Alfabetización

La mayoría de los que somos “de ciencias” no hemos estudiado nunca griego y, aún así, conocemos prácticamente todas las letras de su alfabeto, porque con ellas representamos funciones matemáticas, incógnitas de ecuaciones, ángulos, etc. Así puedo divertirme un rato y escribir tonterías como Πατατασ φριτασ o mi nombre: Καρεν.

ruso

Hace también muchos años aprendí a interpretar las mayúsculas del alfabeto cirílico. El motivo fue que mis padres planificaban un viaje a Moscú y San Petersburgo y, casualmente, en ese momento se vendían en los quioscos unos fascículos para aprender ruso. Con los números 1 y 2 te regalaban el diccionario español-ruso y viceversa. El viaje en cuestión era en grupo y guiado, mis padres nunca llegaron a usar los diccionarios para nada, pero servidora se leyó los fascículos con mucho interés y aprendió a decir: Disculpe, por favor, ¿dónde está el hotel?.

Después he tenido contacto con los kanjis japoneses, no sólo porque me encantan los mangas y animes de ese país, sino también porque me empeñé en decorar las paredes de mi aseo con esta caligrafía y me tocó practicarla durante semanas hasta quedar satisfecha con el resultado.

K_japo

Además de “amor”, “suerte” y “eternidad”, entre los kanjis que escribí entonces y que aún reconozco están las cuatro estaciones del año, lo que es muy práctico para jugar al Mah Jong chino. Y a través del juego he aprendido a leer también los cuatro puntos cardinales.

mah jong

¿Habéis adivinado qué alfabeto viene ahora? Sí, me siento enormemete orgullosa de anunciar que desde hace unas semanas puedo leer y medio-escribir en dari (persa afgano).

El persa no es, como el árabe, una lengua semítica, sino indoeuropea. La gramática es sencilla, la pronunciación es bastante fácil para un español que controla la j, y muchas palabras presentan similitud con las de otras lenguas europeas. Si sobre la “mes” hay un plato de “lubia” y una “botel” de “yus”, ya no morimos de hambre ni de sed. Pero lo interesante es el alfabeto, que es casi como el árabe.

¿Verdad que muchos de vosotros habéis pensado alguna vez que es casi imposible aprender a leer árabe, ya que, o bien todas las letras son iguales (hm, ¿y nuestras d b q p?) o, mucho peor, cambian de forma según su posición en la palabra? Si a esto añadimos que suelen estar escritas en un tamaño bastante pequeño y que ya padezco de presbicia, pues mejor dejamos que gane el miedo a lo desconocido y evitamos salir de nuestra zona de confort, ¿no? ¡Pues no! ¡Me niego! Y por eso estoy trabajando para alfabetizarme en dari. Todavía escribo tan feo como un niño de 6 años y leo atragantándome y a paso de tortuga, pero no me preocupa, ya mejoraré.

farsi2

Y cuando haya terminado con esto… ¿Habéis visto lo preciosas que son las letras del alfabeto tailandés? ¿Veis lo fantástico que es poder ir al colegio? Aprender, aprender, seguir aprendiendo toda la vida. Hm.

Cosas que dice la gente

Una persona de nacionalidad alemana con la que me une una buena relación desde hace ya mucho tiempo acaba de decirme, por segunda vez en pocos meses, que no cree posible la existencia de una sociedad multicultural. “Basta con ver lo que pasa en Europa con los catalanes, los escoceses e ingleses, o el conflicto belga entre flamencos y francófonos. Si el Multikulti ya no es posible ahí, con los refugiados ni te cuento.”

¿Qué espera que responda yo a eso? ¿Acaso al conocerme desde hace tanto y poder hablarme de este modo confidencial se le está olvidando que yo soy extranjera, hace 16 años que vivo fuera de mi país y además no comparto su religión?

Os dejo aquí algunas de esas respuestas que a uno le gustaría poder expresar espontáneamente y que, por desgracia, sólo me salen con retraso y por escrito.

