21 de marzo

Aún recuerdo con qué ilusión os felicité a todos por el año nuevo persa 1400, y después resultó ser un año especialmente catastrófico para Afganistán. Este año 1401 que comienza hoy, los afganos no están con ánimos de celebrar nada y de todos modos tampoco se les permite, entre otras cosas porque los talibán son suníes proárabes y rechazan todo lo que guarde relación con Irán, que es un estado chií.

Hoy también es el Día Internacional de los Bosques, por aquello de que ha comenzado la primavera. Si tenéis un bosque cerca, cuidadlo, cuidadlo mucho, que ya sabéis lo mal que va el tema del medio ambiente.

Además es el Día Mundial de las Personas con Síndrome de Down (trisomía 21) y deberíamos celebrar la diversidad genética poniéndonos calcetines desparejados. Esto me parece una idea fantástica, allá voy:

Y por si fueran pocas celebraciones, también es el Día Internacional contra el Racismo (aunque el nombre oficial en castellano es Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial – ¿eliminaqué?). Por este motivo, esta noche a las 19:30h (porque ahora soy alemana y a esas horas ya habré cenado), estaré en línea escuchando una conferencia del Consejo de Extranjeros de la ciudad de Würzburg (Ausländer- und Integrationsbeirat) a la que os invito cordialmente. Os dejo abajo el enlace y me despido por hoy. Cuidaos mucho y no dejéis pasar ninguna oportunidad de decir a vuestros seres queridos cuánto os importan.

“Wo kommst Du eigentlich her?” – 21. März, 19:30 Uhr

Dr Eniz Tiz, Würzburg

Muy interesante, pero tú llegas tarde 😉

Un año oscuro

Os contaba en el artículo «Se acaba – no se acaba» que había tenido un año (2016) trascendental: el joven afgano Jakob y yo nos habíamos adoptado mutuamente. Ahora, cuatro años después, todos vosotros podéis decir conmigo que hemos tenido un año impactante. Pero, al igual que entonces, el cambio de fecha no hace desaparecer automáticamente la situación abrumadora por la que recordaremos el año que acaba: hay mucha gente que no puede respirar. Y no estoy hablando de la pandemia, sino del racismo. Perdón, con mayúsculas: RACISMO. Aquí os dejo dos ejemplos que me tocan de cerca.

Desde hace algo más de un año, mis suegros ayudan a un muchacho somalí llamado Sólomon. Este chico está haciendo una formación como enfermero según el sistema dual alemán, alternando una semana de prácticas en una residencia de ancianos con otra en la escuela profesional. La parte práctica la lleva bien, no se escaquea del trabajo y se entiende bien con la jefa y los colegas, pero en la escuela necesita apoyo con el alemán y las matemáticas, y ahí es donde mi suegro, maestro jubilado, entra en acción. Y mi suegra se ocupa de otro tipo de acción igualmente necesaria: la lucha con la burocracia. El chico somalí no tiene permiso de asilo, ni protección subsidiaria, sino que sólo «es tolerado» (Duldung) durante el periodo de su aprendizaje. El racismo lo vive por la calle en general y en su trabajo en particular: los ancianos a los que cuida probablemente nunca habían visto de cerca una persona de color hasta que llegó él, pero eso no les da ningún derecho a insultar al chico. Al fin y al cabo, nuestra famosa «cultura occidental» decidió, hace ya muchos cientos de años, que los Reyes Magos fueran tres y que uno de ellos (Baltasar en España, aunque Gaspar/Caspar en Alemania :-o) proviniera del África subsahariana. ¿Por qué sus súbditos deben ser menospreciados? Y más grave que lo de los ancianos es que la policía le pare regularmente para preguntar si la bicicleta eléctrica de leasing con la que va al trabajo es realmente suya, mientras olvidan recordarle que, a pesar de su esponjoso cabello, debería llevar casco por su propia seguridad.

El otro caso de racismo que ha ocurrido en mi entorno afecta a un muchacho eritreo llamado Essu, que en el mes de marzo, poco antes del primer confinamiento, terminó con éxito su aprendizaje como carpintero. El jefe de la ebanistería donde había hecho sus prácticas decidió contratarlo y yo me alegré mucho por él. Pero unos meses después tuvo que ponerse a mandar solicitudes de empleo y marcharse de la empresa porque había un par de colegas que no paraban de insultarle y hacerle la vida imposible. Él también ha tenido sus experiencias con los controles de la policía, y por supuesto nunca en un contexto que implicara, ni remotamente, la existencia de un conflicto.

Todos tenemos la esperanza de ganarle la partida al coronavirus en 2021, pero ¿cuándo vamos a acabar con el rechazo a la diversidad?

Feliz Nochevieja y un Año Nuevo saludable para todos – yo seguiré luchando por un mundo multicultural y tolerante.

