La quinta estación

Hoy es 11 de noviembre y esta mañana a las 11:11 h comenzó en Alemania la quinta estación del año: el carnaval. El primer acto de los carnavalistas en tiempos sin pandemia es el asalto al ayuntamiento, para tomar las llaves y hacerse con el poder, al menos durante unas horas.
Imagino que muchos de los que me leéis desde fuera de Alemania habréis puesto la misma cara de asombro (o parecida) que yo cuando me enteré de este tema hace ya veinte años. Pues, vamos a seguir con otro par de novedades para vosotros, ya que este año tampoco puedo relataros un desfile de San Martín ni voy a atormentaros con comentarios sobre los atentados islamistas de las últimas semanas (no sólo en Europa, también dos muy graves en centros educativos de Kabul) y ya escribí un artículo sobre las efemérides del 9 de noviembre (hm, no mencioné la Virgen de la Almudena de Madrid, pero es que, salvo el origen árabe del nombre – la ciudadela – no se me ocurre nada interesante que decir de ella).

Bien, se inicia el carnaval el 11/11 y luego se hace pausa hasta que pasan las Navidades y se puede continuar con la organización y desarrollo de las festividades. Los aficionados al carnaval se llaman en alemán Narr (plural: Narren), que se traduce como bufón y también como loco. De entre todos los Narren de una asociación vecinal se elige a 11 como cabecillas del grupo (Elferrat, consejo de los once) y se les concede el honor de llevar unos gorritos muy graciosos que tienen su origen en los del bufón medieval tradicional. Así esos 11 afortunados ya no tienen que pensar en qué disfraz llevar ese año: una preocupación menos. Eso sí, ahora tendrán que estar presentes en todas las fiestas, sentaditos en fila (o en dos filas) y sin moverse mientras en el escenario se suceden los números cómicos y gimnásticos de turno. Aquí tenéis una foto de Wikipedia:

Como podéis apreciar en la imagen, los consejos de los 11 son mayoritariamente masculinos, aunque poco a poco va habiendo asociaciones que los hacen mixtos. A cambio, los números gimnásticos son mayoritariamente femeninos. Las niñas comienzan ya con 5 o 6 añitos a maquillarse y disfrazarse de soldaditos y a practicar tablas de gimnasia que presentan después entre los números cómicos de los eventos carnavalescos, probablemente para que el público tenga tiempo de ir al servicio y rellenar sus jarras de cerveza (lo siento mucho, chicas, no sé apreciar vuestro arte, ni siquiera siendo niña me gustaba vuestra versión “española”: las majorettes que desfilaban haciendo malabarismos con un bastón – que todavía son muy populares en Asia, basta buscar en internet “mayoret”, ya veréis).

Antes, cuando mis hijos eran pequeños y el Kindergarten nos obligaba a integrarnos en las tradiciones del pueblo, acudíamos disfrazados a varias fiestas: ver y ser visto. Ahora, con y sin pandemia, mis hijos se mueven casi exclusivamente por el mundo digital – imagino que sus avatares son disfraz suficiente y el mundo virtual les permite vivir las vidas de todos los hombres que nunca serán (escúchese aquí “La del pirata cojo” de Joaquín Sabina). Yo todavía he ido a alguna fiesta de carnaval, con la familia siria, y además este año me he divertido mucho cambiándome el color del pelo varias veces 🙂

Aquí os dejo una de mis fotos favoritas disfrazada, de los tiempos en que no tenía pelo, ni cejas ni casi pestañas, pero sí muchas ganas de seguir adelante, a través de noviembre, del resto de los días grises del otoño, adelante, adelante, hasta que acabe 2020, pase el invierno y vuelva la primavera. ¿Venís conmigo?

Toda persona es una obra de arte

Carnaval sirio

Es sábado, 11 de la mañana, y he aparcado delante de la casa de la familia siria para entregarles unas cajas de bebidas que me han pedido la tarde anterior. El padre me ayuda a descargar y meter todo adentro, me da las gracias y entonces me dice:
– Karín, esta tarde, 14 horas, fiesta carnaval Kindergarten. ¿Qué es eso? ¿Puedes venir?

