Pobres víctimas ignoradas

Esta mañana, 12 de enero de 2019, he leído un artículo en el El País Digital con el título: “El invierno azota a los refugiados sirios en Líbano”.
El texto describe la precaria situación de los habitantes de los campamentos y su miedo a que se repitan las muertes de bebés por hipotermia, como hace algunos años. En ningún momento se pide al lector ayuda económica ni física.
Considero que el primer pensamiento que se debería tener ante una noticia semejante puede ser del tipo: ¡Pobre gente!, seguido, quizás, por otro más egoista como: ¡Que no nos pase a nosotros!
Se me ocurre leer los comentarios que han escrito otros lectores: insultos hacia los sirios, los exiliados por guerra, los refugiados en general y bromas sobre qué político o famoso español tiene una casa donde poder alojarlos.
Empatía: cero.
Muy triste.

Mismo día, unas horas más tarde. El artículo se titula ahora: “Dos muertos por una fuerte explosión en una panadería en el centro de París.”
Se describen los destrozos causados por una explosión de gas, el número de heridos es alto y el de muertos va en ascenso, una madre menciona el pánico de sus hijos al huir entre las ruinas.
¿Mi primer pensamiento? ¡Pobre gente!
¿Los primeros comentarios al artículo? Dudas sobre si no habrá sido un atentado islamista y los medios lo están encubriendo, dudas sobre si Macron intenta desviar la atención de las manifestaciones de chalecos amarillos.
Empatía: bajo cero.
Realmente deprimente.

Deportados

Esta mañana he firmado una petición que intenta evitar que deporten a un joven afgano. El chico llegó hace dos años a Alemania junto con sus padres y hermanos, pero, por ser mayor de edad, su petición de asilo ha sido tramitada por sepado del resto de su familia. Ellos pueden quedarse, mientras que Danial, que ya habla alemán y estudia Formación Profesional, va a ser deportado, con el agravante de que ha crecido como refugiado en Irán y no tiene ningún contacto en el país de origen de sus padres. Además, es de la etnia Hazara.
Imagino que me teletransportaran de repente a Venezuela y me dijeran: “¡Hala, si tú entiendes el idioma, apáñatelas para construirte un futuro aquí!”
Aquí se puede leer y firmar la petición:
https://www.change.org/p/bayerische-staatskanzlei-ausbildung-statt-abschiebung-danial-muss-bleiben

El miércoles tenía un compromiso social y por eso no pude asistir a una conferencia que hubo sobre deportaciones a Afganistán, cosa que lamento. Aunque en estos casos pasa lo mismo que en la charla sobre violencia doméstica: normalmente los que asistimos, somos los que ya estamos convencidos.
Hace poco el Ministro de Interior alemán, Horst Seehofer, se ha jactado en televisión de que, por su 69 cumpleaños, 69 afganos fueron deportados (aunque el cupo pactado es de 50 por avión, ¿no era usted el fanático de ajustarse a un límite máximo, su famosa Obergrenze?)
Uno de estos últimos deportados se llama Ali, es Hazara, ha compartido habitación con mi amigo Jakob en aquel hotel ruinoso del casero tacaño. Lo sé porque llamó a Jakob desde Kabul para contarle que, en el edificio donde los habían alojado temporalmente al llegar, uno de los deportados se suicidó ahorcándose, y tardaron varios días en descubrirlo. Hasta que el hedor fue insoportable. Y parece que el padre del muerto se enteró de todo por una noticia de la tele. El chaval llevaba más de 5 años en Alemania.
Ali dice que con el dinero que ha conseguido ahorrar en Alemania va a hacerse inmediatamente un pasaporte y marcharse a Irán. Luego ya verá. Quizás es a esto a lo que se refería el presidente de Baviera, Markus Söder, cuando inventó el término “turismo de asilo”: que por más que se les dice que su país es un lugar maravilloso, ellos se empeñan en seguir huyendo.
Imagino la sensación de fracaso de los deportados: tiempo, dinero y esperanzas echadas por la borda. Alguno habrá que, si se le acercan los talibanes prometiendo un sueldo fijo al mes, no se lo piense dos veces.

