Rechazamos la violencia y el terror

Hay escritores que aprovechan sus momentos de melancolía para crear sus mejores  obras filosóficas. Otros escriben inspirados por su rabia y su furia ante una situación injusta, y de esta manera consiguen personajes de caracteres fuertes y fascinantes.

Yo sólo puedo escribir pasablemente bien cuando me siento animada, porque mi idea básica al teclear es entretener a mis lectores, mostrarles escenas y ambientes positivos siempre que sea posible y no deprimirlos. Por eso los últimos días, en que no estaba muy allá de ánimos, no he sido capaz de escribir. A ver qué me sale hoy.

Lunes, 18 de julio: ataque con hacha y cuchillo en un tren en las cercanías de Würzburg. 5 heridos graves, uno sigue aún en peligro de muerte. Responsable: un refugiado afgano de 17 años que llevaba dos semanas viviendo con una familia alemana (en el mierdapueblo de Gau…, pero no eso no ha sido el detonante). En internet circula un vídeo en el que el adolescente anuncia su simpatía por el grupo terrorista Estado Islámico (aquí IS) y la familia de acogida refiere que el sábado anterior se había mostrado afectado por la noticia de la muerte de un amigo suyo en Afganistán.

Muchos de estos jóvenes que vienen sin sus familias están traumatizados por los hechos que les obligaron a abandonar familia y país, y por lo que han vivido en el viaje – han soportado mucho sufrimiento y han visto gente morir. Necesitan apoyo y tratamiento psicológico, porque alguno de ellos, como este del hacha, puede llegar a su límite y volverse loco. Estos casos extremos, son, sin embargo, la excepción – eso es lo que debemos recordar.

El martes, Jakob estaba avergonzado y atemorizado. Insinuó que se sentía enfermo, porque no quería ir a clase para no sufrir las miradas de los pasajeros del autobús, para no enfrentarse a las preguntas de la profesora y de los otros inmigrantes del curso. Yo fui a verle, hablamos, tomamos té juntos, repasamos los deberes… me preguntó tres veces qué iba a pasar ahora con su búsqueda de apartamento. Le respondí la verdad: de abril a julio he contestado a unos 60 anuncios, hemos recibido 6 invitaciones para ver los pisos, aunque 3 de las invitaciones fueron canceladas en el último momento (la última justo tras el ataque). Sólo una vez he hablado directamente con el casero, el resto del tiempo me contactan los antiguos inquilinos, estudiantes, a veces de buena voluntad, pero que no pueden influenciar a los caseros recelosos.

Ismaiel, que está en una escuela que prepara a los inmigrantes para hacer Formación Profesional, estaba también avergonzado, pero, en lugar de esconderse, él accedió a conceder una entrevista a la televisión regional en la que hablaba del rechazo de los refugiados a todo tipo de violencia. Podéis ver un resumen del vídeo en: http://www.br.de/mediathek/video/sendungen/frankenschau-aktuell/don-bosco-fluechtlingshilfe-100.html

Viernes, 22 de julio: disparos contra adolescentes en un restaurante de comida rápida de un centro comercial de Múnich, 9 muertos y numerosos heridos. Responsable: un joven alemán de ascendencia iraní, de 18 años, que desde hacía un año estaba planeando la terrible acción. Uno de sus motivos: no soportaba que la gente le confundiera con un inmigrante, se sentía tratado de manera despectiva.

Domingo, 24 de julio: una mujer es asesinada con un cuchillo de tajar Döner Kebab, otras 5 personas son heridas. Responsable: un joven refugiado sirio de 21 años, que tenía/había tenido una relación con la mujer, quien era de origen polaco y tenía 42 años (porque el amor y la falta del mismo no dependen de la edad, la religión ni las nacionalidades). El joven era conocido por sus reacciones violentas, aparentemente consumía alcohol y quizás drogas. Las ovejas negras existen.

También el domingo 24 de julio: atentado terrorista con mochila-bomba a la entrada de un festival musical, 12 heridos. Responsable: refugiado sirio de 27 años, con contactos en el grupo terrorista IS, al que se le había negado la residencia y debía ser deportado a Bulgaria, país en donde fue registrada su entrada a la Unión Europea.

No voy a entrar en grandes análisis: si habéis leído mi artículo “Testimonio: habla un afgano”, sabéis que Jakob vino huyendo de la violencia que acabó con las vidas de su padre y de su hermano, y que amenazaba la suya. Lo mismo que han hecho muchos otros afganos e innumerables sirios, que además de la amenaza del IS, sufren desde hace años una guerra civil que se había visto venir y pudo haber sido evitada – si se hubiera querido. Pero este no es el blog indicado para hablar de las provechosas exportaciones bélicas alemanas.

