Aniversario

Hoy hace un año que conocí a Jakob.

Por aquel entonces él era igual de alto que mi hijo mayor y tenía la tez muy pálida. Ahora su rostro tiene un tono veraniego y salpicado de pecas y mi hijo ya nos ha pasado tanto a Jakob como a mí.

En estos doce meses yo he aprendido un poco más de farsi/dari y Jakob ha aprendido una barbaridad de alemán, lo cual no significa que ya hable bien, sino que entiende mucho más. La gramática alemana, con sus tres artículos (der, die, das) y las correspondientes declinaciones (nominativo, genitivo, dativo y acusativo), supone un obstáculo insalvable para este muchacho, que exclama indignado “en dari no hay gramática”, cuando quiere decir que en su idioma las palabras no tienen distinción de género, no hay artículos y los casos se expresan con un par de preposiciones simples.

Jakob ha aprendido además una palabra en español, que me dice si me despisto y le hablo por error en este idioma: “¿qué?”. Además hemos descubierto que ambos conocemos el medio de transporte “Zug” bajo la denominación “tren”. A veces, cuando Jakob se queja de la ausencia de sol, me entran ganas de decirle que se ha equivocado de país, que debería haber ido a España, que allí hay sol, la pronunciación es más fácil para él y nadie te mira raro si mojas pan en la salsa. Pero me muerdo la lengua y callo, porque definitivamente se encuentra en el país equivocado: debería haber podido quedarse en Afganistán para siempre.

Antes sólo recibía clases esporádicas de voluntarios. Ahora ha superado con éxito el curso de integración, está esperando el resultado del examen de idioma de nivel A2/B1, ha comenzado a ir a clases de “orientación profesional” y mañana se presenta al examen “Leben in Deutschland”, el mismo que tendría que hacer yo si algún día me nacionalizo, con preguntas sobre la historia y la política alemanas.

Hace un año Jakob vivía en un campamento improvisado en un polideportivo, en parcelas separadas por cortinas, y no podía cocinar él mismo. A finales de marzo lo trasladaron a una antigua pensión, junto con otros 30 afganos. Ahora las dos familias  que había allí ya se han mudado, quedan sólo unos 20 hombres, que comparten la cocina y dos duchas. Desde que en abril le dieron el permiso de residencia por riesgo a su vida (que es temporal, no como el asilo) y adquirió el derecho a mudarse, estamos buscando piso, sin éxito. Anoche fuimos a ver un apartamento muy majo, aunque un poco distante, y al pobre se le caía la baba de imaginarse su posible futuro allí.

Para muchos caseros “afgano” significa “demasiado extraño”, para algunos es directamente “terrorista potencial”. Para la mayoría de los caseros recibir ingresos de la ayuda social es inaceptable. No importa que mi marido se haya ofrecido como avalista, Jakob es un inquilino sospechoso e indeseable.

Hace un año yo aún no había comenzado a escribir este blog, ni pretendía publicar un libro sobre los refugiados. La primera idea surgió tras escribir el cuento “Los unos a los otros” y ver que no me era posible compartirlo en Facebook como yo hubiera querido. Después comencé a narrar mis experiencias en las clases de alfabetización y la historia tomó un nuevo rumbo tras visitar a Jakob en el hospital.

Os voy a hacer una pequeña confesión: usé el nombre de Jakob, porque él me dijo que en Afganistán mucha gente se llama así y, puesto que a nosotros nos resulta familiar, nos es más fácil sentir empatía hacia su propietario. Pero el verdadero nombre de mi amigo es: Luchador, hijo de Gul Rajmán, hijo de Gul Rasul. Cuando yo le expliqué que yo era Karen valade Santiago valade Santiago, me dijo que eso no podía ser correcto, pues no se deben repetir los nombres en la familia. Le propuse cambiar un Santiago por Sankt Jakob y nos reímos juntos.

Hoy hace un año que conocí a Luchador y me costó tres intentos escribir su nombre correctamente. Él todavía me llama Karín. Y no me importa.

