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Me hubiera gustado publicar un artículo en clave de humor para el 1 de abril, pero no estaba de ánimos. Hoy, por lo menos, voy a intentar aclarar algunas de las preguntas que me llegan de lectores y amigos.

1 – Vivienda
El 1 de marzo Jakob inauguró su apartamento, todavía con el colchón de mi cuarto de invitados por el suelo, sin mesa ni sillas, sin cortinas ni persianas. Mi suegra le había cedido amablemente algo de vajilla, herencia de las bisabuelas, y durante tres días comió sentado en el colchón y con el plato en el suelo, muy a la afgana.
Después mi marido consiguió en internet una cama barata y un aparador, mis suegros trajeron una mesa y cuatro sillas, compramos una tele y mi suegra se ofreció a arreglar unas cortinas de cuando sus hijos eran estudiantes.
Jakob está contento con su apartamento y se maneja bien viviendo solo, va en mi vieja bicicleta rosa a hacer la compra a la tienda turca junto a la mezquita, recibe visita de su par de amigos, ve musicales de Bollywood en alemán con las canciones en urdu y canta con ellos.
El piso es caro, no será fácil pagarlo cuando el Jobcenter deje de darle ayuda social, pero está cerca del centro y supone un gran avance emocional para Jakob.

2 – Trabajo
Jakob sigue fregando platos en el hotel dos veces por semana, si el jefe no le llama de emergencia para sustituir a alguien, lo que ya ha ocurrido un par de veces. Cobra el salario mínimo, que ahora mismo está en 8,90 € por hora, y paga, por primera vez en su vida, impuestos.
Por las mañanas va a una especie de escuela “de orientación profesional”, donde, teóricamente, ha aprendido a escribir un currículo y una carta de presentación y donde le están tramitando prácticas en un par de empresas, para que vea en qué rama le interesaría trabajar o incluso iniciar una formación profesional dual. Esto último sería lo que a la larga le proporcionaría un mejor sueldo, pero supone tres años de escuela paralelamente a las prácticas pagadas, y esas clases son un hueso duro de roer para quien no tiene tan buenos conocimientos de alemán y matemáticas. Jakob prefiere empezar a trabajar directamente, ahorrar lo más posible y, después de unos años, abrir un negocio propio, porque es lo que en su país proporciona mayor estabilidad económica. El problema es que empezar a trabajar tampoco es fácil cuando no se tienen conocimientos previos de nada, y fregar platos a tiempo completo no genera grandes ahorros ni perspectiva de evolución gracias a la experiencia adquirida.
En las últimas dos semanas ha realizado unas prácticas en un supermercado, es decir, ha transportado productos del camión a los estantes durante 6 horas diarias y sin cobrar un euro. Su sueño de atender la caja, al menos a ratos, no se ha cumplido, a pesar de estar estipulado en el contrato. Jakob no sabe decir “abusar” ni “aprovecharse de”, pero puede decir “utilizan a la gente” y con eso queda todo claro.

3 – Familia
Tener familia no es compatible con el deseo de ahorrar y abrir un negocio. Sobre todo si la familia reside en un país donde el tío sólo encuentra trabajos temporales, el hermano que más tiempo ha ido a la escuela no puede buscar trabajo porque corre peligro de muerte y la madre está con frecuencia en el hospital.
La última noticia que tenemos de ella ha llegado a través de un amigo que está exiliado en Bélgica y quien ha llamado a Jakob para preguntar amablemente “si ya se sabe algo de la operación de tu madre”. El tío miente sobre la situación, en teoría para no poner nervioso a Jakob, pero el pobre no ha conseguido que nadie le explique realmente si se trata de algo de cadera, como el tío insinúa, o es algún órgano interno en un radio de un par de palmos…
Estoy tentada de iniciar una colecta en internet para ayudar a pagar el hospital, porque Jakob no tiene, ni tendrá nunca, ahorros suficientes para todo lo que se le viene encima. Pero, ¿cuántas otras colectas hay ya por internet, todas para salvar vidas en distintas partes del planeta? ¿Tiene algún sentido intentarlo?

Siete de un golpe

¿Hay algo peor que buscar piso durante meses y no encontrar nada? Pues claro: tener un contrato de alquiler en la mano y que el funcionario del Jobcenter no pueda hacer nada con él, porque, tras el papeleo de meses y meses, en el carné de identidad de Jakob se ha perdido la información sobre dónde tiene permiso de residencia.