“Los menores sirios y somalíes: todos con sus zapatillas Adidas y Nike, y todos tienen teléfonos móviles, pero luego descuidan y dejan mal aparcadas las bicicletas que la ciudad les ha donado.”

Ah, ¿llevan Adidas y Nike? No me había fijado, a mí las marcas no me importan en absoluto. Me parece bien que no vayan descalzos. Los móviles, claro, por el mismo precio de las zapatillas ya se pueden comprar. Tú tienes uno también, ¿verdad? Y si tuvieras que huir de tu ciudad, probablemente te lo llevarías, ¿no? Lo de las bicis es más grave, sí, quizás nadie les ha explicado que cuando se rompan no se les va a regalar una segunda. ¿Has hablado con ellos al respecto? ¿Por qué no?

“Los hijos adolescentes de mis vecinos albano-kosovares, nacidos en Alemania, se pavonean y declaran orgullosos su identidad no-alemana cuando otros jóvenes kosovares van de visita.”

Otros adolescentes son punks, se hacen piercings, o van siempre de negro. Hay muchas tribus urbanas. Pero, ah, ya veo. Lo que a ti te molesta es que luego, cuando les interese y suponga una ventaja, dirán otra vez que son alemanes. Es cierto, sería más fácil si se tratara igual a todo el mundo, independientemente de su origen. Así no habría que decantarse por una nacionalidad según las ventajas.

“Para practicar idiomas ya no hace falta ir a una academia, basta con sentarse un rato en la estación de trenes: no se oye a nadie hablando alemán.”

Claro, los turistas y los refugiados no suelen tener coche, por eso van en tren. La mayoría de los alemanes tiene hasta dos coches. Por cierto, ¿cuántos idiomas has aprendido ya? Yo acabo de aprender mi primer pretérito en dari: ma méikunam → ma kádam; yo hago, yo hice; tu méikuni → tu kadi; tú haces, tú hiciste…

“A veces te pasas de comprensiva con Jakob, aquí todos hemos empezado haciendo trabajos rastreros. Las prácticas idiotas que ha hecho en el supermercado me parecen normales e inevitables.”

Sí, ya sé que tú eres un lameculos, que te dejas humillar para conseguir después algún pequeño logro, pero Jakob ha perdido todo en su huida: trabajo, casa, novia, idioma, y sólo le queda su dignidad. Si la pierde también, dejará de ser humano. Entonces, mejor haber muerto. Claro, perdón, es que los españoles, como los pashtunes, tenemos aquí fama de ser orgullosos. Me temo que no servimos para trabajos rastreros.

“Jakob debería olvidar un poco a su familia, concentrarse en sí mismo y buscar su propio camino. A mí me parece muy bien que mi hijo sea tan independiente y estoy segura de que, si yo estuviera enferma, él no se preocuparía tanto y podría seguir estudiando y trabajando. Es como tiene que ser.”

No, es como tú quieres creerte que tiene que ser, porque has perdido el valor de lo que significa una familia. Espero que nunca estés tan enferma como para tener que desdecirte de tus palabras y lamentar la falta de contacto con tu hijo. De las cosas negativas que Jakob ha visto en Alemania, la más terrible para él es, sin duda, la soledad de las personas mayores. Ha jurado visitarme y cuidarme siempre que pueda y ha confesado que reza para que yo no esté enferma nunca. Esas son las manifestaciones de amor que ha aprendido en su familia, a la que no puede olvidar.

“La integración de los extranjeros no es posible. Tú misma no vas a dejar nunca de ser española.”

El diccionario de la R.A.E. dice que integrarse es “pasar a formar parte de un todo”. Creo que para integrarse en un país hay que hablar un mínimo del idioma oficial, respetar las leyes, trabajar o cumplir alguna labor social y ser educado con los nativos.

No veo necesario tener que emborracharse en público cuando la selección nacional gana un partido, ni creo obligatorio conducir un automóvil de una marca nacional. El contacto con los nativos funciona con reciprocidad: yo me integro, si ellos me aceptan.

