El desfile

Podría hablar del 30 aniversario de la caída física del muro de Berlín, que se cumple mañana, y de su permanencia en la cabeza de mucha gente; o podría hablar de las nuevas elecciones generales en España de este domingo y la dificultad de los residentes extranjeros para conseguir las papeletas de votación dentro de plazo.
Sin embargo prefiero hablaros de mi experiencia intercultural de esta tarde, os vais a reír más 😉

Hace unos pocos años se pusieron de moda en España los nombres de Martín y Martina, así que imagino que mucha gente conocerá ya la historia de San Martín de Tours, el soldado romano que compartió su pan y su manto con un necesitado, y cuya fiesta se celebra el 11 de noviembre.
El animal que los españoles asocian tradicionalmente con este santo es el cerdo, pues es la época de la matanza y por eso esperan que los que han actuado incorrectamente reciban su castigo según el refrán: a todos los cerdos les llega su san Martín.
Los alemanes, sin embargo, asocian este santo con los gansos, al parecer porque en los tiempos feudales era la fecha en que se debía pagar un cierto impuesto que muchas veces se realizaba con la entrega de un ganso. Los que prefieren una explicación más religiosa dicen que el santo era muy modesto y no deseaba ser nombrado obispo, por lo que se escondió en un establo, donde unos gansos graznaron tan fuerte que los feligreses lo descubrieron y pudo ser obispado. Sea como fuere, aquí en Baviera es tradición hacer galletas en forma de ganso y comerlas en esta fecha.
La otra tradición de San Martín, que se extiende por todo el territorio germanófono, de Bélgica al Alto Adigio, es la de los desfiles infantiles con farolillos, a ser posible acompañados por un jinete con manto rojo y espada. Y al desfile de esta tarde es donde quiero que me acompañéis.

Mi amiga siria sabía desde hace tiempo que hoy era el desfile en el Kindergarten donde acuden sus hijos menores, los gemelos de 5 años, y que su segunda hija, de 7, que está en primero de primaria, también estaba invitada a participar. Como a ella no le gusta hacer trabajos manuales, en lugar de liarse con cartón, papeles de colores y alambre, como hacen muchas madres alemanas, ha comprado directamente 3 farolillos de la tienda de “Todo a 1€”, más los 3 palos de plástico de los que cuelgan las lamparitas – ya no se lleva ponerles velas de verdad. Pues bien: cuando he llegado a su casa, media hora antes del inicio del desfile, los farolillos todavía estaban plegados dentro de sus bolsas de plástico, igual que los palos, y los niños y ella en ropa de estar por casa.
Afuera llovía y la temperatura era bastante baja, por eso yo había intentado llamarla para confirmar si realmente el desfile iba a tener lugar, pero esta vez ella no tenía el móvil a mano para responderme. Así que con ayuda de los niños hemos desempaquetado y desplegado todo. Por degracia faltaba algo fundamental: las pilas. ¿Quizás la madre ha pensado que las lamparitas se encienden mágicamente cuando los niños cantan? A mi pregunta de si tiene pilas en casa, rebusca una bolsa con 30 o 40 pilas… usadas, algunas de ellas ya en un estado de descomposición química bastante avanzado.
He avisado por teléfono a uno de mis hijos para que me buscara 6 pilas y, mientras los sirios terminaban de vestirse, he corrido bajo la lluvia hasta mi casa y las he recogido. Hemos quedado en reunirnos en la parada del autobús, pero yo he sido más rápida y aún he conseguido llegar a tiempo de cerrarles las chaquetas a los niños, abrirles los paraguas y cargar con sus farolillos hasta la parada.
La calle principal del pueblo está en un valle entre dos colinas, nosotros vivimos en la parte baja de una de ellas y el Kindergarten está en lo alto de la colina contraria, por eso en un día de lluvia y con más de quince minutos de retraso, me ha parecido bien subirnos al autobús para dos paradas. Por cierto que dentro viajaba también un amiguito del gemelo, con su padre, otro que en los cursos de integración no ha aprendido la importancia de la puntualida alemana: un coreano.
Hemos conseguido llegar al punto de encuentro con los farolillos más o menos secos todavía y aún luciendo, pero, como yo había sospechado, el desfile se había cancelado y los otros niños se entretenían corriendo y persiguiéndose por los pasillos del Kindergarten mientras sus padres se animaban con una tacita (o varias) de Glühwein, vino caliente especiado.
Nosotros también hemos dejado los paraguas en un rincón y nos hemos pelado las chaquetas, guantes, bufandas y gorros. Los gemelos se han ido a jugar con sus amiguitos y yo he decidido que necesitaba un subidón de azúcar y me he pedido una taza de Kinderpunsch, zumo caliente. Un rato más tarde mi amiga musulmana, teóricamente abstemia, también ha ido a la cola de las bebidas, pero como no habla y sólo se limita a sonreír, al final tenía en la mano 3 vasos de ponche y una taza de vino…
Cuando le he dicho a los críos que allí al fondo había un hombre con capa roja y espada, la gemela me ha dicho que no podía ser San Martín, porque era demasiado alto (!), y el gemelo tampoco ha mostrado interés en ir a ver la espada de cerca. A mí me había hecho ilusión verle, ya no recuerdo si teníamos uno en los desfiles del Kindergaten de mis hijos.
Finalmente, después de comer unos pocos gansos de galleta, nos hemos empaquetado de nuevo y hemos organizado nuestro propio desfile privado camino de la parada del autobús, cantando alegremente mientras los farolillos de papel se iban descomponiendo y las lucecitas chinas del “Todo a 1€” se iban fundiendo.