Después de 10 meses de búsqueda, 250 e-mails, veintitantas llamadas, nueve visitas a pisos, y cuatro paseos inútiles a una administración de fincas, por fin tenemos un contrato para un piso no demasiado feo ni viejo y bastante cerca del centro como para ir a pie o en bici a todas partes y compensar así el precio. Pero no sabemos si Jakob puede mudarse de la provincia a la ciudad.

Por fin me cogen el teléfono en la oficina de extranjería y una dama es suficientemente amable como para buscar el acta de Jakob… En su respuesta no queda claro si ha encontrado la información o si, a falta de ella, va a hacer la vista gorda y firmar lo que sea, al día siguiente a primera hora. Así comienza nuestro periplo por las 7 ventanillas.

7:30 a.m. Abre la oficina de extranjería, Jakob coge número y media hora después se entrevista con la dama, quien le escribe, a mano, en la hoja verde que acompaña a su carné: Permiso de residencia en todo el Estado Libre de Baviera. Genial.

8:30 a.m. Abre el Jobcenter de la ciudad, allí estoy yo haciendo cola otra vez con el contrato. Gracias a la intervención de otra amable dama que trabaja allí y a la que conocí justo la noche anterior en un encuentro con lectores de “Multikulti”, esta vez no tenemos que esperar tres horas, sino sólo media. El funcionario del Jobcenter de la ciudad nos recibe, comprueba la anotación de la hoja verde, echa un vistazo al contrato de alquiler, da el visto bueno e inicia el procedimiento de traslado de competencias de la provincia a la ciudad. Al cabo de un momento nos entrega una lista con los documentos que hay que presentar en la siguiente visita. Hm, algunos los llevamos con nosotros, los demás se podrían conseguir si nos espabilamos y tenemos un poco de suerte: es el único día en que tanto el Jobcenter de la ciudad como el de la provincia abren por la tarde.

10:00 a.m. Dejo un mensaje al casero para ver si nos podemos reunir y firmar el contrato, ahora que ha sido aceptado. Mientras llega la respuesta caminamos hasta la sucursal del seguro médico, a por una copia de la hoja de afiliación y, ya de paso, notificamos la nueva dirección de Jakob.

10:30 a.m. Como el casero no responde, subimos al autobús y nos presentamos de improviso en el Jobcenter de la provincia. El empleado responsable de los asuntos financieros de Jakob me confunde con su siguiente cita, que se está retrasando, y yo aprovecho para entregarle la aceptación del contrato y pedirle el documento que quiere el colega de la ciudad. El buen hombre promete hacerlo en cuanto pueda y mandarlo ese mismo día por fax.

11:00 a.m. Vamos al restaurante de los grandes almacenes donde hemos quedado con el casero. Me zampo a toda prisa un plato de pescado mientras Jakob se come las patatas que lo acompañan. Recogemos la bandeja y … Redoble de tambores: Jakob y el casero firman el contrato. Por fin. No nos lo ha puesto barato, pero nos lo ha puesto fácil, así que habrá que invitarle a comer afgano en algún momento.

11:20 a.m. Cogemos número en el ayuntamiento y nos sentamos a esperar turno para empadronar a Jakob en la ciudad.

Esperamos.

Esperamos.

Esperamos.

13:00h Jakob está empadronado, su carné tiene ahora una pegatina con la nueva dirección. Para matar el rato hasta que abra de nuevo el Jobcenter de la ciudad pasamos por la Caja de Ahorros, avisamos del cambio de dirección y organizamos la transferencia mensual del alquiler. Como aún nos sobra tiempo echamos un vistazo en una tienda de artículos de segunda mano y analizamos camas y microondas.

14.00h Nos sentamos en el Jocenter a esperar que llegue el fax del colega y podamos entregar todos los documentos exigidos en la lista que nos dieron por la mañana. No os voy a aburrir con esta nueva espera, pero al final me tengo que marchar a la ortodoncista con mi hijo y dejo a Jakob con la amable dama que trabaja  en ese edificio y aprende español.

16:15h Fin de la jornada. Jakob, mi hijo y yo coincidimos en la parada del autobús. Hacemos un último intercambio de informaciones sobre los siguientes formularios a rellenar y entregar, y nos vamos a casa, pensando ya en los muebles y trastos de cocina que vamos a necesitar.

