Mare Nostrum, terra vestra

Ahora no hay oleaje, flotamos tranquilamente y el mar, este mar que hasta ahora solo conocía de oídas, simula no tener la culpa de nada y yo casi me lo creo. Aún así, su tamaño me infunde respeto y sé de sobra que no puedo fiarme de él. Me vuelvo hacia papá, buscando su apoyo. Él también recela de esa supuesta inocencia, pero está tan cansado de la travesía que podría ceder y bajar la guardia. Además, el sol está en lo más alto y su reflejo sobre la superficie nos ciega; sería tan fácil cerrar los ojos y dejarse llevar…

Hay un momento de silencio total, ni siquiera se oyen gaviotas a lo lejos y mucho menos el motor de un barco. Es un instante casi mágico en el que olvido la playa, el bote y hasta el propio mar. Lo siento como un fragmento diminuto de paz interior que me gustaría poder conservar a modo de talismán, para mirarlo cuando empiece a faltarme la esperanza. Pero, como siempre cuando el mundo parece no tener prisa, llega un momento en que yo necesito que todo se mueva de nuevo. Decidido, meto la mano en el agua y chapoteo un poco para romper el hechizo.

No debo olvidar que el mar es la puerta a un mundo profundo y tenebroso, y al mismo tiempo es un reflejo del mundo de arriba. Si soy sincero, no pretendíamos venir al mar este verano, porque no sabemos nadar, pero las otras opciones no eran realmente mejores.

De pronto papá se pone de pie y agita los brazos, haciendo que el bote se balancee. Los demás protestan, no quieren ser acunados como niños que deben dejar de molestar, aunque los únicos niños somos mi hermanita y yo, y hace rato que no hablamos. Con los ojos guiñados diviso una sombra azulada que podría ser la costa.

¿Malta, por fin? ¿O Libia otra vez?

Lo sabremos en unas horas, cuando el sol se haya movido. Aunque, la verdad, a mí me bastaría con que fuera un barco de rescate. Es que ya empiezo a tener un poco de sed.

#elveranodemivida, concurso de relatos de Zendalibros.com

Escribe tu 2020

Cuando la profesora se levantó esa mañana, el pueblo ya no estaba. Sólo había niebla, mucha niebla, su casa y un trocito de calle. El resto del mundo no existía. La niebla se lo había tragado todo: el mal humor, la falta de solidaridad, los problemas medioambientales, la avaricia, las envidias, el racismo, los conflictos bélicos… Todo el año 2019 había desaparecido sin dejar ni rastro.

Hm, pensó ella, es un buen día para una aventura.

Entonces salió de su casa y caminó valientemente entre la nada blanca, que a ella le parecía una hoja de papel a la espera de una historia. Y a su paso, la niebla se iba disipando y descubriendo un 2020 lleno de posibilidades, con buenos propósitos que se cumplían de verdad y gente encantadora dispuesta a escuchar a sus vecinos y a colaborar con ellos. Ahora, alrededor de la casa de la profesora había muchos colores y todo estaba envuelto en una música maravillosa, pues la Orquesta Filarmónica de Viena tocaba un concierto de Año Nuevo.

La profesora caminó y caminó, hasta llenar toda la hoja con su aventura.
Y entonces regresó a casa, para que otros pudieran pasar la página y escribir la continuación…

Cuenta un soldado…

En mayo de 1989 yo tenía 17 años y medio y estaba preparando mis exámenes de selectividad. No tenía ni idea de cómo iba a ser mi futuro, ni siquiera el más cercano, y tampoco me importaba demasiado. El muro de Berlín aún no había caído, y cuando cayó no le di la importancia que se merecía. El accidente nuclear de Chernóbil sí había ocurrido, pero no me afectaba: la nube radiactiva que impedía a los niños alemanes jugar en sus jardines no llegaba hasta Madrid. En Afganistán acababa de ser expulsado el ejército soviético y se estaba iniciando la guerra civil, pero, ¿dónde demonios quedaba Afganistán y en qué me podían atañer a mí sus guerras?

Si alguien me hubiera dicho que 30 años después estaría en un pueblecito de Baviera leyendo con fruición el informe de un soldado alemán sobre su estancia en Kabul, porque yo habría adoptado un afgano, me habría encogido de hombros, incrédula.

Achim Wohlgethan estuvo estacionado en Kabul de abril a octubre 2002, durante la implantación estadounidense del primer gobierno “democrático”, como parte de las tropas internacionales de pacificaciòn ISAF (International Security and Assistance Force) y este es el libro sobre el que voy a hacer un par de comentarios:

Wohlgetan
El libro fue escrito con la ayuda de los diarios del autor y publicado en 2008, cuando Wohlgethan ya había dejado el ejército. Para entonces las cosas en Afganistán habían cambiado un poco y desde entonces han seguido cambiando, aunque no precisamente hacia mejor.
El autor fue incorporado a una de las pocas unidades que regularmente abandonaban el campamento para realizar inspecciones y tener contacto con los civiles y con los distintos puestos de policía local. Pasó los 6 meses de servicio armado constantemente hasta los dientes, con miedo permanente a los atentados, contra su grupo o en las cercanías, con falta de sueño, con remordimiento por los “teatros” que se montaban cada que había una visita oficial en el campamento, y con la rabia de ver cómo los estadounidenses de la Operación Libertad Duradera (Operation Enduring Freedom) les ocultaban información y les impedían actuar contra ciertos elementos peligrosos, por considerarlos más manejables que los que les sustituirían de ser capturados.

Cuando regresó a Alemania había perdido 17 kilos, se sentía indefenso por no llevar armas, sufría pánico si le obligaban a salirse de un camino y pisar una pradera (peligro de minas), sentía asco ante las estanterías abarrotadas de los supermecados y los objetos desechados tras un mínimo uso, y sólo quería regresar a Afganistán, donde el paisaje y los habitantes le habían fascinado. Igual que le ocurrió a Ronja von Wurmb-Seibel.
En noviembre de 2003, Wohlgethan consiguió por fin ser destinado a Kunduz, en el norte de Afganistán… pero ese es otro libro.

El motivo principal de que os comente este libro es una situación que se describe en la página 168, cuando el autor y sus colegas (unos holandeses con los que se llevaba muy bien) visitan un hopital en el distrito de Chahar Asiab y a la salida se topan con un niño de 8 años que les explica, en perfecto alemán, que ha nacido y crecido en Frankfurt am Main, donde le gustaba mucho ir a la escuela, pero que hace 6 semanas que a su madre y a él los han deportado y ahora la escuela no le gusta porque el maestro y los otros chicos le pegan.
Wohlgethan le pone su chaqueta y su casco, le hace subir al jeep junto al conductor, y se instala detrás, con el traductor de dari… y con el maestro de la escuela, mientras los otros chicos les miran con curiosidad. Entonces dan varias vueltas por las calles del distrito y el alemán explica que el chico pertenece ahora al ejército ISAF y debe ser tratado con respeto. El maestro asiente impresionado.
Ese muchacho, ¿habrá intentado regresar a Alemania en estos últimos años?

Es mayo de 2019, además de Chernóbil ha ocurrido Fukushima y los grupos ultraderechistas proliferan de nuevo por Europa, pero, por suerte, los chicos de 17 y pico que esta semana están escribiendo sus exámenes de Abitur son los mismos que van los viernes a las manifestaciones de Fridays for Future y protestan contra las deportaciones a Afganistán. Ellos no se encogen de hombros cuando piensan en su futuro.

Este domingo hay votaciones al parlamento europeo. No os encojáis de hombros.