Prejuicios

Prejuicios 1:
Jakob y yo nos encontramos en el pasillo de espera de la oficina de extranjería. A nuestro alrededor hay otros cuatro jóvenes delgados de cabellos negros y ojos oscuros, dos de ellos acompañados por mujeres de mediana edad, otro acompañado por un jubilado de cabellos plateados, el último, de piel cetrina y ojos rasgados, solo, pero relajado. Ya hace más de quince minutos que esperamos juntos y nos encontramos, como quien dice, en familia.

De repente, el agradable ambiente familiar se ve interrumpido por un elemento discordante. Un nativo alemán, alto, grande, rubio, de ojos azules, con la camisa por fuera de los vaqueros, entra balanceándose con pasos de borracho. Tiene la piel enrojecida por el sol y de su mano izquierda cuelga una botella.

Tras seis zancadas bamboleantes, el hombre desaparece en uno de los despachos al final del pasillo, porque es uno de los funcionarios que trabaja allí. La botella que lleva contiene agua mineral.

Pero si en lugar de estar en ese pasillo, me lo cruzo en un pueblo de la costa española, me alejo asqueada pensando que es un hooligan.

Prejuicios 2:
Jakob y yo caminamos por uno de los puentes sobre el río de la ciudad vecina. En sentido contrario se nos acercan dos hombres jóvenes, altos, de cabellos morenos, ojos marrones, piel suavemente tostada, que lucen barbas de tres o cuatro días. Uno de ellos gesticula con una mano mientras habla.

Puesto que son de complexión normal, y no tan flacos como suelen ser los afganos, los etiqueto de sirios y sigo conversando con mi amigo.

Cuando por fin se cruzan con nosotros me doy cuenta de que van hablando en mi lengua materna.

Viajes: conocer la provincia

Por muy sedentario que haya sido usted hasta ahora, no le quepa duda de que todos llevamos dentro un pequeño hobbit capaz de salir corriendo en busca de aventuras con apenas más equipaje que lo puesto y, desde luego, sin pañuelo.

Si todos estos años usted se ha hecho el remolón y ha evitado viajar por la provincia, si habitualmente sólo se mueve en el radio de acción de su bici y del autobús de turno, le presentamos la mejor motivación para gastar gasolina recorriendo los más remotos pueblos de la geografía local: visite a sus refugiados favoritos.

En primer lugar vaya usted a ver a la familia siria. Los encontrará si viaja 30 kilómetros hacia el oeste hasta el pueblo cuyo nombre comienza con Wüste…, desierto. Vaya preparado para los atascos de la autopista; según la hora del día los hay de tamaño medio o de grandes dimensiones y su observación hace las delicias de los jubilados del lugar.

La familia siria ha tenido la suerte de encontrar una casa de dos pisos más sótano, con un pequeño jardín delantero, y pasa sus días entretenida en la mismas actividades que anteriormente desarrollaba en el centro de acogida: los niños van al colegio, los adultos esperan. Esperan que el casero los pueda llevar a la compra en coche, esperan que los pueda llevar al dentista, esperan que las profesoras de su pueblo favorito vayan a darles clase de alemán, esperan que los vecinos dejen de mirarles con miedo y se acerquen o, por lo menos, les devuelvan el saludo. Esperan poder rehacer la vida que las bombas les arrebataron.

La familia siria agradecerá su visita con café bien cargado y un dulce a medio camino entre panna cotta y leche frita. No se sorprenda de que Hussein, que antes estaba siempre tan serio, esta vez sonría – que le sonría a usted en particular, que le diga, con lengua de trapo y ayuda del traductor, que recuerda con agrado la partida de dominó que jugaron juntos. No se sorprenda de que le ruegue que venga más a menudo, ni de que susurre flojito habibi, creyendo que usted no lo va a entender. Es que usted tiene un algo español, que las otras profesoras no tienen, ¿no es cierto?

A continuación vaya a visitar a la familia afgana. La encontrará afincada al sur, esta vez a sólo 16 kilómetros, en una granja completamente reformada, con televisión por satélite en todas las habitaciones, amplia cocina y patio donde jugar a la pelota. Los hermanos menores de Reza le darán acceso al patio para que aparque y le mostrarán orgullosos sus conocimientos de alemán. El propio Reza quizás farfulle más que de costumbre, la culpa puede ser de que, en lugar de ir a la escuela normalmente y hablar con chavales de sus edad, él sólo tiene dos horas de clase y el resto del día lo pasa pegado a su smartphone, jugando. En cuanto tenga su reconocimiento de asilo podrá participar en un curso de integración y volverá a mejorar.

