Identidad nacional

Algunos países están intentando defender sus fronteras con uñas y dientes, como si su aleatoria distribución sobre un mapa fuera algo inamovible, en contra de las enseñanzas de la Historia. Los jefes y líderes de estas regiones alegan el peligro de desaparición de su identidad nacional/cultural ante la entrada de numerosos extranjeros. Y eso que los términos nación-cultura y nación-estado tampoco suelen coincidir: los de más al norte hablan quizás un dialecto diferente, los de lo alto de las montañas comen cosas distintas que los del valle, y una cierta fiesta típica se puede dar a los dos lados de la línea imaginaria de la frontera, por pertenecer a una tradición anterior a la existencia de ésta.
Aquí donde yo vivo hay personas de mente estrecha que rechazan que esto sea Baviera y defienden su condición de francones, concretamente de la Baja Franconia, y no están dispuestos a mover un dedo, no ya por otros alemanes, sino por otros bávaros. My terruño first!
También hay personas conscientes de que esto es Europa y, sin dejar de ser alemanes, pueden apreciar la importancia de la democracia griega, el derecho romano, las obras de Shakespeare, la sauna finlandesa o la paella y el turrón levantinos.

La destrucción de la identidad nacional y cultural puede suceder hoy en día de modo simple, sin estar asociada a la entrada física de extranjeros a un territorio. Basta que un ídolo/cantante estadounidense o coreano lleve una cierta prenda de ropa, para que los jóvenes de medio planeta abandonen sus trajes regionales y se vistan como él. Si un youtuber de moda aparece comiendo un cierto plato de comida rápida, éste puede sustituir en breves minutos a todos los guisos tradicionales. Y si una empresa encuentra un hueco lucrativo en el mercado, cualquier fiesta popular puede pasar a ser un fenómeno de masas sin contenido intelectual ni religioso.

Hace casi 20 anos decidí casarme con un alemán y un día le dije, en broma, algo que provocó una respuesta inesperada. Tomando los estereotipos que se supone que definen sin excepción a los 80 millones de alemanes y a los 40 millones de españoles, pregunté: si tú eres racional, puntual, serio, preciso y yo temperamental, impuntual, apasionada y descuidada, ¿cómo serán nuestros hijos? Èl, en su confusión de ser/estar, respondió: desorientados.
Y yo me abracé a él en un ataque de pánico.
Por suerte no ha sido así y nuestros hijos, aunque están en plena pubertad, tienen clara su identidad: se sienten bien en cualquier lugar del mundo donde se coma más carne que verduras (si hay pizza, eso ya es el paraíso); el idioma que hablan con más fluidez es el alemán, pero escuchan a diario música en inglés, aunque en los aviones se ponen las películas en español latino; su atuendo típico es vestir de negro, pero pueden darte la sorpresa de aparecer un día de rojo o hasta de amarillo, porque sí. La patria es para ellos su habitación con sus cosas y el aula del colegio donde pasan tantas horas al día. ¿Hispanoalemanes? ¿Germanoespañoles? Ni ellos ni yo sabemos cómo se define eso. Un par de papeles hay, que tienen que llevar consigo cuando cruzan las fronteras invisibles hacia otros países.

¿A qué viene todo este rollo de hoy?
Desde las 11 horas del jueves soy oficialmente alemana. Para conseguir el documento que lo acredita, además de mi matrimonio mixto, se han considerado mi nivel de alemán, mis antecedentes penales y mi capacidad de subsistencia sin ser una carga para el estado. No me han preguntado si soy racional, puntual, seria, precisa, ni si bebo cerveza o vino de Franconia, si tengo un Dirndl en el armario, o si voy a alguna iglesia – ni siquiera me han pedido que defienda activamente mi nueva patria, sino sólo que me atenga a la Constitución y las leyes, sin hacer nada que pueda poner en peligro a este estado.
Que sea una ciudadana normal, igual que era antes.
Ahí queda el papelito, para lo que sirva.

Halbe Urkunde