Cuarto aniversario

¡Cómo pasa el tiempo! Ya se cumplen cuatro años desde que inicié este blog con la llegada de los refugiados a mi pueblo. ¡A saber dónde andan la mayoría de ellos!

¿Qué habrá sido de aquel policía sirio, padre de familia y abuelo primerizo, que me ponía la mano en el muslo durante las clases e insistía en nuestros antepasados comunes de Al Ándalus? Espero que haya aprendido un poco de alemán y tenga amigos con quienes jugar al dominó y relacionarse, para no caer en una depresión.

A uno de los afganos agradables me lo he encontrado por la ciudad y me ha contado emocionado que por fin tiene permiso para traer a su mujer y a sus dos hijitos (¡Cómo habrán crecido en estos cuatro años!). Aunque iniciar los trámites no significa que el éxito esté próximo: todavía tienen que conseguir superar los obstáculos burocráticos (por ejemplo, tener un contrato laboral indefinido, un seguro médico para todos y una vivienda suficientemente grande, y que su mujer hable un mínimo de alemán – ejem) y económicos (pasajes de avión para los tres).
Le deseo mucha suerte.

Una pequeña buena noticia es que mi ahijado afgano ha conseguido sacarse el carné de conducir y actualmente es el orgulloso propietario de un Opel Corsa. Todavía necesita practicar un par de años antes de poder solicitar un empleo como repartidor de paquetes, que sería su siguiente meta profesional, porque a largo plazo su trabajo actual en una imprenta supone bastante esfuerzo físico para un chico bajito y chepudo como él, y no es fácilmente compatible con la vida familiar, ya que los turnos laborales cambian cada semana y así es difícil tener un buen ritmo para dormir y descansar correctamente. Y es que la vida familiar es la siguiente meta personal: ahorrar y superar los obstáculos burocráticos que mencionaba arriba, para poder celebrar algún día esa boda magnífica a la que estoy invitada (ya decía Calderón: la vida es sueño) y traer después a la que será mi primera nuera…

Mientras él, poco a poco, va consiguiendo objetivos, hay otros muchos refugiados que, pese a sus intentos de avanzar y mejorar, son obligados a retroceder. Recientemente he tenido que ayudar a mi afgano a explicar a dos conocidas suyas que, debido al convenido de Dublín, van a ser expulsadas de Alemania durante 15 meses.
La primera muchacha, de 23 años, entró a la Unión Europea a través de Grecia, donde presentó su petición de asilo. Tras más de un año “atascada” allí, vaya usted a saber en qué condiciones (tratad de imaginar lo que es para una muchacha soltera realizar un viaje así sola), alguien la convenció de seguir camino y hace 6 meses llegó a Alemania, donde volvió a pedir asilo y fue rechazada, claro, porque lo dice el convenio de Dublín. Le toca regresar a Grecia y seguir esperando la decisión del gobierno griego sobre su situación. En todo este tiempo no ha conseguido acceso a ningún curso de idiomas ni a un permiso laboral, ni aunque fuera para limpiar (y mira que aquí hay constantemente anuncios en el periódico en busca de alguien que limpie, que es algo que las europeas del este ya no hacen, porque les interesa más cuidar ancianos).
Esta muchacha afgana lleva dos años de su vida “desperdiciados” y las probabilidades de que finalmente la deporten de vuelta a Afganistán son altas.
La segunda chica, un año más joven, entró por Italia, donde los campamentos están igualmente saturados y los procedimientos burocráticos se eternizan del mismo modo, pero había tenido más suerte y había conseguido encontrar apoyo personal en Alemania. En el protocolo de su reclamación contra el regreso a Italia he podido leer que declaró: quiero quedarme aquí, donde mi madrina me ayuda a aprender el idioma e integrarme, por favor, tengo mucho miedo de regresar sola a Italia.
Pero la burocracia es efectiva en estos casos, no como cuando se trata de deportar gente de clanes criminales, que manejan más dinero, claro.

Esta semana se ha conocido el resultado oficial de las elecciones afganas y Ashraf Ghani ha sido reelegido con una mayoría del 50,64% de los votos que consiguieron ser emitidos a pesar de los atentados talibanes. Mi ahijado ha dicho: es una marioneta, y ni siquiera es la mitad de bueno en su papel que era la marioneta de Karzai. Los seguidores del segundo candidato, Abdulah Abdulah, ya han dicho que no aceptan los resultados y están en pie de guerra – y eso, en Afganistán, hay que tomarlo al pie de la letra.

Y anoche han muerto once personas en la ciudad de Hanau, cerca de Frankfurt, porque un hombre con problemas mentales y opiniones racistas tenía acceso a un arma de fuego.
Otro de los temas clásicos de este blog, por desgracia…
Las velas son por los diez inocentes.

Siento no poder terminar con alguna anécdota más alegre. Es que he estado enferma y no he podido asistir al carnaval con los niños de mi vecina siria. Otra vez será.
Cuidaos.