Ha sido un día fructífero, pero agotador. No es de extrañar que al día siguiente yo esté con un trancazo (=resfriado gordo). Por suerte ya casi es fin de semana y puedo dejar que mis suegros me mimen. Qué hermoso es tener una familia que te apoya y respalda.

Aniversario

Hoy hace un año que conocí a Jakob.

Por aquel entonces él era igual de alto que mi hijo mayor y tenía la tez muy pálida. Ahora su rostro tiene un tono veraniego y salpicado de pecas y mi hijo ya nos ha pasado tanto a Jakob como a mí.

En estos doce meses yo he aprendido un poco más de farsi/dari y Jakob ha aprendido una barbaridad de alemán, lo cual no significa que ya hable bien, sino que entiende mucho más. La gramática alemana, con sus tres artículos (der, die, das) y las correspondientes declinaciones (nominativo, genitivo, dativo y acusativo), supone un obstáculo insalvable para este muchacho, que exclama indignado “en dari no hay gramática”, cuando quiere decir que en su idioma las palabras no tienen distinción de género, no hay artículos y los casos se expresan con un par de preposiciones simples.

Jakob ha aprendido además una palabra en español, que me dice si me despisto y le hablo por error en este idioma: “¿qué?”. Además hemos descubierto que ambos conocemos el medio de transporte “Zug” bajo la denominación “tren”. A veces, cuando Jakob se queja de la ausencia de sol, me entran ganas de decirle que se ha equivocado de país, que debería haber ido a España, que allí hay sol, la pronunciación es más fácil para él y nadie te mira raro si mojas pan en la salsa. Pero me muerdo la lengua y callo, porque definitivamente se encuentra en el país equivocado: debería haber podido quedarse en Afganistán para siempre.

Antes sólo recibía clases esporádicas de voluntarios. Ahora ha superado con éxito el curso de integración, está esperando el resultado del examen de idioma de nivel A2/B1, ha comenzado a ir a clases de “orientación profesional” y mañana se presenta al examen “Leben in Deutschland”, el mismo que tendría que hacer yo si algún día me nacionalizo, con preguntas sobre la historia y la política alemanas.

Hace un año Jakob vivía en un campamento improvisado en un polideportivo, en parcelas separadas por cortinas, y no podía cocinar él mismo. A finales de marzo lo trasladaron a una antigua pensión, junto con otros 30 afganos. Ahora las dos familias  que había allí ya se han mudado, quedan sólo unos 20 hombres, que comparten la cocina y dos duchas. Desde que en abril le dieron el permiso de residencia por riesgo a su vida (que es temporal, no como el asilo) y adquirió el derecho a mudarse, estamos buscando piso, sin éxito. Anoche fuimos a ver un apartamento muy majo, aunque un poco distante, y al pobre se le caía la baba de imaginarse su posible futuro allí.

Para muchos caseros “afgano” significa “demasiado extraño”, para algunos es directamente “terrorista potencial”. Para la mayoría de los caseros recibir ingresos de la ayuda social es inaceptable. No importa que mi marido se haya ofrecido como avalista, Jakob es un inquilino sospechoso e indeseable.

Hace un año yo aún no había comenzado a escribir este blog, ni pretendía publicar un libro sobre los refugiados. La primera idea surgió tras escribir el cuento “Los unos a los otros” y ver que no me era posible compartirlo en Facebook como yo hubiera querido. Después comencé a narrar mis experiencias en las clases de alfabetización y la historia tomó un nuevo rumbo tras visitar a Jakob en el hospital.

Os voy a hacer una pequeña confesión: usé el nombre de Jakob, porque él me dijo que en Afganistán mucha gente se llama así y, puesto que a nosotros nos resulta familiar, nos es más fácil sentir empatía hacia su propietario. Pero el verdadero nombre de mi amigo es: Luchador, hijo de Gul Rajmán, hijo de Gul Rasul. Cuando yo le expliqué que yo era Karen valade Santiago valade Santiago, me dijo que eso no podía ser correcto, pues no se deben repetir los nombres en la familia. Le propuse cambiar un Santiago por Sankt Jakob y nos reímos juntos.

Hoy hace un año que conocí a Luchador y me costó tres intentos escribir su nombre correctamente. Él todavía me llama Karín. Y no me importa.