La familia afgana le agasajará con el clásico arroz largo con pollo, que será servido en el dormitorio de Reza con ayuda de mesitas adicionales, creando envidia entre algunos de los otros residentes de la granja: un grupo de cuatro varones afganos que también desearían que usted almorzara privadamente con ellos… En especial un tal Sharifi con una gorra negra (hm, ¿antes no era azul?) insistirá para que regrese usted a probar su variante de pollo con arroz (con pasas, delicioso) preparado por Abdul Habib. La familia de Ashkan también querrá tomar tomar el té con la antigua profesora, así que, aunque ya lleve usted tres en el cuerpo, acepte.

Siguiendo el turno habrá de visitar usted a su ahijado, primero a 20 km hacia el sureste, en un campamento muy triste, como salido de una explosión nuclear, y unas semanas más tarde en un alojamiento descentralizado a 16 km hacia el noreste (vea que ya hemos cubierto la provincia en todas direcciones) instalado en una antigua posada. Sonría al casero y a su esposa, aunque sean seres despreciables que se están llenando los bolsillos con las desgracias afganas, sonría y salude a los otros 37 residentes cuando los vea en la escalera o irrumpan en el cuarto sin llamar a la puerta, sonría y dé un apretón de mano a los tres falsos brothers de su ahijado, en el cuarto contiguo.

Su ahijado le servirá entonces pollo con garbanzos, le mostrará sus progresos con el idioma, le describirá los cultivos y frutas de su tierra natal, le narrará cómo era la vida allí antes de mataran a su hermano, antes de que mataran a su padre. Ya verá: se puede viajar muy lejos en el tiempo y el espacio sin salir de la provincia.

Si, transcurridas dos rondas de visitas, su esposo ecologista protesta por la contaminación y el consumo de gasolina, limite el contacto a su afgano favorito, apréndase el horario de autobuses, quede con él en la estación de la ciudad, acompáñelo a realizar trámites burocráticos, invítelo a casa a comer cordero, chatee con él por las noches, mándele postales de sus vacaciones y aprenda un par de palabras más en su lengua materna.

Quizás antes le diera pereza salir de viaje, pero, si ha seguido usted nuestros consejos, el esfuerzo habrá merecido la pena y usted verá ahora la provincia de otra manera.

Semana 3: la excursión

Aún no tengo pústulas, así que vuelvo por clase para darle otra oportunidad a la varicela. Esta semana Ashkan no aparece por ningún lado y Habib se pega otra vez al grupo de Herr Eschner, así que el lunes y el martes estoy sola con Reza y Jakob. El miércoles y el jueves  se nos une un tal Hasán, que está un poco resfriado. Este sirio es muy tranquilo y educado y las clases transcurren sin problema, salvo que nos reímos menos, porque ya no suelto tonterías en farsi a cada rato.

El momento cumbre de la semana es la excursión del viernes. Ya desde el miércoles Moni y yo les estamos avisando de que sean puntuales, porque daremos un paseo por el pueblo e iremos a un supermercado, quizás también a una cafetería. A todos les brillan los ojos y repiten “viernes, viernes” con ilusión. Y entonces por fin llega el viernes… y todo sale diferente de lo planeado.

Lo primero es que no hay nadie en el recibidor a la hora convenida, cosa que yo ya imaginaba que iba a ocurrir, tal y como son algunos de impuntuales en clase. Sharifi pasa casualmente por ahí con su gorra y una taza de té y dice: “Yo no tengo que comprar nada”. Le insistimos en que se trata de una excursión, un acto social, que por favor avise a los demás. Al cabo de un rato aparece Sadik. No lleva calcetines ni anorak, sólo un forro polar finito. Es un invierno atípico, es cierto, demasiado caluroso para la norma, pero sigue siendo invierno y además chispea. Nos responde que no tiene esas ropas y que está acostumbrado a salir sin anorak. Moni y yo temblamos sólo de verle. Entonces llegan Habib y Rásek, este último capta el asunto de la ropa de Sadik y se ofrece a prestarle un par de calcetines. En fin. Ashkan sigue desaparecido, Shirali está con fiebre y dolor de garganta, Reza tiene dolor de cabeza, y el espantoso sirio Kassím, el que golpeaba mis cartas con violencia, se ofrece a venir con nosotros. Bonito grupo.

