Clases muy particulares

Tenía que sucederme a mí, claro, no había otro. ¡Con lo bien que había empezado ayer el día! Todavía estábamos desayunando en el comedor cuando llegaron los profesores voluntarios. Los dos alemanes nos miraron muy serios y se golpearon la muñeca, como si llevaran un reloj de pulsera que no funcionara bien. Los alumnos de sus grupos recogieron las mesas a toda prisa para irse con ellos a clase.
Mi profesora, sin embargo, sonrió y se sentó con nosotros. Ahmed le ofreció un plátano, yo una naranja. También le traje un vaso de agua sin gas, porque le gusta así, como a nosotros. Es que ella no es alemana, sino española, y algunas veces pienso que casi podría ser afgana. Tiene el pelo oscuro y los ojos marrones, le gusta mojar pan blanco en las comidas y dice que le encanta el arroz – y eso que aún no ha probado el kabuli palau que yo preparo. Ella nos trata como si los profesores fuésemos nosotros: por cada diez palabras nuevas que aprendemos, nos pregunta una en dari y se la aprende.
Ayer estaba muy contento de dar clase con ella en el comedor, como si fuéramos una familia, y no un grupo de refugiados. Y por la noche, zas, el tipo que me quiere robar los cuatro euros que tengo, la pelea, la ambulancia, y hoy… aquí en esta habitación de hospital con tres alemanes a los que casi no entiendo, y el médico que habla tan rápido, y la enfermera que no me entiende a mí, y esta comida que no pienso probar…
Aquí solo, mirando por la ventana y pensando, y casi deseando haber muerto en Afganistán, como mi padre y mi hermano…
-¡Hola! ¿Puedo pasar?
Me pongo en pie de un brinco, abro los brazos en cruz y sonrío tanto como el dolor me lo permite.
-¡Mi profesora!
Ella se acerca con una sonrisa y me abraza con cuidadito. También me da dos besos, como si fuera mi tía, o mi madre, como si fuéramos familia. Después saca unas cosas de su bolsa de tela y las deja en la mesa.
-Te he traído plátanos, naranjas y cacahuetes, como tú me enseñaste ayer: badán-e zaminí, las almendras de la tierra.
¡Me muero de hambre! Sigo sonriendo y le digo: tú familí-ma asti.
-¿Es mi lección para hoy? Es fácil: tú eres mi familia.
Mientras yo pelo un plátano, ella saca de la bolsa el libro de alemán y salimos al pasillo a buscar un lugar tranquilo para dar una clase particular. A ver si consigo que mañana me traiga arroz, aunque sea ese suyo amarillo.

Karen M. Paramio para el concurso de relatos #MiMejorMaestro de la editorial Zenda, http://www.zendalibros.com

¿Qué voy a hacer sin ti?

Por fin ha llegado el momento de irme de vacaciones y así se lo anuncio a mis alumnos y a mi ahijado. Las clases de la Universidad Popular terminaron el 29 de julio, paralelamente con el curso escolar en el estado de Baviera, pero todavía me quedaban dos alumnas privadas: una, la peluquera que viene los lunes, que es el día en que libran todos los peluqueros alemanes, la otra, mi encantadora vecina, la señora G.

La buena de Frau G. me abordó un sábado noche en un concierto de música andina para suplicarme un curso intensivo de conversación. Esta dama, de 70 años de edad, colabora activamente en una asociación de ayuda a Latinoamérica y, por azar, ha resultado elegida para supervisar en septiembre los proyectos patrocinados en Bolivia.

Frau G. entiende bastante español, pero a la hora de hablar, además de no atreverse, se le mezcla el francés, y no sabe simplificar las frases. Durante las semanas en que hemos dado clase, mi querida vecina no ha parado de decirme lo a gusto que se siente conversando conmigo, porque parece que yo le leyera el pensamiento, le deduzco las palabras casi antes de acabar de decirlas y a menudo le propongo una versión fácil y simple de expresar aquello que a ella tanto le cuesta decir.

Ahora me voy de vacaciones y Frau G. se lamenta: “¿Qué voy a hacer 3 semanas sin usted? Se me va a olvidar todo.”

No es la única, claro. También mi ahijado afgano me repite con frecuencia cuánto le gusta hablar conmigo, que le entiendo siempre, incluso cuando pronuncia la w como gu, además le hablo claro, le doy ejemplos útiles de cómo integrar una palabra nueva en su día a día y le ayudo con los deberes hasta por teléfono, adivinando lo que pide el libro.

Jakob me dice: “Quiero que tu familia y tú tienes buenas vacaciones.” Y luego añade flojito: “¿Qué hago yo 3 semanas sin ti?”

Por suerte su curso de integración no hace pausa, él se prepara un buen brunch por las mañanas, va a clase a diario de 13:30 a 17:30 h, sigue teniendo deberes y un montón de material para leer y repasar, y dos amigos a los que visita de vez en cuando. Pero mis intentos de hacerle quedar con otra profesora fracasan estrepitosamente. “No quiero otra profesora, quiero que vienes tú. Yo espero.”

Ay, Jakob, ¿qué voy a hacer yo, 3 semanas sin ti? Se me va a olvidar el poco farsi que he aprendido, porque no puedo ir por ahí diciendo: «Man paella míjoram, man sangría mínusham.»

Prejuicios

Prejuicios 1:
Jakob y yo nos encontramos en el pasillo de espera de la oficina de extranjería. A nuestro alrededor hay otros cuatro jóvenes delgados de cabellos negros y ojos oscuros, dos de ellos acompañados por mujeres de mediana edad, otro acompañado por un jubilado de cabellos plateados, el último, de piel cetrina y ojos rasgados, solo, pero relajado. Ya hace más de quince minutos que esperamos juntos y nos encontramos, como quien dice, en familia.

De repente, el agradable ambiente familiar se ve interrumpido por un elemento discordante. Un nativo alemán, alto, grande, rubio, de ojos azules, con la camisa por fuera de los vaqueros, entra balanceándose con pasos de borracho. Tiene la piel enrojecida por el sol y de su mano izquierda cuelga una botella.

Tras seis zancadas bamboleantes, el hombre desaparece en uno de los despachos al final del pasillo, porque es uno de los funcionarios que trabaja allí. La botella que lleva contiene agua mineral.

Pero si en lugar de estar en ese pasillo, me lo cruzo en un pueblo de la costa española, me alejo asqueada pensando que es un hooligan.

Prejuicios 2:
Jakob y yo caminamos por uno de los puentes sobre el río de la ciudad vecina. En sentido contrario se nos acercan dos hombres jóvenes, altos, de cabellos morenos, ojos marrones, piel suavemente tostada, que lucen barbas de tres o cuatro días. Uno de ellos gesticula con una mano mientras habla.

Puesto que son de complexión normal, y no tan flacos como suelen ser los afganos, los etiqueto de sirios y sigo conversando con mi amigo.

Cuando por fin se cruzan con nosotros me doy cuenta de que van hablando en mi lengua materna.