Jakob 2: promesas

Bien, he conseguido aplazar el traslado de Jakob en dos días y, en ese tiempo, voy a tratar de darle la mayor sensación de hogar que pueda. Sin embargo es inevitable que lo primero que haga sea aparcarlo delante de la tele mientras preparo el almuerzo de mi familia.

Como lo de poner la energía del universo de mi parte no se me ha ocurrido hasta esta mañana y no apliqué ayer Feng Shui a mi nevera, la única carne que tengo en casa es de cerdo. Hm, mal empezamos. Además ya la tengo en una fuente mezclada con unos champiñones, macerando en una salsa de tomate y nata agria, a la espera de ser cubierta de queso y gratinada. En fin, le daremos pan y ensalada y ya compraré algo por la tarde. Días peores ha pasado el pobre en su travesía por Europa, días en los que sólo comió una triste y seca galleta.

Mi marido y mis hijos van llegando, saludan a Jakob y pasan a sentarse. No es, por supuesto, ni la primera ni la segunda vez que tenemos invitados extranjeros a comer. De mi mesa se han servido ya anteriormente personas encantadoras de al menos seis nacionalidades, sin contar los latinoamericanos de la Asociación Hispanohablante. Aún así, lo de hoy es especial, porque nadie sabe bien qué decir, el pobre Jakob no quiere comer nada de nada, no hace más que dar sorbitos a su vaso de agua, le ofrezco un plátano o un yogur y tampoco los quiere… Total, que a mí se me quita el apetito también – a ver si al menos, entre no dormir y no comer, pierdo los dos kilos de las Navidades.

Después de comer, los niños se van voluntariamente y sin la menor protesta a hacer los deberes, lo cual es un poco sospechoso, pero se agradece. Christian le da a Jakob acceso a nuestra WLAN, se despide murmurando que habría que tocar unas cuantas cosas en ese móvil, y vuelve al trabajo; eso es normal. Bien, me he quedado sola con “mi” afgano de nuevo, le pregunto si quiere dormir, o si quiere té, pero no quiere nada. Para matar tiempo nos sentamos en el sofá y buscamos España, Alemania y Afganistán en un atlas, luego miramos unos álbumes de fotos. Más tarde salimos a pasear un poco y compramos un par de cosas en la tienda de kebab, y después Jakob llama a Sadik para quedar con los otros afganos y aclarar quién se va con él al otro campamento.

A la hora convenida Jakob sale a buscarlos y los trae a casa. Yo, inocente de mí, espero encontrarme al menos siete afganos, ya que las familias no podrán ser trasladadas a Gau… y eso descarta al joven Reza y a Ashkan y sus hermanos, pero cuando suena el timbre, resulta que sólo han venido los tres que compartían parcela con Jakob desde hace meses. A Ismaiel no lo había visto hasta ahora, porque por las mañanas está estudiando en una escuela de F.P., pero a Sadik y Gulab/Gulabgull los conozco un poco del grupo de Moni, analfabetos, y de la excursión. Cuando Gulab se presentó la primera vez, nos dijo su nombre muy rápido y junto con el apellido y sonaba terrible, algo como Gulabgullkjhgfdsx. Estuve tentada de proponerle como abreviación “Leeloo”, pero obviamente él no habría captado el chiste (Recomiendo ver la película El quinto elemento).

Pasamos al salón, se acomodan, les ofrezco té, no quieren, les ofrezco agua, aceptan, les traigo vasos, Jakob se los llena y empieza la conversación.

Durante la primera media hora aún están comentando lo ocurrido en el vestuario y la pelea en el comedor. Ismaiel, que habla muy buen alemán, me traduce algo de vez en cuando. Es curioso observarlos mientras hablan, ver cómo se comporta cada uno. Por ejemplo, Jakob e Ismaiel parecen muy calmados, no levantan nunca el tono de voz, aunque arruguen el ceño un poco. Si me los cruzara en el campus de la universidad no los miraría dos veces, son dos jóvenes normales y corrientes. Sadik se revuelve constantemente en el asiento, inquieto, y es el que más gesticula. Si le apagaran el volumen podría pasar por campesino siciliano. Todavía recuerdo cómo lloraba por la mañana. Probablemente es un hombre con más pasiones que cerebro. El joven Gulab parece aburrido, falto de interés, no mira nunca a los ojos de los demás cuando habla. Este chico desprende un algo varonil y salvaje, un poco peligroso. Espero que no se meta en ningún lío por asuntos de faldas. Ah, otra cosa en la que no había caído hasta ahora: Jakob no fuma, pero los otros tres apestan a tabaco.

