Otro día más

En una maternidad de Zaporiyia, Natasha se encoge en un rincón de la sala de prematuros, con el biberón en la mano, hasta sentarse en el suelo junto a la única incubadora que aún sigue funcionando. Dentro de ella hay tres bebés, dos de los cuales mueven de vez en cuando las manitas o lloran un poco. El tercero es el que ella querría haber alimentado. Además de sin leche, ahora Natasha se ha quedado sin lágrimas.

Mientras tanto, en Odesa, su hermano Vitali está cerca de la playa, junto al camión en el que está cargando los sacos de arena que sus compañeros y él acaban de llenar, cuando suenan las alarmas aéreas. Todos corren a la zona portuaria, a refugiarse en los sótanos de alguno de los locales de alterne. Vitali se sienta en un rincón y controla su móvil. Hay un mensaje de Ksenia, su mujer.

Ella está en Algo-dorf, un pueblo perdido de Alemania, con los ojos enrojecidos por el llanto, sentada en un rincón de un campamento improvisado en los almacenes de una empresa de modas. El mensaje dice: “Tres tests hoy. Tuberculosis negativo, covid-19 negativo, embarazo positivo”. Vitali no sabe si reír o llorar.

Afuera el mundo sigue girando.

Stop the war!

Este texto es uno de los diez preseleccionados en el concurso benéfico de Zenda e Iberdrola #VocesdeUcrania en favor de los damnificados por la guerra.

No llores, mi niña

Sh, no llores, mi niña, sh, no llores. Mamá está contigo y te va a contar un cuento para que duermas tranquila y feliz. Es el cuento de una niña muy lista y bonita, la niña que tú serás dentro de seis o siete años, alegre, vivaracha, confiada. En este cuento brilla el sol y tú juegas en el parque Shevchenko con los otros niños, hasta que papá te dice que es hora de volver a casa. Entonces cruzáis el bulevar del poeta y camináis cogidos de la mano por la avenida que lleva hacia la Puerta Dorada para entrar en la estación de metro Zoloti Vorota, que es tu estación favorita.

Bajáis las escaleras y llegáis a los arcos de donde cuelgan los candelabros. Tú estás muy excitada, como siempre que pasas por allí, porque tienes que llevar a papá a un lateral, hasta un mosaico concreto, para contarle un cuento. No es uno de los muchos retratos que muestran a los príncipes del Rus de Kiev, esos no importan en esta historia. Tienes que buscar el mosaico que representa la antigua Iglesia de los Diezmos, con todas sus torres y crucecitas, pues, aunque esta iglesia fue destruida por los bolcheviques hace mucho tiempo, para ti es fundamental.

Porque el cuento que entonces le cuentas a papá es el de tu extraordinario nacimiento bajo el arco donde está ese preciso mosaico, en una noche de bombardeos, como la de hoy, mientras él defendía la ciudad y mamá te tranquilizaba: sh, no llores, mi niña, sh, no llores.

Este relato participa en el concurso benéfico de Zenda e Iberdrola #VocesdeUcrania en favor de los damnificados por la guerra.

Medir con distintos raseros

Los primeros refugiados ucranianos de esta guerra han llegado ya a distintos puntos de Alemania. ¡Qué bien! Esto me trae tantos recuerdos de aquellos tiempos en que yo ya tenía contacto con ucranianos huidos de un conflicto entre proeuropeos y prorusos. Ups. Parece que no hemos avanzado mucho desde entonces…

Un momento, un momento. Sí, aquí hay algo nuevo. La Unión Europea ha activado una «Directiva de protección temporal en caso de afluencia masiva de personas desplazadas» con el fin de facilitar la acogida de los refugiados que huyen de la guerra en Ucrania. Parece que esta norma se aprobó ya en 2001 como respuesta a las guerras en los Balcanes, pero nunca se había utilizado, porque la afluencia masiva de sirios y afganos en 2015 era, hm… no era, hm… bueno, hm… vamos, que no importaba tenerlos hacinados en campamentos durante años. Probablemente son refugiados con mayor aguante o algo así.

¡Ah! Polonia y Hungría están acogiendo alegremente refugiados ucranianos, ¡olé! ¿Cómo es que de esto ya he hablado también? Mi hijo hizo en Noviembre un dibujo donde se veía claramente a los polacos recibiendo refugiados muertos de frío: con porras y vuelta inmediata a Bielorrusia. Pero claro, esos eran musulmanes, comprendo.

En fin, esperemos que las sanciones y medidas contra Rusia hagan algún efecto positivo y la guerra dure lo menos posible. Esa pobre gente refugiada en el metro de Kiev me recuerda tanto a Madrid durante la guerra civil española. (Por cierto, que aquí todo el mundo pronuncia Kíev).