Martinszug

Y van tres

En febrero se han cumplido tres años del comienzo de este blog con motivo de la llegada de los refugiados a mi pueblo y el inicio de mi tarea como profesora de integración. Muchos de aquellos sirios y afganos llevaban ya más de siete meses dando vueltas por la región, pero, hasta que no me afectaron directamente, no les habia dado importancia. Ahora me alegro enormemente de haber salido de mi zona de confort y haber dado ese paso hacia ellos.

Cierto es que, de todo el grupo, decidí enfocar mi tiempo y esfuerzo en ayudar a Jakob y he dejado de tener contacto con los otros afganos y con la mayoría de ayudantes. A algunos los he visto por casualidad en la ciudad, en el intercambiador de autobuses, o en las manifestaciones contra las deportaciones, pero estoy entrando en una nueva zona de confort, no quiero tantos sobresaltos constantes y tapoco tengo energías suficientes para repartirlas a más gente.

Mi ahijado Jakob se puede considerar integrado, puesto que trabaja, paga impuestos, paga el alquiler de su piso, está preparando el examen del carné de conducir… Pero sus necesidades emocionales no han cambiado: su madre, enferma del corazón, y sus tres hermanos menores, uno de ellos con problemas en los ojos, siguen viviendo refugiados en casa del tío materno en los arrabales de Kabul, sin más ingresos que los que Jakob les manda de manera esporádica. Y Jakob, que ya tiene 24 años, desearía además tener dinero suficiente para poder casarse algún día y compartir su exilio con alguien con sus mismas costumbres, alguien que le reciba cuando llega exhausto del trabajo y le acompañe durante las comidas. Telefonear conmigo a diario y vernos semanalmente para el intercambio de ropa (su apartamento no tiene sitio para una lavadora) no impide que tenga días grises y noches de pesadillas. En junio se cumplen los tres años de protección subsidiaria que le concedió el ministerio de inmigración. Esperamos que se los prorroguen hasta completar las condiciones necesarias para obtener un permiso de residencia permanente. Ya os contaré.

La familia siria que vino a vivir a la calle de al lado también ha mejorado su situación: el padre trabaja como cartero, la madre tiene un mini-job como limpiadora, los cuatro niños hacen muchos progresos con el alemán y avanzan en sus estudios. Pero no están rodeados de familiares y amigos que les visiten, o a los que poder visitar, como en Siria, y la madre se siente sola algunas veces y a menudo desbordada con los problemas de la educación de sus hijos. Con frecuencia alguno llora porque otro le ha empujado, pegado o arañado, aunque no fuera adrede; si uno recibe un regalo o se compra una chuchería, los otros tres quieren tener exactamente lo mismo; como la madre no sabe jugar con ellos (tampoco tiene mucho tiempo, con tanto que cocina), los puzzles y juegos pierden las piezas y se rompen con rapidez. En invierno los niños suelen acabar delante de una pantalla y la madre repitiendo: Kopfschmerzen, Kopfschmerzen. Dolor de cabeza.

En el primer colegio donde estuvo la hija mayor, una escuela especial de integración para alumnos extranjeros, había una clase semanal exclusiva para niños musulmanes. No sé si sólo hablaban sobre el Corán o había clase de árabe, pero, en cualquier caso, era una manera de mantener el contacto con sus raíces sirias. Desde que la niña recibió el permiso de trasladarse a la escuela regular, habla mucho menos árabe, incluso cuando discute con la madre intenta explicarse primero en alemán. Así que no es difícil ver que los gemelos, que llegaron aquí con tres añitos y ahora cumplirán cinco, pronto no sabrán expresarse en árabe. En Siria no iban a la guardería, nunca aprendieron a decir: trabajos manuales, preescolar, voltereta, ponerse en fila de dos en dos, hacer experimentos… y su madre no ha visto, ni puede imaginar qué es, cuando ellos dicen Morgenkreis (sentarse en corro al inicio del día y hablar o cantar) o Tafeldienst (ser el encargado de limpiar la pizarra). Integrarse supone aprender también de qué va la fiesta de los farolillos de San Martín y las galletas en forma de gansos, saber quién es el conejo de Pascua, que trae huevos de chocolate, y conocer a Elsa y Anna, a Bob el constructor, al bombero Sam y a Bob Esponja, para entender qué andan dibujando los niños y de qué demonios se quieren disfrazar.