¿Qué voy a hacer sin ti?

Por fin ha llegado el momento de irme de vacaciones y así se lo anuncio a mis alumnos y a mi ahijado. Las clases de la Universidad Popular terminaron el 29 de julio, paralelamente con el curso escolar en el estado de Baviera, pero todavía me quedaban dos alumnas privadas: una, la peluquera que viene los lunes, que es el día en que libran todos los peluqueros alemanes, la otra, mi encantadora vecina, la señora G.

La buena de Frau G. me abordó un sábado noche en un concierto de música andina para suplicarme un curso intensivo de conversación. Esta dama, de 70 años de edad, colabora activamente en una asociación de ayuda a Latinoamérica y, por azar, ha resultado elegida para supervisar en septiembre los proyectos patrocinados en Bolivia.

Frau G. entiende bastante español, pero a la hora de hablar, además de no atreverse, se le mezcla el francés, y no sabe simplificar las frases. Durante las semanas en que hemos dado clase, mi querida vecina no ha parado de decirme lo a gusto que se siente conversando conmigo, porque parece que yo le leyera el pensamiento, le deduzco las palabras casi antes de acabar de decirlas y a menudo le propongo una versión fácil y simple de expresar aquello que a ella tanto le cuesta decir.

Ahora me voy de vacaciones y Frau G. se lamenta: “¿Qué voy a hacer 3 semanas sin usted? Se me va a olvidar todo.”

No es la única, claro. También mi ahijado afgano me repite con frecuencia cuánto le gusta hablar conmigo, que le entiendo siempre, incluso cuando pronuncia la w como gu, además le hablo claro, le doy ejemplos útiles de cómo integrar una palabra nueva en su día a día y le ayudo con los deberes hasta por teléfono, adivinando lo que pide el libro.

Jakob me dice: “Quiero que tu familia y tú tienes buenas vacaciones.” Y luego añade flojito: “¿Qué hago yo 3 semanas sin ti?”

Por suerte su curso de integración no hace pausa, él se prepara un buen brunch por las mañanas, va a clase a diario de 13:30 a 17:30 h, sigue teniendo deberes y un montón de material para leer y repasar, y dos amigos a los que visita de vez en cuando. Pero mis intentos de hacerle quedar con otra profesora fracasan estrepitosamente. “No quiero otra profesora, quiero que vienes tú. Yo espero.”

Ay, Jakob, ¿qué voy a hacer yo, 3 semanas sin ti? Se me va a olvidar el poco farsi que he aprendido, porque no puedo ir por ahí diciendo: «Man paella míjoram, man sangría mínusham.»

Feliz fiesta – Id mubarak

El martes por fin acabó el mes de ramadán y dio comienzo una de las dos grandes fiestas de los musulmanes: la fiesta de fin de ayuno.

Jakob me había dicho que para él esta fiesta de tres días de duración es como nuestras Navidades, que hay que estrenar ropa, visitar a familia y amigos, comer mucho, hacer regalos y dar dinero y dulces a los niños. Y yo tenía miedo de que se deprimiera pensando en su familia.

Para tratar de acercarnos lo más posible a una fiesta familiar entrañable, comenzamos por comprarle ropa la semana pasada: en la sección infantil de una cadena de moda sueca, porque con su escaso 1,60m no hay otra manera de encontrar la talla correcta. Conseguimos dos pantalones, lo que le hizo muy feliz, y además echamos un par de camisetas a la bolsa como regalo extra. Estoy convencida de que mentalmente va sumando todas las veces que le regalo algo, aunque nada más sea el billete de autobús, y temo la llegada de mi cumpleaños, porque la revancha puede ser terrible.