Después de poner a ciertos sirios a caldo, pasamos a la fase de buscar en el plano la situación del campamento de Gau… y la del pueblo donde irán los demás dentro de diez días. Para Ismaiel la cosa está clara, no puede irse demasiado lejos de la ciudad, para poder seguir asistiendo a clase. El nuestro es de momento el pueblo con mejor conexión de autobús. El peor, sin duda, es Gau… Tengo claro que la ciudad no tiene espacio para tanto refugiado, pero mandarlos a estos mierdapueblos, como diría Fátima Casaseca, no es la manera de que se integren. En un pueblo de esos no me integro ni yo, vamos, al primer invierno me suicido.

Jakob parecía estar esperando esta respuesta de Ismaiel, no parece afectarle demasiado. Luego se gira hacia Sadik, quien se revuelve otra vez y gesticula de modo tan evidente que puedo interpretar sus palabras sin lugar a duda: “My brother, mi hermano, donde tú vayas, allí iré yo”. Sadik tiene casi una rodilla en la alfombra, está entregando su corazón a Jakob, quien asiente una vez con cara de alivio y procede a darle las gracias efusivamente. Ismaiel quiere traducirme, pero le interrumpo y le digo: “Eso se entiende en todos los idiomas. Se llama Amor”. Cuando Jakob pregunta a Gulab, éste asiente tres veces y dice algunas palabras poco apasionadas. Ismaiel concluye: él se queda, los otros dos se van a Gau…

Les recuerdo que es un campamento donde no hay familias, no habrá bebés llorones que les molesten por las noches y probablemente no habrá sirios. Deben explicar eso a Sharifi y los otros, por si alguno más quiere ser trasladado. Todavía charlan un rato y luego Jakob los acompaña un trecho.

Hasta la hora de cenar jugamos un par de rondas a las cartas con mis hijos: UNO, como en la clase de alemán del polideportivo. Luego sirvo queso, embutido (cerdo otra vez, mal, mal), paté vegano (hummus árabe, tampoco es ideal), ensalada mixta y panes diversos. Jakob se llena un pan pita con ensalada y procede a mascar cada bocado cien veces y pasarlo con un trago de agua. Si esto sigue así, en lugar de dos, acabaré perdiendo cuatro kilos.

Los miércoles por la noche, que no doy clase de español, suelo ir a clase de danza del vientre. Consulto a mi marido y él me insta a que me vaya como siempre, que se va a ocupar del móvil de Jakob y que luego hay fútbol en la tele. Así que me voy a bailar con la conciencia tranquila. Claro que la música árabe que empleamos en la clase no hace precisamente que me olvide de todo lo que ha ocurrido en este día tan complejo.

Cuando vuelvo a casa veo con sorpresa que el partido apenas lleva seis minutos, antes sólo había entrevistas. ¿Qué han estado haciendo entonces? En la mesa del comedor hay un paquete de fotos, pero ni mi marido ni Jakob hacen amago de enseñármelas. Poco después Jakob anuncia se va a acostar, y se lleva las fotos. Hm, es un poco raro, en el campamento suelen acostarse muy tarde, porque siempre hay mucho ruido y jaleo. Pero bueno, ahora acaba de pasar dos noches en el hospital y probablemente él también está abrumado por los acontecimientos de hoy. Me despido de él a la puerta de su cuarto, no puedo evitar darle un abrazo flojito, por si aún le duele algo, y un beso de las buenas noches, como hago con mis hijos.