¿Cómo creo yo que hay que reaccionar ante la violencia y el odio? Aprendiendo desde muy jóvenes a aplicar las enseñanzas de otros que ya meditaron sabiamente al respecto, como por ejemplo: Buddha, Confucio, Eurípides, Jesús, Rousseau, Bertha von Suttner, Mahatma Ghandi, Martin Luther King, Anne Frank, John Lennon y Malala Yousafzai.

Sí, lo sé, tengo mucho de Quijote. Es el año adecuado para sacarlo a la luz.

Mujer europea versus hombre afgano

Es viernes, 3 de la tarde, estoy en la ciudad con mi hijo menor. Hemos pasado por la óptica a ajustar sus gafas y queremos echar un vistazo a unos pantalones cortos, cuando me llama Jakob.

Él se ha escapado antes de clase de alemán para ir a la mezquita turca a la oración de las 13:30h, que es el equivalente a la misa del domingo, y ahora está en la estación de autobuses preguntándose si regresar a su aburrido alojamiento y tratar de dormir un rato hasta la cena (sigue siendo ramadán) o subirse al autobús que lleva a mi pueblo y hacernos una visita.

Le digo que me dé quince minutos para comprar los pantalones y que entonces nos podemos reunir en una placita a medio camino y charlar un rato. Le parece bien. A mi hijo no tanto – él está deseando regresar a casa para jugar al ordenador o a la consola, y además sospecha que nuestra charla tendrá lugar en el parque y no en una heladería, por aquello del ayuno musulmán.

Así que cuando Jakob aparece en la plaza, mi hijo ya tiene su abono de transportes  en la mano y a los pocos minutos se sube al autobús con la bolsa de los pantalones nuevos y se larga. Mi ahijado afgano pone cara de sorpresa y pregunta si no deberíamos acompañarle. En ese momento no caigo en la profundidad del pensamiento que se esconde detrás de su pregunta, y le respondo con calma que mi hijo va todos los días él solo en autobús y vuelve a casa sin ayuda, incluso haciendo trasbordo al tranvía en los días en que tiene clases extraescolares. Además su hermano está en casa, no va a estar solo. Jakob suelta un “oh” y ladea un poco la cabeza.

Después nos sentamos a charlar en el parque, como mi hijo bien había sospechado, y se nos pasa el tiempo sin darnos cuenta. Mi autobús sale cada 20 minutos, pero el de Jakob nada más circula una vez por hora, así que trato de no despistarme y que lleguemos a tiempo al intercambiador para que no tenga que esperar mucho.

Sin embargo, al acercarnos a las dársenas, Jakob contempla con horror cómo se marcha mi autobús delante de nuestras narices y anuncia: “yo espero hasta tú vas con próximo autobús”. Sonrío y explico que no merece la pena, que mi autobús vuelve a pasar 15 minutos después de irse el suyo. Pero él insiste: no se va si no me deja antes a mí subida al autobús. Todavía estoy medio sonriendo mientras trato de aclararle que no voy a consentir que se quede en la parada, aburrido y medio muerto de sueño, durante 45 minutos. Él está serio, protesta de nuevo y pierde intencionadamente su autobús. Afgano testarudo.

Nos sentamos en un banco cerca de mi parada y le cuento, esta vez ya sin sonrisa, que no voy a subirme al primer autobús ni al segundo, sino al tercero, para que él sólo espere 5 minutos sin compañía. Él niega con la cabeza, la tensión crece.

Llega mi primer autobús y no hago amago de levantarme. A ver quién es más testarudo de los dos.

Nos miramos fijamente y le explico que estamos en Europa y que yo puedo subir y bajar del autobús cuando me dé la real gana, que estoy acostumbrada a esperar sola, que no me va a pasar nada, que no necesito la presencia de un varón para desplazarme por la ciudad como pueda ocurrir en Afganistán o en Arabia Saudí. El autobús se va.

Seguimos allí, mirándonos fijamente, y ahora él me explica que, desde que llegó a Alemania, su vida consiste en esperar, que ya está acostumbrado y no se va a aburrir de esperar solo, y que yo debo irme con el segundo autobús porque en casa están mis hijos y luego llegará mi marido, mientras que él no tiene ninguna prisa.

Aparece mi segundo autobús y aún estoy tentada de decirle que no me voy hasta el siguiente. Pero no quiero que nos despidamos con esa tensión, no tiene sentido seguir siendo cabezotas los dos. Él no quiere controlar mis movimientos, sino demostrarme su aprecio y respeto, y no es un ser indefenso que me necesite… a mi hijo le he dejado irse solo.

