Extranjeros y cuarentena

En este verano de pandemia parece que no hubiera otras noticias por el mundo que la propagación del virus. Es el tema principal de nuestra conversación, al aire libre, a distancia y con mascarilla, con los vecinos de nuestra residencia de vacaciones, a las afueras de un pueblito de Castilla-León, España – país que fue declarado zona de riesgo por el gobierno alemán el mismo día en que nosotros aterrizábamos allí.

Los vecinos de las cinco casas que nos rodean son jubilados hambrientos de compañía y conversación, que no piensan regresar a sus domicilios de la peligrosa Madrid hasta que el frío del invierno les obligue. Si mi ahijado afgano los viera, me comentaría inmediatamente lo triste que es para él que en Europa las personas mayores vivan solas o en residencias, en lugar de estar con sus hijos y nietos. Al menos mis vecinos aún viven en parejas, no como los dos ancianos alemanes que le han abordado a él en el parque de las cercanías de la estación. Tan solitarios y desamparados se sentían aquellos hombres, que uno hasta le invitó a ir a vivir a su casa, simplemente porque Jakob tuvo la paciencia de escuchar sus lamentos durante un cuarto de hora.

Charlamos, pues, sobre la pandemia y mi marido comenta que el pasado día 19 el Instituto Robert Koch anunció que el mayor repunte de casos de covid-19 entre los viajeros que regresan a Alemania de sus vacaciones no viene (aún) de Francia, Italia ni España, sino de los países del sureste europeo: Croacia, Kósovo, Bulgaria y Turquía. Alguien del grupo aventura que, claro, turcos y kosovares son musulmanes y es una cuestión cultural, pues son países donde el contacto social, los encuentros familiares (y el propio tamaño de las familias) son más importantes que las medidas de distanciamiento. Me sorprende que olviden cómo eran todavía las familias en España hace cuarenta años, cómo reaccionan ellos cuando sus hijos por fin les visitan y cúanto echan de menos el contacto frecuente con sus nietos.

Yo no soy musulmana ni del sureste, sino del suroeste, pero si sólo puedo ver a mi familia una vez al año, es comprensible que, después de la vacilación inicial por el recuerdo de las horribles imágenes de los ataudes acumulándose en el Palacio de Hielo de Madrid (la pista de patinaje donde esperaban turno para ser enterrados), me haya lanzado al cuello de mi padre para llenarlo de besos, incumpliendo todas las recomendaciones. Hemos procurado ser cuidadosos, minimizando los contactos antes de volar con mascarillas de calidad, y en el pueblo sólo hemos estado con él y su mujer (es que soy huérfana de madre, pero no sintáis lástima, aunque sí os recomiendo acudir regularmente a los controles contra el cáncer, con pandemia o sin ella). Este verano no ha habido paella en el jardín con mi tíos y primos paternos, no ha habido café, helado y charla artístico-política con mis tíos y primos maternos, no ha habido quedada con los amigos de Madrid para que nuestros hijos adolescentes confraternicen. Hemos estado dos semanas solitos en el campo, hablando a distancia con estos vecinos.

Nos preguntan entonces cuál es la proporción de extranjeros en Alemania, por lo de los que regresan infectados de Turquía y Kósovo, y mi marido y yo nos miramos, riendo bajo las mascarillas. Yo explico: en nuestro núcleo familiar de 4 personas ya no hay extranjeros, todos tenemos la nacionalidad alemana. Después él aclara que al mismo tiempo en nuestro núcleo familiar hay 3 personas con “trasfondo de migración” (Migrationshintergrund), que son los que tienen al menos un progenitor (Elternteil) que nació extranjero.

Saludos desde la cuarentena de regreso de vacaciones, que afortunadamente no será de cuarenta días, sino sólo de catorce 😀

 

Echar una mano, o las dos

Estado de alarma en gran parte de Europa por culpa del Covid-19. No sólo por los efectos sobre la salud física, sino también por el impacto sobre la economía (a gran escala y a la muy personal) y por las consecuencias mentales del confinamiento.

Para los que vivís en Alemania, lo que menciono hoy no es nada nuevo, pero para los demás quizás sí: estado de alarma adicional en Baviera, que se enfrenta a un problema derivado del anterior. Comienza la temporada de los espárragos – y los cosechadores están al otro lado de la frontera, por culpa del virus.

Y no son sólo los espárragos, claro, es también el ruibarbo, y luego irá llegando el momento de recolectar  las fresas y las siguientes frutas y verduras, y no hay mano de obra, porque los temporeros suelen venir de Europa del Este, de Polonia, Rumanía, Bulgaria.

¿Qué vamos a comer entonces?

Los agricultores han hecho un llamamiento en internet: todos aquellos que por culpa del virus están perdiendo sus empleos, son bienvenidos en el campo. ¿Y quiénes más? Los solicitantes de asilo que antes parecía que no nos servían para nada y no se les habían concedido permiso de trabajo, por ejemplo: albanos, kosovares y senegaleses.

No os preocupéis, comeremos espárragos – y todo lo demás.

Otro sector que ha sufrido duramente el cierre de fronteras es de los cuidadores de ancianos en sus domicilios, porque también vienen mayoritariamente de Europa del Este, de Polonia, Chequia, Eslovaquia. Las residencias de ancianos no tienen capacidad para acoger a estas personas que ahora han quedado solas (aparte del riesgo que estamos viendo de contagios en estas instituciones) y allí también falta personal desde hace años.