Ciertamente, no tengo un vestido Dirndl y nunca me veréis en la Oktoberfest con una jarra de cerveza en la mano. Integración no significa mimetismo. Además, ¿qué define “ser alemán”? Seguro que la respuesta es diferente en Hamburgo que en Baviera, y también es diferente hoy que hace 50 años.

Creo firmemente que, con buena voluntad, se puede convivir sin problemas con gente de otras nacionalidades, idiomas, religiones y culturas. De hecho, yo lo hago a diario. Por supuesto que hay días en que resulta más fácil y hay otros momentos en que a uno le da la morriña pensando en tiempos y costumbres pasados. Así es la vida.

Os dejo un enlace a de uno de mis lugares interculturales favoritos:
https://www.youtube.com/watch?v=Nn0OHpTuroY
Recordad que los tiroteos sólo tienen lugar en los días de rodaje de películas, el resto del tiempo las cantinas, como esta de Mos Eisley (Tatooine), son aburridos locales de convivencia pacífica 😉

Estados de ánimo

Hace poco nuestro “ayudante”, el insufrible Herr Frosch, me preguntó de repente si yo creía que Jakob estaba traumatizado y podía necesitar ayuda psicológica. Le respondí que, sin duda, a su llegada a Alemania Jakob bien hubiera podido necesitar ayuda profesional, pero que desde hace un año yo me ocupo de su “terapia” y creo que no lo hago mal.

Cuando le pregunto a Jakob cómo está y él dice “bien”, en realidad quiere decir que en ese momento tiene sus preocupaciones bajo control y puede concentrarse en otras cosas. Afortunadamente es su estado de ánimo más frecuente y esto le permite estudiar alemán, ir a la compra, cocinar, fregar platos en el hotel, jugar a la consola con mi hijo menor, hacer bromas y conseguir que las personas de su entorno olviden que él no olvida.

De vez en cuando, si narra un recuerdo doloroso o recibe noticias de su familia, las preocupaciones toman el control. Entonces me dice “hoy no estoy aquí” o “yo estoy aquí, pero mi cabeza no”. Son los momentos en que necesita que yo le cuente con detalle lo que hemos hecho todos los miembros de la familia y cuáles son nuestros planes, para así tratar de acercarle de nuevo “aquí”. También ayuda que le pregunte cómo se dice esto y aquello en farsi/dari, de este modo le acompaño “allí” donde le llevan sus pensamientos, no va solo y creamos un puente entre los dos mundos. A veces llora y simplemente tengo que abrazarlo y tratar de no llorar yo también.

En un par de ocasiones no ha querido contarme inmediatamente qué es en detalle lo que le preocupa, para que no me ponga triste yo también. Y si le recomiendo que hable de ello con el par de amigos afganos que tiene en la ciudad, me dice que no, que son amigos “nuevos”, los ha conocido en su odisea de campamentos y entre ellos nunca hablan de temas anteriores a su llegada a Alemania.

Cuando se le pasa el mal día me dice que ya se siente otra vez “normal”, es decir, que puede retomar sus tareas habituales y hacernos olvidar a todos que, si escucha la palabra “padre”, él recuerda al suyo, despedazado por la bomba; si se habla de boda o de bebés, él va a pensar en su hermano asesinado; si buscamos piso, él se imagina a su familia hacinada en una habitación en casa del tío; si tose y le mando a comprar jarabe, él echa cuenta de lo que cuestan las medicinas de su madre; y si por desgracia hay una manifestación neonazi y le pido que tenga cuidado o se quede en casa, él va a tener presente la imagen de su otro hermano, que salió hace poco a realizar unas compras, se cruzó con un desconocido que le miraba fijamente y tuvo que huir corriendo entre unos coches para esquivar dos balazos.

Por eso, si voy con él al cine a ver “La La Land” y un par de veces, por ejemplo en la escena del planetario, se queda con la boca abierta y exclama “qué bonito”, sé que durante algunos instantes ha desconectado y mi terapia está funcionando.