El lunes por la noche volvemos a tener el mismo problema que al inicio del ramadán: algún afgano ha dicho en el alojamiento que la fiesta empieza un día más tarde y Jakob tiene dudas. Es cierto, no en todas partes del mundo coincide la fecha, pero yo le aseguro que las asociaciones musulmanas de Alemania están de acuerdo en que aquí la fiesta empieza el martes y, además, en la escuela le han dado el día libre a propósito. Él no termina de creerme y anuncia: “mañana temprano voy meskita y me dicen”.

Yo había calculado que lo del temprano iba a ser sobre las 8 de la mañana… sin embargo a las 5:50 a.m. mi móvil ya canta y vibra dos veces porque han llegado dos mensajes. Mi pobre marido salta de la cama nervioso, pero yo sé quién me escribe sin tener que mirarlo y le perdono que nos haya robado media hora de sueño. El primer mensaje dice: “estoy en meskita, hoy fiesta”. El segundo es más interesante: “rezar 6:15”. Significa que hacia las 7 a.m. habrá terminado la oración y Jakob se pondrá en camino a mi casa, porque a mi familia es a los primeros que quiere visitar, antes de quedar con el par de amigos que tiene.

Mi primera intención había sido salir a comprar salmón, que es el único pescado que comen mis hijos y que sé que le gusta a Jakob, mientras él está rezando, pero con ese madrugón que se ha pegado, toca cambio de planes: vamos juntos a la compra.

Hm, mira que en esta ocasión puede elegir libremente entre el pescado, la ternera o el cordero, que normalmente no puede comprar en el supermercado de su pueblo y tiene que traer de la tienda turca junto a la mezquita – pues se le ocurre volver a pedir pollo. Por lo menos esta vez será pollo biológico, aunque me toque explicarle de qué va lo de los pollos felices que comen sano y tienen espacio para pasear. Explicarle después que las patatas, las cebollas y los tomates también los compro “felices”, resulta un poco más complicado.

Aprovechando que esta semana nos tocan días soleados y temperaturas en torno a los 22°C, charlamos un rato en la terraza hasta la hora de cocinar. Jakob está relajado, se hace un par de fotos en el jardín, me quiere fotografiar a mí también, y no se deprime cuando explica que hace más de una semana que no tiene contacto con su familia, porque el tío se ha ido a trabajar fuera de la ciudad. Hm, y yo que había pensado que hiciéramos una transferencia por aquello de mandar dinero a los niños por “Navidad”. Habrá que esperar.

Manos a la masa. Jakob decora la bandeja del horno con tanta delicadeza que parece que estuviera haciendo una obra de arte: en el centro unos aros de cebolla, a su alrededor los muslos de pollo, en el borde exterior alternan patatas y cebollas, y después toda la verdura queda cubierta con rodajas de tomate. Le pregunto si este plato tiene un nombre especial y me dice que sí, que es “dopiaza”, donde “do” es “dos” y “piaz” es “cebolla”. Más tarde lo busco en internet y… bueno, ya se sabe que cada uno en su casa cocina una paella diferente… pero al menos podríamos haber comprado cordero.

Mi marido no puede venir a comer, pero mis hijos se abalanzan sobre la “dopiaza” de pollo como si no hubieran comido en una semana, aunque el menor, que es mal comedor, aparta los tomates y las cebollas, cargándose la “dopiaza”. Todos alabamos la comida. Sin embargo Jakob no está satisfecho con el resultado: al pollo le ha faltado un poco de tiempo, no se deja desmigajar bien con cuchara y tenedor. Le aseguro que con un cuchillo no hay problema y acabamos el almuerzo en paz.

Y puesto que somos una familia Multikulti, después de hablar alemán durante la comida afgana, nos echamos la siesta. La nuestra es breve, pero el pobre Jakob, todavía agotado por el ramadán y el madrugón de hoy, duerme feliz durante más de dos horas.

A las cinco de la tarde se despide, tiene una hora de viaje en autobús y aún debe hacer los deberes para su clase de alemán del miércoles, día en que además visita a sus dos amigos. Hoy, jueves, fin de fiesta, no se puede hacer gran cosa: los alemanes están nerviosos esperando que empiece el partido de fútbol.