En este caso el gobierno alemán está meditando si puede mandar algunos funcionarios desocupados a colaborar, como… ¡los maestros!

¿No hubiera sido más fácil haber fomentado el acceso de los refugiados y los emigrantes a los pertinentes cursos de formación? Venían con ganas de quedarse y trabajar.

P. D.: A 16 de abril, por ejemplo. El Gobierno autorizó la entrada de 40.000 temporeros rumanos por mes; sobre los cuidadores no sé nada; de los pobres refugiados en campamentos griegos sé que de momento se va a autorizar el transporte de 70 niños de Lesbos.

Cambiar el mundo

Mi amigo afgano se despierta con dolor de cabeza. Ha dormido mal y poco. Esta semana le toca turno de tarde, al salir del trabajo tiene que correr a coger el autobús, llega a casa casi a las once, a cenar en horario muy poco alemán, y además tiene un invitado especial: otro colega afgano que se esconde para no ser uno de los 32 deportados de esta semana.
Según Jakob, es un chaval normal que no ha hecho nada malo y quiere integrarse y trabajar en Alemania, pero quizás su historia de persecución no fue tan convincente como la de Jakob, o no tiene ya ningún familiar que poder contactar en Kabul para que le haga los papeles que le faltan y por eso las autoridades alemanas consideran que oculta su identidad.Zeitung2
Se esconde para no aterrizar en un país donde se siguen sucediendo los atentados. Recientemente hubo un tiroteo en un ministerio en Kabul, el número de muertos no estaba claro. Por aquí tengo un recorte de prensa sobre el informe de la ONU con el número de civiles asesinados en 2018 en Afganistán, que subió un 11%, entre ellos 927 niños, la mayor cifra desde que iniciaron su registro. Quería buscar el informe en internet y poneros el enlace, pero no tengo fuerzas, lo siento, y además no va a ayudar en nada. Los que me leéis, sois los que ya estáis convencidos de que ir a Afganistán no es buena idea.

Recorté también la noticia que decía que en Alemania viven actualmente 10,9 millones de extranjeros, uno de cada ocho habitantes somos de fuera. Seguro que algún que otro alemán se asustó al leer esto.
Si le das la vuelta al recorte, aparece otra noticia breve que dice que en 2018 hubo un récord de nacionalizaciones en Baviera, entre las que me cuento. El grupo que más cambió de pasaporte fueron los turcos, pero eso sólo hace el 12% de las nacionalizaciones, seguidos por los ex-yugoslavos, con el 7%, y un alto incremento de los británicos, el resto proviene de multitud de países diversos.

 


Alemania es multikulti, no lo neguemos, y yo lo veo bien, por lo que me toca, pero hay otra gente que opina diferente.
Por eso hoy aparece otro artículo titulado “El centro avanza hacia la derecha” (Die Mitte rückt nach rechts, Main Post, 26.04.2019), donde se habla del nuevo informe de la Fundación Friedrich Ebert (el primer presidente de la República de Weimar) sobre el extremismo de derechas, eso que en 1945 los alemanes se juraron a sí mismos que no volvería a suceder. Por si alguien quiere buscar el informe y tal, los autores principales son Andreas Zick y Beate Küpper y el enlace de la fundación en wikipedia es https://de.wikipedia.org/wiki/Mitte-Studien_der_Friedrich-Ebert-Stiftung

El informe dice lo que ya sabemos: que en este mundo en que todos podríamos convivir más o menos felices, hay un incremento constante de gente que no sabe darle otra salida a sus frustraciones personales que acusar a los extranjeros de ser el origen de todos los males del universo. Especialmente los alemanes de los antiguos estados del este, con menor número de refugiados sirios y afganos, y los países de Europa del este, que han acogido menos refugiados, son los que mayor incremento de radicales de derechas sufren, porque la situación financiera y social de estas zonas nunca llegó a equilibrarse con las occidentales y los refugiados han aparecido oportunamente para ser chivos expiatorios.

De todas las peticiones de asilo recibidas en Alemania en 2018, se concedió el permiso de residencia al 42%. Mientras en Polonia se aceptaron sólo el 14%, en Chequia el 11%. Los demás solicitantes deben ser deportados.
En Portugal, Luxemburgo e Irlanda, la cuota de aceptación de peticiones de asilo estuvo entre el 60 y el 80%, aunque, obviamente, los solicitantes fueron muchos menos que aquí en Alemania. En estos países aún no hay un incremento de los extremistas de derechas, será que su situación financiera y social de los últimos dos años no necesita chivos expiatorios.

Hoy estoy revuelta, como el tiempo atmosférico. He votado por correo en España, votaré el mes próximo en Europa, iré esta tarde con mis hijos a la manifestación de “Fridays for future” para defender el medio ambiente, haré todo lo que esté en mis manos, pero no puedo dejar de notar un tufillo intolerante en el ambiente que me disgusta y me revuelve profundamente.
Yo estudié Historia en el colegio, la aprendí con ahínco, por aquello de conocerla para no repetirla, pero el hombre es el único animal que tropieza con la misma piedra una y otra vez y lo hace con ganas, puro masoquismo.
Lo siento por mis hijos.