, hay que tomarlo al pie de la letra.

Y anoche han muerto once personas en la ciudad de Hanau, cerca de Frankfurt, porque un hombre con problemas mentales y opiniones racistas tenía acceso a un arma de fuego.
Otro de los temas clásicos de este blog, por desgracia…
Las velas son por los diez inocentes.

Siento no poder terminar con alguna anécdota más alegre. Es que he estado enferma y no he podido asistir al carnaval con los niños de mi vecina siria. Otra vez será.
Cuidaos.

Identidad nacional

Algunos países están intentando defender sus fronteras con uñas y dientes, como si su aleatoria distribución sobre un mapa fuera algo inamovible, en contra de las enseñanzas de la Historia. Los jefes y líderes de estas regiones alegan el peligro de desaparición de su identidad nacional/cultural ante la entrada de numerosos extranjeros. Y eso que los términos nación-cultura y nación-estado tampoco suelen coincidir: los de más al norte hablan quizás un dialecto diferente, los de lo alto de las montañas comen cosas distintas que los del valle, y una cierta fiesta típica se puede dar a los dos lados de la línea imaginaria de la frontera, por pertenecer a una tradición anterior a la existencia de ésta.
Aquí donde yo vivo hay personas de mente estrecha que rechazan que esto sea Baviera y defienden su condición de francones, concretamente de la Baja Franconia, y no están dispuestos a mover un dedo, no ya por otros alemanes, sino por otros bávaros. My terruño first!
También hay personas conscientes de que esto es Europa y, sin dejar de ser alemanes, pueden apreciar la importancia de la democracia griega, el derecho romano, las obras de Shakespeare, la sauna finlandesa o la paella y el turrón levantinos.

La destrucción de la identidad nacional y cultural puede suceder hoy en día de modo simple, sin estar asociada a la entrada física de extranjeros a un territorio. Basta que un ídolo/cantante estadounidense o coreano lleve una cierta prenda de ropa, para que los jóvenes de medio planeta abandonen sus trajes regionales y se vistan como él. Si un youtuber de moda aparece comiendo un cierto plato de comida rápida, éste puede sustituir en breves minutos a todos los guisos tradicionales. Y si una empresa encuentra un hueco lucrativo en el mercado, cualquier fiesta popular puede pasar a ser un fenómeno de masas sin contenido intelectual ni religioso.

Hace casi 20 anos decidí casarme con un alemán y un día le dije, en broma, algo que provocó una respuesta inesperada. Tomando los estereotipos que se supone que definen sin excepción a los 80 millones de alemanes y a los 40 millones de españoles, pregunté: si tú eres racional, puntual, serio, preciso y yo temperamental, impuntual, apasionada y descuidada, ¿cómo serán nuestros hijos? Èl, en su confusión de ser/estar, respondió: desorientados.
Y yo me abracé a él en un ataque de pánico.
Por suerte no ha sido así y nuestros hijos, aunque están en plena pubertad, tienen clara su identidad: se sienten bien en cualquier lugar del mundo donde se coma más carne que verduras (si hay pizza, eso ya es el paraíso); el idioma que hablan con más fluidez es el alemán, pero escuchan a diario música en inglés, aunque en los aviones se ponen las películas en español latino; su atuendo típico es vestir de negro, pero pueden darte la sorpresa de aparecer un día de rojo o hasta de amarillo, porque sí. La patria es para ellos su habitación con sus cosas y el aula del colegio donde pasan tantas horas al día. ¿Hispanoalemanes? ¿Germanoespañoles? Ni ellos ni yo sabemos cómo se define eso. Un par de papeles hay, que tienen que llevar consigo cuando cruzan las fronteras invisibles hacia otros países.

¿A qué viene todo este rollo de hoy?
Desde las 11 horas del jueves soy oficialmente alemana. Para conseguir el documento que lo acredita, además de mi matrimonio mixto, se han considerado mi nivel de alemán, mis antecedentes penales y mi capacidad de subsistencia sin ser una carga para el estado. No me han preguntado si soy racional, puntual, seria, precisa, ni si bebo cerveza o vino de Franconia, si tengo un Dirndl en el armario, o si voy a alguna iglesia – ni siquiera me han pedido que defienda activamente mi nueva patria, sino sólo que me atenga a la Constitución y las leyes, sin hacer nada que pueda poner en peligro a este estado.
Que sea una ciudadana normal, igual que era antes.
Ahí queda el papelito, para lo que sirva.

Halbe Urkunde