Como en el desfile de carnaval la familia se hizo con un buen montón de golosinas frescas, mi amiga ordenó ayer su despensa y me entregó después una colección de aburridas chocolatinas por las que sus hijos no han mostrado interés. Ella me las ofreció con el nombre “chocolate de Mikomaus” y por un momento me quedé bloqueada pensando en el ratón Miki, pero claro, se trataba del Weihnachtsman, nuestro Papá Noel, al que muchos alemanes confunden con San Nikolaus. ¡Qué complicado es integrarse cuando ni siquiera los nativos se aclaran sobre conceptos básicos!

Y aprovechando que hoy es 8 de marzo y todo el mundo está hablando de feminismo (que el diccionario define como igualdad), yo voy a hacer un único comentario: no estoy a favor de ciertos modelos de lenguaje inclusivo. Mis refugiados y yo nos desesperamos cada vez que leemos documentos oficiales alemanes o textos de estudio que alargan innecesariamente las frases con duplicaciones redundantes (todos los ciudadanos y todas las ciudadanas con sus respectivos diputados y sus respectivas diputadas…) y ellos se bloquean también con el modelo equivalente a nuestro «profesores/as, amigos/as» que aquí es con una i mayúscula o un asterisco: LehrerInnen, Freund*innen. Si es preciso ser tiquismiquis, mejor digamos docentes y amistades.

Identidad nacional

Algunos países están intentando defender sus fronteras con uñas y dientes, como si su aleatoria distribución sobre un mapa fuera algo inamovible, en contra de las enseñanzas de la Historia. Los jefes y líderes de estas regiones alegan el peligro de desaparición de su identidad nacional/cultural ante la entrada de numerosos extranjeros. Y eso que los términos nación-cultura y nación-estado tampoco suelen coincidir: los de más al norte hablan quizás un dialecto diferente, los de lo alto de las montañas comen cosas distintas que los del valle, y una cierta fiesta típica se puede dar a los dos lados de la línea imaginaria de la frontera, por pertenecer a una tradición anterior a la existencia de ésta.
Aquí donde yo vivo hay personas de mente estrecha que rechazan que esto sea Baviera y defienden su condición de francones, concretamente de la Baja Franconia, y no están dispuestos a mover un dedo, no ya por otros alemanes, sino por otros bávaros. My terruño first!
También hay personas conscientes de que esto es Europa y, sin dejar de ser alemanes, pueden apreciar la importancia de la democracia griega, el derecho romano, las obras de Shakespeare, la sauna finlandesa o la paella y el turrón levantinos.

La destrucción de la identidad nacional y cultural puede suceder hoy en día de modo simple, sin estar asociada a la entrada física de extranjeros a un territorio. Basta que un ídolo/cantante estadounidense o coreano lleve una cierta prenda de ropa, para que los jóvenes de medio planeta abandonen sus trajes regionales y se vistan como él. Si un youtuber de moda aparece comiendo un cierto plato de comida rápida, éste puede sustituir en breves minutos a todos los guisos tradicionales. Y si una empresa encuentra un hueco lucrativo en el mercado, cualquier fiesta popular puede pasar a ser un fenómeno de masas sin contenido intelectual ni religioso.

Hace casi 20 anos decidí casarme con un alemán y un día le dije, en broma, algo que provocó una respuesta inesperada. Tomando los estereotipos que se supone que definen sin excepción a los 80 millones de alemanes y a los 40 millones de españoles, pregunté: si tú eres racional, puntual, serio, preciso y yo temperamental, impuntual, apasionada y descuidada, ¿cómo serán nuestros hijos? Èl, en su confusión de ser/estar, respondió: desorientados.
Y yo me abracé a él en un ataque de pánico.
Por suerte no ha sido así y nuestros hijos, aunque están en plena pubertad, tienen clara su identidad: se sienten bien en cualquier lugar del mundo donde se coma más carne que verduras (si hay pizza, eso ya es el paraíso); el idioma que hablan con más fluidez es el alemán, pero escuchan a diario música en inglés, aunque en los aviones se ponen las películas en español latino; su atuendo típico es vestir de negro, pero pueden darte la sorpresa de aparecer un día de rojo o hasta de amarillo, porque sí. La patria es para ellos su habitación con sus cosas y el aula del colegio donde pasan tantas horas al día. ¿Hispanoalemanes? ¿Germanoespañoles? Ni ellos ni yo sabemos cómo se define eso. Un par de papeles hay, que tienen que llevar consigo cuando cruzan las fronteras invisibles hacia otros países.

¿A qué viene todo este rollo de hoy?
Desde las 11 horas del jueves soy oficialmente alemana. Para conseguir el documento que lo acredita, además de mi matrimonio mixto, se han considerado mi nivel de alemán, mis antecedentes penales y mi capacidad de subsistencia sin ser una carga para el estado. No me han preguntado si soy racional, puntual, seria, precisa, ni si bebo cerveza o vino de Franconia, si tengo un Dirndl en el armario, o si voy a alguna iglesia – ni siquiera me han pedido que defienda activamente mi nueva patria, sino sólo que me atenga a la Constitución y las leyes, sin hacer nada que pueda poner en peligro a este estado.
Que sea una ciudadana normal, igual que era antes.
Ahí queda el papelito, para lo que sirva.

Halbe Urkunde