Salimos, por fin, con media hora de retraso o más, algo inconcebible para los puntuales alemanes, pero que me hace recordar mis tiempos de adolescente española. Por el camino practicamos sonreír y saludar a los pasantes con un “Guten Tag” muy amistoso; un par de veces tenemos éxito y nos devuelven el saludo.

Nuestra primera parada es el pequeño cementerio viejo, que nos pilla de camino al supermercado. Algunos pasan rápido y no hacen comentarios, pero otros quieren saber por qué algunas lápidas ponen más de un nombre, y están sorprendidos de ver tantas velas rojas y plantas. La mayoría de ellos están intrigados por el nombre del lugar, que en alemán no es “camposanto” sino “patio de paz”. Moni está otra vez perdida intentando explicar qué es la paz y requiere mi colaboración. La paz es eso que los musulmanes se desean unos a otros cada vez que se saludan, “salám”, y, por desgracia, actualmente es un vocablo tan falto de contenido como nuestro “adiós”.

Después pasamos por delante de la escuela del pueblo y entramos en el banco para que los más analfabetos vean lo que es un cajero automático. Una amable vecina nos permite observarla mientras imprime sus extractos de cuenta. Los afganos están acostumbrados a que una vez al mes, si la burocracia funciona, les entreguen un documento con el que ir a la ventanilla del banco más cercano a por su paga, la cual deben retirar íntegra y, al no disponer de otras posibilidades seguras de depósito, transportar consigo día y noche. Si el afgano en cuestión no viaja mucho ni va a discotecas, atracarle tras tres o cuatro pagas cobradas puede ser muy lucrativo.

La siguiente etapa es una farmacia. Nuestra idea es comprar solamente algo contra la fiebre y el dolor de garganta de Shirali, pero varios afganos se quejan de sufrir con frecuencia de dolor de cabeza, ya que duermen mal. Además, Habib se señala los pómulos, haciéndonos pensar que pueda tener dolores de sinusitis. Por suerte no es eso, Sharifi, el de la gorra, se ríe y dice: “quiere estar guapo”. Pedimos entonces también una crema para la piel de Habib, y de repente Sadik también quiere una. Todas estos productos los abonamos del fondo de donativos para refugiados que ha organizado nuestro pueblo. La farmacéutica se muestra agradecida y les regala a nuestro alumnos unas bolsas de tela con publicidad, de esas que todo alemán ecologista lleva a sus compras.

Llegamos por fin al pequeño supermercado y los afganos (y el sirio, que ya me olvidaba de él) se lanzan otra vez de cabeza hacia los productos de aseo y belleza. Llenamos el carrito con gel, champú, pasta de dientes, maquinillas desechables, y hasta unas esponjas exfoliantes para el sirio. Nuestros alumnos ignoran la bollería y los dulces, pero hacen una parada en los embutidos… para admirar la enorme cantidad de productos de cerdo que no piensan comprar. Las frutas y verduras también les atraen. Muchas las conocen ya en alemán, otras les son desconocidas en todo los idiomas. Aunque en este país está permitido tomar estos productos directamente con la mano (los guantes de plástico irían en contra del espíritu ecológico), no me parece bien que los toqueteen si no los van a comprar, y, en un arrebato, le pego a Gulab en los dedos como si fuera un crío pequeño. A él no parece molestarle, se encoge de hombros y luego me pregunta si en el pueblo hay una discoteca. En su tierra es un hombre casado, padre de dos hijos, portador de tres cicatrices de bala, pero aquí es, sin duda, un crío de 22 años que se aburre sin hacer nada todo el día.

Cuando finalmente pasamos por caja es tan tarde que desechamos la idea de la cafetería y emprendemos el camino de regreso al campamento… para encontrarnos a Shirali, el de la fiebre, sentado en un banco delante del médico, esperando turno. ¿Por qué espera en la calle? Dice que dentro se agobia con la calefacción. Le entregamos los medicamentos que hemos comprado para él y Habib se ofrece a esperar con él. Sharifi, que habla mejor alemán, se desentiende y los deja solos. Yo no puedo quedarme, mis hijos vienen a comer a mediodía.

Nos despedimos de los demás a la entrada del polideportivo deseándonos mutuamente feliz fin de semana y emprendo el regreso a casa. Ya tengo las llaves en la mano cuando caigo en la cuenta de algo terrible: ¡he olvidado a mi fiel Jakob! No estaba entre el grupo de excursionistas y no he preguntado si es que está enfermo también y necesita algo. Los remordimientos de conciencia me atormentan. Es el inicio de la catástrofe.