Volver

Os contaba en este artículo que mi vecina siria quería regresar a su ciudad natal a ver a su madre y a hacer pasaportes nuevos para ella y los cuatro niños, que viajaban también al país de donde huyeron hace cuatro años. Según ella, la situación allí era muy tranquila, hacía ya seis meses que no había combates en los alrededores de Dar’a. Pues… fue comprar los billetes de avión y reiniciarse los bombardeos, como si la hubieran estado esperando a ella expresamente.
La situación en Beirut, a donde volaban, para luego seguir en automóvil, tampoco era/es muy recomendable, pero bueno, consiguieron llegar allí, vieron a la abuela materna y otros parientes, vieron a la familia del padre, que son casi vecinos, y mi amiga logró, tras mucho estrés de ventanillas y papeleos, unos pasaportes en regla. Los niños cuentan que estaban felices de pasar todo el día rodeados de gente que los mimaba, claro, y la madre se alegró de poder entregar los medicamentos que allí no encuentran o cuestan demasiado.
Tres días antes de su regreso cayó una bomba en su calle y rompió los cristales de esa fachada. Afortunadamente se encontraban todos en el lado del patio y no hubo heridos. Mi amiga considera el ataque como una señal del cielo para que regresara a Alemania.
No voy a decir más.
El regreso de ellos tuvo lugar mientras yo volaba hacia España, pues también me gusta ver a mi familia de vez en cuando, al menos a una parte, porque mi marido seguía muy pendiente de las restricciones por la pandemia, no fuéramos a terminar en cuarentena allí, o al regreso a casa. Así que no he podido ver a los sirios durante varias semanas y sólo ayer me he enterado de sus peripecias.

Me acerqué a saludarles “brevemente”, ya se sabe, y resultó que este año la madre había ido valientemente ella sola a la papelería a comprar el material escolar, sin esperar a que yo la acompañara como el año anterior. Ejem, en realidad le dio la lista a la vendedora, esperó a que ésta lo buscara todo, y lo pagó. Debió ser una factura monstruosamente alta, porque no tuvo en cuenta que ya tiene en casa el material de los cursos pasados, y siempre hay cosas reutilizables o que pueden pasar de un niño al siguiente. Es tan sencillo como no comprar cada vez una caja entera de acuarelas de 20€, sino sólo el color rojo que se ha gastado, 1.20€. Multiplicado por cuatro se nota aún más.
Pero su mayor problema sigue siendo: que no es capaz de controlar la lista ella misma, porque le da pereza leer y porque no se ha aprendido los nombres de los artículos, aunque ha tenido un año entero. Así tiene que seguir fiándose de lo que la vendedora ponga en la cesta – o pedirme a mí que lo revise.
Casi dos horas estuve allí, muy entretenida, y al final conseguí un montoncito interesante de cosas que puede devolver, si no ha perdido el tique de caja.

Como siempre, es difícil irse de Siria sin haber comido algo. Esta vez eran berenjenas makdús (en aceite y rellenas de nueces y pimientos, podéis encontrarlas en internet con la grafía inglesa makdous) y berenjenas dulces (las que eran demasiado pequeñas para rellenar, simplemente metidas en agua con miel, y con las nueces flotando alrededor), más una caja de dulces traídos de Dar’a en agradecimiento a mi ayuda con los formularios de entrada (Covid-19) y salida de Alemania (en el último minuto se les ocurrió que, como en España, la madre tiene un apellido diferente que los niños y convendría rellenar un documento donde el padre autoriza el viaje, confirmando que no se trata de un secuestro).

Y el domingo estamos todos invitados a comer. Comer o más bien cenar. No sé, porque es a las 5 de la tarde, que es demasiado tarde para un almuerzo español y demasiado temprano para una cena alemana, pero en cualquier caso nos van a cebar como si fuéramos cerdos, eso sí lo sé.
Mis hijos ya han comenzado a buscar excusas.

La cocina en tiempos de confinamiento

Me esfuerzo, me estoy esforzando, de verdad, pero no me funciona.

El viernes quería cocinar patatas asadas, eso es teóricamente sencillo. Pero las patatas que normalmente tengo en casa son del tipo firme, que son las que yo uso para mi tortilla española. De todos modos probé a asarlas…, pero ellas permanecieron bien firmes, es decir, me quedaron un poco duras. Entonces compré patatas harinosas para hacer el lunes un gratinado con puerros y mucho queso. Estas patatas eran tan pequeñas que tardé una eternidad en pelarlas y laminarlas y entonces, por lo visto, no estuvieron suficiente tiempo en el horno. Quedaron un poco enteras…

Decidí cambiar de ingredientes: Rouladen (rollos de ternera rellenos con jamón curado y cebolla) con pasta. Los he hecho cien veces con la receta de mi suegra. Esta vez los dejé bastante tiempo (¡para que no estuvieran duros como las patatas!). Pero el agua de la olla era quizás un poco escasa y comenzaron a quemarse…

Me esfuerzo, yo me esfuerzo, os lo juro, pero no hay manera… ¡ni uno solo de mis tres hombres se ha dignado decirme: «mañana te ayudo con la comida» ni «déjalo, ya cocinamos nosotros mismos»!