Otro caso llamativo es el del antiguo guardaespaldas de Osama Bin Laden, el tunecino Sami A., que yo no sabía que se encontraba en Alemania, hasta que lo han deportado – y ahora lo reclaman. Sí, lo quieren traer de vuelta a costa de los contribuyentes, porque había un proceso para analizar la viabilidad de la deportación, teniendo en cuenta que en su país de origen puede ser sometido a tortura (parece que sus Derechos Humanos tuvieran más impotancia que los de los afganos de arriba, hm). Es decir, ha sido deportado ilegalmente y ahora hay un follón político sobre quién dio la orden y cómo se consigue que regrese.

Y no va de deportación, pero me atormenta en estos días. A todos los políticos de Europa: por favor, sacádlos del agua. Luego ya los repatriáis o repartís como más os guste, pero impedir que los salven de morir ahogados es haceros cómplices de asesinato, puesto que hay alevosía.

Se acerca el invierno

Es martes y mis hijos no vendrán a comer porque tienen clase por la tarde. He quedado en llevarle a Jakob su ropa limpia (no tiene lavadora) y almorzar juntos. Anoche me preguntó qué quería que me cocinara. “Garbanzos”, le dije, “que mi hijo menor no los come y por eso no los cocino casi nunca.”
Voy para allá relamiéndome, cuando recibo un e-mail que dice que el tipo que ofrecía a Jakob unas practicas en una tienda de alimentación, se ha rajado. Mierda, mierda, mierda. Decido no decirle nada al chaval hasta que pase el examen de alemán del viernes.
Así que pongo mi mejor sonrisa, alabo el delicioso olor que sale de su olla, le doy la ropa y nos sentamos delante de sendos platos rebosantes de garbanzos guisados con trozos de pechuga de pollo. A mí se me hace la boca agua.
Quizás conocéis esa escena de la película “Ratatouille” (Disney) cuando el crítico gastronómico prueba una pinchada y se siente transportado a su infancia. Pues yo igual: suspiro y le digo a Jakob que esos son los mejores garbanzos de mi vida.
Entonces él me cuenta esta historia:

“En el tiempo en que yo trabajo en un supermercado en Kabul y gano suficiente dinero, un amigo me dice que en su pueblo hay una familia que no tiene dinero para comprar comida para el invierno. Yo empiezo a pensar y entonces decido comprar algunas cosas para esa familia.
Mi amigo tiene un coche pequeño, y yo compro comida y ropa de invierno y lleno todo el coche. Entonces vamos a su pueblo y hablo con el padre de la familia. Yo digo que soy tal y tal y traigo cosas en el coche para su familia. Yo gasto el dinero que gano en un mes de trabajo, pero con eso la familia tiene comida y ropa todo el invierno. El hombre ríe y llora, todo junto, y nosotros ponemos las cosas en la casa.
Después me quiero ir a mi trabajo, pero el padre no quiere, me dice que tengo que comer allí con ellos. Para comer ese día sólo hay patatas cocidas, pero yo las veo y huelo y quiero tener el plato lleno. Las como y son las mejores patatas de toda mi vida, y yo lo digo al hombre.”

Jakob tiene una sonrisa de oreja a oreja, está pensando en aquella familia y sus deliciosas patatas. Entonces ve que a mí me están cayendo las lágrimas en el plato de garbanzos. Jakob habría sido un empleado excelente en la tienda de alimentación, habría mimado las cajas de frutas y verduras, habría encandilado a los compradores con su simpatía… pero tiene una mala suerte que no se merece.

Como no quiero darle aún la mala noticia, sonrío y le digo que conozco una familia que está refugiada ahora en un suburbio de Kabul, sin ingresos, y no tiene dinero para comprar ropa de invierno a los niños, y que a mí me gustaría mandarles algo. Él se da por satisfecho con mi explicación, me da las gracias y seguimos comiendo.

El invierno se acerca y, por desgracia, parece que ya ha llegado al corazón de ciertas personas. Si es que Herr U. me recordaba a alguien…

winter_is_coming