Servidora suspira. Ya podían habérmelo dicho ayer junto con el pedido de bebidas, ¿no? Y yo misma debía haber sido más espabilada y haber preguntado cuando el otro día la madre me enseñó los vestidos de princesa y las varitas mágicas. Aunque entonces no habría tenido tanta gracia, claro, la espontaneidad anima la vida. Por suerte no tengo nada planeado a esas horas. Asiento y prometo venir a las 13:15 para acompañarles, coger mesa y ayudar a vestir a los niños.

En mi casa revuelvo la caja de disfraces que hay en el fondo del armario del cuarto de invitados. Ya no quedan muchas cosas allí, porque los primeros disfraces de mis hijos (Bob el constructor, bombero, policía…) ya se los regalé a mis sobrinos. No voy a llevar la máscara de Batman, la capucha ninja ni el traje de esqueleto ensangrentado, que fueron los disfraces de la segunda etapa, pero hay un gorro de cocinero, uno de bruja y uno de marinero, perfectos para el padre, la madre y yo misma.

Mientras mi familia duerme la siesta, me voy “a Siria” y me encuentro a los niños ya listos… con los vaporosos y translúcidos trajes de princesa puestos. Afuera nieva. La madre no ha querido esperar a que se cambien en los vestuarios del polideportivo, que es donde se celebra la fiesta, porque quería tener tiempo de peinar y maquillar a sus hijas. Ver a las niñas de 6 y 9 años con los ojos y los labios pintados no me sorprende, en el carnaval alemán también se hace: todas las ciudades y pueblos presentan con orgullo grupos de majorettes de distintas edades que hacen acrobacias gimnásticas en el escenario, con sus uniformes militares con mircrofalda y extremadamente maquilladas. No me suena que haya habido ningún debate feminista al respecto. Hm.

El pequeño gemelo tiene más suerte: le toca un disfraz calentito de fieltro en forma de fresa, y en verdad que está para comérselo. Ayudo a poner abrigos y botas.

Llegamos al polideportivo y desparramamos los abrigos por un grupo de asientos. Saco mi gorra de marinero y demás abalorios y me adorno. Obligo al padre a ponerse el delantal y el gorro de chef. Ya hay algunas familias más, los padres van de indios, las madres de piratas, y los primeros niños corretean en círculo alrededor de las mesas. Las educadoras también están allí, disfrazadas, como yo ya esperaba, pero los sirios no.

Todos miran sorprendidos a esos adultos raros que, en lugar de con un sencillo “hola”, saludan “Helau” con un movimiento exagerado del brazo. Los gemelos no reconocen a sus educadoras ni a sus amiguitos, que ahora van de robots, Darth Vader o Spiderman. Sus ojos se llenan de lágrimas.

Antes de que digan que quieren volverse a casa, los tomo de la mano y vamos juntos a dar un par de vueltas hacia el escenario y de regreso a nuestra mesa. En el camino otros niños nos saludan y poco a poco se llena la sala y también la mesa del bufé, que es el segundo argumento que empleo para calmar a los gemelos.

Comienza la música, las educadoras saludas y piden a los asistentes que suban al escenario por grupos. Primero los niños: indios, vaqueros, policías y ladrones; luego los superhéroes y demás marcianos; luego las hadas y las princesas. Los gemelos ven que sus hermanas suben, cantan una canción de bienvenida y giran dos veces sobre sí mismas. Se acabó el miedo. Cuando las educadoras llaman a “las frutas y los animalitos”, nuestra fresa de fieltro y su gemela, exótica princesa-insecto, sueltan mis manos y ya no los vuelvo a ver durante el resto de la fiesta, salvo para comer y beber.

A continuación las educadoras llaman a las madres disfrazadas y subo a cantar y girar. La madre siria no ha tenido tiempo de ponerse la capa ni el gorro de bruja, porque no para de hacer fotos y vídeos de todos sus retoños, y ahora también de mí. Pero cuando llaman a los padres, veo que el cocinero ha aprovechado mi ausencia y ya se ha quitado el disfraz. El año que viene seguro que se quedará directamente en casa, como mi marido.

A las cinco de la tarde acaba la fiesta. Los pequeños sirios refunfuñan un poco mientras les pongo los abrigos, pero, como se han llenado las barrigas de pastel y magdalenas, y han bailado la conga, están felices. Y yo me alegro por ellos. Un paso más hacia su integración en este complicado país.