Sonrío y le digo que me voy en el segundo autobús, y él sonríe también y toda la tensión desaparece mágicamente. Le doy un abrazo ligero y dos besos falsos y agitamos la mano como tontos hasta que mi autobús se aleja…

…y tiene que hacer un desvío porque están empezando a cortar las calles para un evento cultural, y al final me alegro de no haber esperado al tercer autobús, ya que para entonces el follón callejero habría sido aún mayor.

Trámites 2: la educación y el bienestar no se tramitan

Mientras tanto esperamos que la responsable de cursos de integración nos contacte con propuestas. De momento Jakob va diariamente de 8:30 a 13:30 a un curso de alemán básico en el que probablemente no recibirá ningún diploma. Le han dado un libro muy majo que, de ser seguido consecuentemente, le llevaría en poco tiempo a demostrar que tiene nivel A1.1, pero trabajan casi a diario con fotocopias sueltas de temas dispares y juegan.

Los juegos en la clase son importantes para afianzar la gramática y el vocabulario de forma lúdica. Pero previamente hay que haber adquirido dicha gramática. Jakob es el más avanzado de la clase y los demás le frenan. “Profesora Sabine, clase aburrida, yo ya sé”. “Jakob, no estás solo en la clase. Vamos a jugar al vendedor y el cliente”. “Profesora Sabine, yo voy supermercado todas las semanas, no quiero jugar cliente otra vez, por favor”. “Jakob, no molestes, recorta del periódico palabras sobre comida y bebida”.

“Profesora Karen, clase muy aburrida”. “¿Puedo ver tu fotocopia?”. Título: adjetivos posesivos. Ejemplos: mi muñeca, tu hámster, su oso de peluche, nuestras jarras de cerveza… todo lo que un afgano siempre ha deseado poseer. “Oh, Jakob, tu clase es muy aburrida. Yo escribo unos ejemplos para ti”. Jakob lee: “Mi tarjeta del banco, tu billete de autobús, su pasaporte, nuestra habitación… Oh, ahora yo entiendo”.

Sin embargo yo sigo sin entender cómo se van a integrar estos pobres muchachos.

La vida en un alojamiento descentralizado, compartiendo habitación con otras tres personas y ducha con once, no es muy agradable. Siempre hay algún refugiado más vago o más desencantado de la vida (uno que espera y espera, no tiene acceso a ningún curso de alemán y pocas esperanzas de conseguir la residencia temporal), que se niega a participar en los turnos de limpieza de la casa. Y si además el casero y su mujer resultan ser del tipo indeseable, que husmean a todas horas, no permiten muchas visitas y sólo colaboran el día antes de que el Controlador de centros haga su visita de rutina… pues entonces hay que ponerse a buscar piso inmediatamente.

Eso se dice fácil, pero llevarlo a la práctica y tener éxito son cosas diferentes. Tenemos varias limitaciones. La primera es el alquiler: el Job Center tiene un presupuesto ajustado y hay que regatear cada euro; la segunda es que Jakob quiere estar cerca de mi casa y no lejos del transporte público. La tercera es que algunos caseros directamente no contestan a e-mails que anuncian “refugiados” (y eso que el alquiler está garantizado por el estado alemán), a veces no responden ni siquiera si escribo “extranjero”.

Conseguimos ver una habitación en un piso compartido con dos estudiantes. Hm, uno de “ellos” resulta ser una chica. Jakob no ha manifestado nunca problemas en el trato con mujeres, pero no es lo mismo verlas pasear por la ciudad o tenerlas de profesora o empleada del Job Center, que tenerlas en casa todo el día, todos los días.

La casera nos anima por teléfono, dice que cree que tenemos posibilidades, pero que de momento se va diez días de vacaciones, mientras otros interesados ven la habitación y los estudiantes toman la decisión final. Yo sigo mandando correos y llamando, sigo recibiendo respuestas negativas (uf, ya tengo más de diez interesados, uf, prefiero mujeres, uf, sólo alquilo con garaje incluido que cuesta extra…)

Jakob es exigente. El piso compartido es buhardilla, lo mismo que en su actual alojamiento, y el techo bajo le agobia. ¡Pero chaval, si tú también eres bajito! Además, después de estar a punto de morir en un barranco en las montañas iraníes y en los bosques rumanos, deberías aceptar cualquier basura que un europeo te ofrezca y callar. Ya no eres humano, recuérdalo, eres un ganado que transportamos de campamento en campamento, no tienes derecho a quejarte. Ponte de rodillas y friega el suelo de la ducha comunitaria sin guantes, como exige tu casero o arriésgate a ser echado a la calle.

Jakob es exigente. Si se va a un apartamento, no le importa que sea muy pequeño, ni que la cocina sea vieja, no quiere balcón ni jardín, ni otras cosas, pero quiere un lugar cómodo y duradero, donde sentirse bien – quiere un hogar.

Sigo buscando.