Regreso pensativa al salón y Christian me aclara el misterio con un susurro: “Las fotos son de su hermano, que era soldado y fue asesinado por los talibanes. Ha dejado viuda y un bebé de un mes. No veas cómo hemos llorado los dos mientras me las enseñaba y me contaba su historia.”

Día 1: burocracia

Se dice que Alemania es el país de la lógica y la razón, y por eso el proyecto de voluntariado se inicia con papeleo y un plan de trabajo.

Llego tarde a la primera reunión, no por falta de puntualidad, sino porque estaba dando clase. Espero que no me lo tengan en cuenta. Por lo menos intento dar una imagen profesional y responsable y me engancho en la solapa el cartelito con mi nombre que uso en las reuniones de la Universidad Popular. Tengo que convencerlos de que me acepten como profesora.

Como es típico, el único asiento libre es el que está más lejos de la puerta… y además resulta estar a la izquierda de la coordinadora del grupo, Frau Wiener. Siento todas las miradas clavarse en mí y antes de terminar de sentarme ya estoy roja como un tomate, pero mientras me presento y trato de explicar lo que puedo aportar al grupo todos asienten y sonríen. ¡Me han aceptado!

Parece que los formularios acaban de ser repartidos y todavía están rondando por las mesas, pronto llegan a mis manos. El primero es el plan de horarios y me apunto todas las mañanas de 10 a 12h, ya veré luego qué hago con la alumna de español que tengo cada dos lunes.

El segundo documento que me llega es la declaración jurada de que no he cometido delitos relacionados con abusos sexuales, malos tratos, etc. Relleno y firmo, listo.
El tercer documento, el más importante, es el que me reconoce oficialmente como voluntaria y me permite acceso al centro de acogida. Ese no me llega… ni a las cuatro personas de mi izquierda… Si en la lista de candidatos a profesores había veinte nombres, ¿cómo es que Frau Winter sólo tiene quince ejemplares del formulario? Pues porque los alemanes también son falibles, meten la pata, se despistan y hacen chapuzas cuando nadie los controla.

No es grave, bastará con ir temprano al ayuntamiento y rellenar allí el formulario, antes de dos horas tendré una copia del documento en mi buzón y seré oficialmente profesora de alemán para refugiados.

La reunión se ha celebrado en la misma sala del polideportivo donde daremos las clases, en el primer piso, y a la salida nos entretenemos curioseando desde la barandilla de la galería las vallas y cortinas que servirán para delimitar el espacio del que dispone cada familia o grupo de refugiados. Detrás de nosotros alguien comienza a colgar lonas que impidan mirar hacia abajo.

Llega tarde: ya se nos ha caído el alma al suelo.

Día 0: me decido

Desde octubre de 2015 estamos escuchando que podríamos tener que alojar refugiados en nuestro polideportivo, pero nadie confirma los rumores. Por si acaso, los distintos departamentos de la asociación deportiva comienzan a organizar un plan de entrenamiento alternativo:  a unos les tocaría el gimnasio del colegio, a otros el salón de actos debajo de la iglesia católica.

Yo todavía veo esto de los refugiados muy distante, sobre todo, porque siempre se oye que sólo ciertas personas autorizadas tienen acceso a los centros de acogida y no conozco a nadie que trabaje en este entorno. Sin embargo me empieza a picar la curiosidad.
En diciembre se confirma: tendremos refugiados y harán falta voluntarios que colaboren. Como en general yo doy clase por las tardes, podría robarle un par de horas a las labores domésticas y a mi novela por la mañana y ayudar. Pero ¿a qué, cómo? No quiero clasificar ropa donada ni cocinar, lo que me gustaría es hablar con ellos, darles clase de alemán y preguntarles cómo se dice en su idioma esto y aquello.

Pero yo misma soy extranjera y aún cometo algunos errores con las declinaciones… No me van a querer.

En enero de 2016 el ayuntamiento da una charla explicativa, aunque no explica demasiado… por lo menos los concejales han preparado listas para que se apunten los voluntarios en tres grupos: servicio de taxi y acompañamiento, Kindergarten, y clases de alemán. ¿Qué hago?

Pues me apunto, y si no me quieren, ya me lo dirán.