Enero en Afganistán

Hoy termina el mes de enero con el siguiente balance:

Día 2. Kabul. Atentado suicida durante una manifestación. ISIS.
Más de 20 civiles muertos.

Día 20. Kabul. Ataque al hotel Intercontinental. Talibanes.
Más de 40 civiles muertos.

Día 24. Jalalabad. Ataque a la sede de la ONG Save the children. ISIS.
Al menos 6 civiles muertos, más de 20 heridos.
La ONG anuncia el fin de sus actividades en el país.

Día 27. Kabul. Atentando con ambulancia bomba. Talibanes.
Al menos 100 civiles muertos, más de 200 heridos.

Día 29. Oeste de Kabul. Ataque a una unidad del ejército afgano. ISIS.
Al menos 10 soldados muertos.

Un hecho positivo acaecido en suelo afgano: gracias a que su tío consiguió una nueva taskira compulsada, la segunda solicitud de Jakob en el consulado ha sido atendida favorablemente y en unos 3 meses podrá recoger su pasaporte, porque ahora ya no lo envían por correo certificado.

Así, después de 3 viajes a Múnich y 15 meses de espera, habrá cumplido con la exigencia de las autoridades alemanas de identificarse y su riesgo de ser deportado se habrá reducido considerablemente. (Ver también Mi primer viaje a Afganistán).

Mi primer viaje a Afganistán

A principios de semana pisé por primera vez suelo afgano. Visto lo ocurrido, me temo que esta visita será probablemente también la última. Lo que más siento es que a Jakob le tocará regresar, obligado.

Todo comenzó con un madrugón. El pobre Jakob aún se levantó más temprano que yo, porque su camino a la estación es más susceptible de padecer atascos que el mío. A continuación sufrimos un claro ejemplo de que “Alemania ya no es lo que era”: el tren de alta velocidad llegó con más de 20 minutos de retraso. Jakob, que usaba este tren por primera vez, quedó decepcionado, porque en realidad el ICE solo puede correr en ciertos tramos rectos, por falta de vía propia.

A pesar de lo anterior, durante este primer recorrido aún estábamos animados y de buen humor y fuimos practicando para el examen del próximo sábado. Prueba de nivel de idioma con entrega de diploma oficial. La parte específica de “integración en la sociedad alemana” será 10 días más tarde.

Después de atravesar las ahora vacías y nevadas plantaciones de lúpulo bajo un cielo lechoso, al llegar a Múnich salió el sol y además tuvimos la breve suerte de que los transbordos al metro y al tranvía fueran rápidos.

Yo iba temiendo que un control a la entrada del muro que separa Alemania de Afganistán me obligara a pasear calle arriba y calle abajo durante horas, esperando el regreso de Jakob a Europa, pero, cuando llegamos, la frontera se mostraba abandonada  y pude pasar sin reparos hasta el fondo. Bien hasta el fondo, porque el acceso del pueblo llano al edificio del Consulado de la República Islámica de Afganistán no se realiza por ninguna de las dos puertas principales, sino por la parte trasera de la villa, a través de la puerta del jardín.

Tras esa puerta se encuentra directamente la sala de espera, que es del tamaño de mi salón-comedor, pero está mucho más llena: hay dos mesas cuadradas unidas, rodeadas por 18 sillas, y una mesa redonda para 8 personas, además de un fotomatón y dos fotocopiadoras. Del techo cuelgan dos lámparas de latón de 8 brazos, aunque en cada una solo lucen 3 bombillas. También hay una pequeña cámara de vigilancia, pero me temo que eso no habría impedido a ningún neonazi entrar con una bomba en la mochila y abandonar la misma bajo una de las sillas. Tal y como andan los tiempos, deberían tener un poco más de cuidado.

Al fondo del cuarto está la ventanilla, delante de la cual había una cola de al menos 15 personas, y a la derecha se encuentra la puerta por la que pasan los afortunados que superan la primera inspección ventanillera.

Mientras Jakob hacía cola con el fajo de documentos y formularios que la página web del consulado reclama para la expedición de un pasaporte, yo me senté tranquilamente en un lateral a observar a los otros atormentados afganos.

Además de un buen número de varones jóvenes, en las dos horas y pico que estuvimos allí, vi pasar tres familias con niños de diversas edades y un par de cochecitos que bloquearon temporalmente el acceso a las fotocopiadoras o al fotomatón. Pero, con -7°C que hacía, a mí tampoco me hubiera gustado dejar el carrito del bebé aparcado en la nieve del jardín.

En las mesas cuadradas la gente hacía turnos para recortar y pegar las fotos, porque el consulado, generosamente, pone a disposición de su amado pueblo unas tijeras (en cifras:1) y un tubo de pegamento (1), además de un bolígrafo (1). Algunas personas estaban aún quebrándose la cabeza tratando de rellenar los formularios que la página web exige llevar cumplimentados. Nosotros mismos habíamos dejado un par de huecos vacíos a la espera de que el experimentado funcionario de turno nos indicara la mejor manera de contestar, en dari y en inglés.

