Semana 4: la catástrofe

Lunes, 9 de la mañana: mientras espero la llegada de una alumna de español que me impedirá dar clase hoy a los afganos, miro mi correo electrónico y descubro un mensaje de la coordinadora de voluntarios que anuncia que la duración de nuestro campamento ha sido súbitamente acortada en 10 días. Mierda, ahora que les estamos tomando cariño a los refugiados, nos los van a quitar.

Lunes, 11 de la mañana: inesperadamente mi alumna se despide antes de tiempo porque tiene un compromiso y yo salto al coche (mi conciencia ecológica pita alarma, pero la ignoro) y corro a dar al menos una hora de clase a mis afganos.

En la escalera tropiezo con Sharifi, que sube a por una taza de té, y, en un impulso extraño, en lugar de despedirme y entrar al aula, le sigo al comedor… que encuentro lleno de afganos. ¿Es que nadie ha ido a clase hoy? Allí está Shirali, recuperado de la fiebre, Ashkan, que me presenta a su mujer y sus hermanos, que acaban de llegar de un centro de primera acogida, Habib y Sadik aún tienen la boca llena… y Jakob está con el plato a medias. Me siento a su lado con intención de averiguar qué pasó el viernes, por qué no vino a la excursión, pero sentarse en el comedor significa ser inmediatamente rodeada por un corro de manos que ofrecen plátanos. Les explico que no me gustan mucho los plátanos, que prefiero las naranjas, y al instante siguiente Jakob me tiende un plato con una naranja, un cuchillo y una servilleta. Lo de la servilleta es algo que me conmueve, porque los alemanes son maestros en el arte de comer sin necesidad de utilizar servilleta y cuesta que te ofrezcan una. Así que, para no ser descortés, empiezo a pelar mi naranja formando una bonita serpiente con la cáscara. Esto causa impresión en Habib, el cual me demuestra a su vez cómo hace él para comer dicha fruta (procedimiento no apto para damas que se precien, corramos un tupido velo). Los afganos charlan animados, algunos cuentan anécdotas de su viaje por Irán o por Bulgaria. Sharifi quiere saber cómo se dice en alemán Mar Egeo. Cuando acabo, Jakob me retira el plato y pasa un trapo húmedo para limpiar la mesa. Los demás se dispersan, el comedor se vacía… Los cuadernos de Jakob están sobre la mesa de al lado y decido darle allí mismo media hora de clase improvisada. Al acabar me acompaña escaleras abajo y nos despedimos en el recibidor con un apretón de manos, pero no en plan “usted” con el brazo extendido, sino en plan “colega”, con el brazo doblado y enlazando los pulgares. Sus ojos tienen un brillo especial, se siente honrado por el trato de hoy.

Martes, 10:30 de la mañana: subo las escaleras del polideportivo, pero antes de llegar a clase me interceptan los afganos y Moni. Todos hablan al mismo tiempo y ponen unas caras terribles. Reza parece a punto de llorar. Un frío espectral me recorre el cuerpo. Anoche hubo una pelea, un grupo de sirios atacó a Jakob, que está en el hospital.

La historia es compleja, hay varias fases y no hay testigos del inicio. Además anoche no había ningún segurata que hablara farsi, sólo estaba Yamil, el intermediario que habla árabe e inglés. Los afganos dicen que dos sirios intentaron robar a Jakob mientras éste se duchaba, hubo algún altercado en los vestuarios, pero después se separaron y Jakob subió a tomar un té y contar la historia a los otros. En ese rato los sirios buscaron refuerzos y entraron en grupo a por Jakob… quien es del tamaño de mi hijo mayor, que va a cumplir trece años.

A pasito de tortuga nos vamos arrastrando hacia el aula y se forman los grupos habituales del martes. Yo debería dar clase a Reza y Ashkan, pero este último me coloca a su hermanos novatos y se larga de paseo con su mujer. Afortunadamente aún llevo aquellas hojas de trabajo que deletrean los colores y le doy una a Ali y otra a Ásad, para tenerlos ocupados mientras hablo con Reza, que está visiblemente conmocionado. Es un buen momento para repasar la lección de los sentimientos. Reza y yo repetimos alternativamente: “no estoy feliz, estoy triste, estoy furioso, estoy indignado…” Una vez, y otra, y otra.

Poco antes de que acabe la clase aparece Yamil y le pregunto por Jakob. Me dice el nombre del hospital, pero no da información sobre lo acontecido anoche. Sus últimas palabras anuncian que cuando Jakob salga de la clínica será inmediatamente trasladado a otro campamento. Una parte dentro de mí está como bloqueada, el corazón, la otra está trabajando a plena potencia, el cerebro. Tengo claro que en cuanto haya dado de comer a mis hijos voy a salir corriendo a visitar al pobre Jakob. Porque yo sé bien lo que es estar solo en un hospital de un país extranjero.

¿Qué se lleva a un afgano apaleado cuando se le visita en el hospital para darle la noticia de que lo van a separar de sus amigos y compañeros? Pues las cosas que sé que le gustan: un plátano, una naranja, “badam zaminí” (cacahuetes) y “seitún”. Y el libro de clase de alemán.

Toco a su puerta, abro y lo veo sentado a la mesa, mirando el infinito por la ventana. Él se pone de pie de un salto, abre los brazos como el Cristo de Río de Janeiro y exclama: “¡Mi profesora!” Lo abrazo con cuidado, por si le duele algo, y luego le examino el ojo derecho, que está completamente morado. Me explica que su cabeza da vueltas, que tiene el estómago fastidiado, que su pulgar izquierdo no se mueve bien. Pero sonríe. Sonríe porque hasta hace un instante se sentía solo y abandonado en un lugar extraño y lleno de injusticia, a miles de kilómetros de sus seres queridos, mientras que ahora, mágicamente, su ángel de la guarda está sentado enfrente, escuchando con paciencia y ofreciéndole el calor humano que tanto echaba de menos desde hacía meses. Las Parcas han entrelazado nuestros hilos, para siempre.

Le entrego los regalos que he llevado y me los agradece como si no hubiera comido en todo el día… porque probablemente no ha comido. Después caminamos un poco por la planta y finalmente nos sentamos en un rincón a dar la clase que se perdió esta mañana: “estoy feliz, estoy tranquilo, no estoy furioso, no tengo miedo”.

Cuando llega la bandeja con la cena me despido. Ahora, aunque no quiera comer el pan negro alemán ni el embutido de pavo, puede tomar algo de lo que yo le he traído. Ahora, aunque vuelva a estar solo físicamente, sabe que hay alguien que piensa en él.

Y vaya si piensa… a las tres de la mañana estoy despierta llorando, porque yo tengo dos hijos, y Jakob tiene una madre viuda en Afganistán que está sufriendo por no saber nada de él, y si la pobre mujer supiera que está en un hospital, lloraría como hago yo.

Lloro y mis lágrimas riegan la semilla de una idea, una idea que germina, crece y echa hojas, y flores, y frutos.