Hoy voy a quemar la pizza y dejar semicrudo el pescado. A ver si por fin reaccionan.

Y el caso es que conozco hombres a los que les encanta que cocinemos juntos, como por ejemplo mi ahijado afgano. Él me deja que le ayude a pelar, trocear y remover, y algunas veces hasta tengo su permiso para empezar a freír algo. Claro que, después de tres intentos míos de hacerle torta de cardamomo, me ha dado las gracias y me ha dicho que ya la hará él mismo cuando tenga un piso con horno. Es que yo no sé darle el auténtico toque afgano, lo comprendo.

Durante las vacaciones de verano cocino con mi hermano y lo pasamos muy bien haciendo experimentos culinarios multiculturales. Mi hermano vive desde hace años en el sudeste asiático, alternando Indonesia, Tailandia y Vietnam, que es donde está ahora. Allí no cocina, al igual que el 80% de la población: lo normal es comprar la comida lista en algún puesto callejero. Un almuerzo típico puede ser un primer plato de sopa de verduras, y luego arroz acompañado de costillas de cerdo en salsa dulce, o cerdo con coco, más rollitos vietnamitas, o rollitos de hojas de parra, con sus verduritas salteadas… y todo aderezado con un puñadito de cacahuetes.

En tiempos de confinamiento los vietnamitas también se ven obligados a cocinar ellos mismos por el cierre de los negocios. La familia con la que vive mi hermano preparó ayer un buen perolo de arroz blanco… con col hervida bastante sosa y unas vísceras «cocinadas en su propio jugo». Sobró para comer hoy también, y, quizás, con mala suerte, mañana.

Feliz 1 de abril y que os aproveche.

P.S.: Aquí os dejo una foto de mi hermano que testifica que los vietnamitas comen las guavas acompañadas de polvos para sopa 🙂

guayaba_polvos

Sacrificio por amor

Los musulmanes están de fiesta: desde el domingo 11 al martes 13 se celebra la fiesta del sacrificio, que recuerda la sumisión de Ibrahim (Abraham en la Biblia) a la petición de Dios de que sacrificara a su hijo Ismael (su hermano Isaac según la Biblia). Felizmente Dios acabó perdonando la vida del muchacho y en su lugar fue sacrificado un cordero.

MI ahijado afgano y sus tres amigos no tenían ayer ningún cordero que poder sacrificar y repartir en las tres partes reglamentarias (una para el ofrendante, otra para los amigos y vecinos, la tercera para los pobres y necesitados), pero se reunieron igualmente para cocinar y comer juntos.
El menú consistió en bolaní, que son una especie de empanadas rellenas de patata (de unos 25cm de diámetro), la refrescante bebida doj de yogur con pepino (doogh en la grafía inglesa – parecido al ayran turco), y una salsa picante para mojar, de nombre chakni (el bol de la izquierda, parece que les ha salido poco verde, pero no importa).

Bolani

Hoy he tenido el honor de ser invitada a comerme los restos del banquete 😉
Y “de postre” hemos visto un reportaje afgano en youtube – por suerte con subtítulos en inglés, mi dari aún no da para mucho más que no morir de hambre.

El título es “criminales por amor” y ha sido rodado en la cárcel de mujeres de Kabul.
De las 125 reclusas, dos tercios están acusadas de delitos que cualquier europeo puede condenar: tráfico de drogas, colaboración con el ISIS, asesinato de un familiar, secuestro de niños para pedir rescate… El otro tercio están acusadas de delitos morales: abandono del hogar conyugal, encuentros no consentidos con varones que no son de la familia, relaciones prematrimoniales…
Mi ahijado y yo nos miramos. Cada uno intenta saber qué está pensando el otro, y ya nos conocemos suficientemente bien como para adivinarlo. Finalmente él dice: “aquí hay que cumplir las reglas de aquí, allí hay que cumplir las reglas de allí”.
Pero yo sé, porque él mismo me lo ha dicho, que se veía a escondidas con una chica, con la que con gusto se hubiera casado, de no haber interferido los talibanes en su vida. Él también ha incumplido las reglas – por amor.

Que no me pidan nunca que sacrifique a un hijo.