Después de matar el tiempo comiéndome una Brezel y jugando con un niño de 10 u 11 meses que estaba sentado sobre la mesa, vi que Jakob había conseguido alcanzar la ventanilla y estaba desplegando sus papeles. Un instante después estaba otra vez a mi lado: “Quitar esta foto, escribir algo aquí y aquí, hacer fotocopias de todo.” Cada fotocopia cuesta allí 10 céntimos… podría haberlas hecho gratis en el trabajo de mi marido, pero, por supuesto, la página web no decía nada de copias.

Tras cumplir lo exigido, Jakob regresó a la cola y yo me quedé charlando con tres muchachos de su edad, que tenían ganas de practicar alemán. “Yo vengo mucho aquí”, dijo uno, “siempre hay que traer algo más.” Oh, claro, nos iba a tocar jugar al juego de las ventanillas. Si es que no se puede fiar uno ni de las páginas oficiales de los consulados…

Este consulado, además, solo trabaja de 9 a 12:30 horas, de lunes a jueves, porque el viernes es el festivo musulmán. Como nosotros habíamos tenido que recorrer 300 km para llegar allí, y además el tren llevaba retraso, ya eran las 12:15 cuando el funcionario tomó los papeles de Jakob por segunda vez y le dijo que se sentara a esperar ser llamado. Aparte de nosotros, otras 13 o 14 personas seguían en la sala, rellenando formularios y haciéndose fotos. El tipo de la ventanilla desapareció unos cuantos minutos, quizás incluso se fue a almorzar.

Por fin se abrió la puerta, llamaron a Jakob y pudo pasar a la zona de despachos. Yo me armé de paciencia, pensando que le iban a hacer una entrevista para comprobar la veracidad de los datos que presentaba. Después tendría que pagar los 120 euros que avisa la página web y entregar el sobre franqueado para que al cabo de tres meses le envíen el pasaporte por correo.

Pero no. Antes de la una ya estaba afuera de nuevo, con la mayoría de papeles en la mano y una cara larguísima. Camino del tranvía me dijo: “Cuando veo esto, no me gustan los afganos. Tú tomas los papeles o yo hago fuego con ellos.”

Durante su viaje a Alemania, Jakob sufrió un accidente en las montañas de Irán. Él pudo ser rescatado, pero perdió una mochila donde llevaba, entre otras cosas, el documento de identidad afgano, la llamada taskira. Desde el mes de septiembre su tío, hermano de la madre, se ha estado ocupando de conseguir una nueva taskira para Jakob. Esto no ha sido nada fácil, porque, por miedo a los talibanes, el tío no se atreve a viajar a la antigua población de residencia de la familia, que es en donde está el libro de registros con la entrada sobre Jakob. La nueva taskira se ha hecho en Kabul con ayuda de los datos de las taskiras de los hermanos, las fotos que guardaba la madre y, quizás, alguna llamada a un empleado del registro del pueblo en cuestión.

La taskira ha sido después compulsada por el Ministerio de Exteriores, o eso queremos creer Jakob y yo. El documento, una hoja de tamaño DINA4, tiene lo menos 7 matasellos y una pegatina irisada. Los señores empleados del consulado están satisfechos con 5 de los sellos, pero quieren examinar los restantes y el adhesivo para verificar su autenticidad. En tres semanas llamarán a Jakob y le comunicarán el resultado de la investigación. Claro que le han avisado de que, si no recibe llamada, debe ser él el que llame y pregunte, no sea que se hubieran olvidado de él.

Yo había intercambiado dos e-mails con el secretario del consulado y Jakob había conseguido telefonear con él en su curioso horario de atención, de 14 a 16h. Sabían que veníamos de la otra punta del estado de Baviera. Nunca se mencionó que la taskira sería examinada, no ya con lupa, sino al microscopio.¿Tanto trabajo cuesta poner en la web que se recomienda enviar previamente la taskira por correo certificado para su autentificación? Ah, pero ya sabemos todos que la gracia del juego de las ventanillas reside en el elemento sorpresa.

Después de eso no hubo foto delante del ayuntamiento de Múnich, no hubo almuerzo, salvo un bocadillo para mí en el tren, y no hubo ejercicios de repaso para el examen, porque Jakob se masajeó las doloridas sienes hasta quedarse dormido.

El tren regional también llegó a nuestra ciudad con retraso y Jakob perdió el enlace a su autobús. Pero, qué más da eso ya, cuando uno se está jugando que lo deporten.

Y el sábado es el examen. Buena suerte.

P.D. Los del consulado me leyeron: desde marzo sólo se puede entrar con cita previa.