Donativos

Bueno, bueno, mis queridos lectores, han terminado las celebraciones por el fin de ramadán y es hora de volver a la dura realidad de la vida cotidiana. Aquí os dejo las últimas noticias de mis refugiados.

La familia siria está bien: los niños van a colegio con mayor o menor éxito, el padre trabaja a tiempo parcial en Correos, aunque no deja de insistirle a su jefe para ver si consigue más horas, y la madre me invitó a la celebración del octavo cumpleaños de sus gemelos, uno de esos bonitos encuentros multiculturales donde volví a saludar a varios viejos conocidos. Allí estaban, por ejemplo, la iraní Arezó (Deseo), que nos demostró cuánto árabe ha aprendido ya de escuchar a nuestros anfitriones, la afgana Baheshta (Paraíso), que creció en Irán, y la profesora de guitarra ruso-alemana Helene, que nos habló de su infancia allá en Tomsk, Siberia, con los inviernos a -40°C y los veranos apestando a gasolina a +40°C. Cuando ya me estaba poniendo los zapatos para irme, la madre siria me susurró que está recaudando donativos para pagar la operación de una amiga en Dar’a, que lo comente entre mis conocidos pero no le diga nada a su esposo.

Mi ahijado afgano sigue trabajando duramente en una imprenta y, además, está haciendo prácticas en una gasolinera, porque necesita mandar más dinero a su familia. Por un lado están la madre y los dos hermanos más jóvenes, que siguen en casa de un tío materno cerca de Kabul, y ahí ninguno tiene trabajo, y por el otro lado está el hermano que pretende llegar a Europa.
Al parecer, los afganos pueden cruzar la frontera iraní simplemente con la “tazkira”, que es como el documento de identidad, y reciben un permiso de estancia de una semana, suficiente para realizar diversos negocios y después regresar a Afganistán. Así es como Firoz llegó a Teherán, donde decidió esconderse y buscar a alguien que le ayudara a pasar la frontera turca por las montañas. Pero claro, en Teherán necesitaba alojamiento –pagado por su hermano Jakob, obviamente–, y se le echó el invierno encima sin haber encontrado a ningún traficante de personas.
Luego encontró a alguien que organizó el pase para él y otros colegas, pero en los dos primeros intentos los policías turcos los interceptaron todavía en las montañas, les quitaron las mochilas y quemaron su contenido. Unas semanas más tardes los intentaron de nuevo y consiguieron llegar a una ciudad fronteriza donde esperaron al siguiente contacto, que no se esforzó mucho al elegir la ruta, así que fueron interceptados de nuevo por la policía turca, apaleados, encarcelados, y después devueltos a Irán, previa destrucción de sus posesiones.
Cada intento de cruce cuesta dinero, que paga su hermano; cada mochila y juego de ropa, más alimentos, cuesta dinero; cada semana que debe seguir escondido en Teherán cuesta dinero. La alternativa es que regrese a morirse de asco a Kabul con el remordimiemto de no haberlo conseguido. (Para mis lectores no nativos, “morirse de asco” no se debe traducir literalmente, significa “tener una vida improductiva, muy aburrida”).
Es por esto que mi ahijado Jakob quiere trabajar también los fines de semana y la gasolinera le parece mejor que fregar platos en el restaurante (como hizo en 2016) y reponer cosas en los estantes del supermecado (2017), porque puede hablar con los clientes, manejar la caja (uno de sus sueños desde que llegó a Alemania), servir café, preparar bocadillos y vender lotería. “Este trabajo está muy bien, porque aprendo cosas”, me dice, mientras me ofrece dátiles y frutos secos.
Los sueños de casarse han quedado aparcados otra vez, la perspectiva de ahorrar para tener un piso propio se disipa como humo en el aire, el aceite de girasol ha quintuplicado su precio y no sabemos qué pasará con la factura de la calefacción.
“Y si consigo tener el turno de noche, me sobrará un poco de dinero para ayudar a los vecinos de mi tío”, añade, mientras me sirve un vaso de infusión de azafrán.
Yo intento no pensar en riñones y olvidar que los bocadillos de la gasolinera se van a la basura cada ocho horas.

Otro día más

En una maternidad de Zaporiyia, Natasha se encoge en un rincón de la sala de prematuros, con el biberón en la mano, hasta sentarse en el suelo junto a la única incubadora que aún sigue funcionando. Dentro de ella hay tres bebés, dos de los cuales mueven de vez en cuando las manitas o lloran un poco. El tercero es el que ella querría haber alimentado. Además de sin leche, ahora Natasha se ha quedado sin lágrimas.

Mientras tanto, en Odesa, su hermano Vitali está cerca de la playa, junto al camión en el que está cargando los sacos de arena que sus compañeros y él acaban de llenar, cuando suenan las alarmas aéreas. Todos corren a la zona portuaria, a refugiarse en los sótanos de alguno de los locales de alterne. Vitali se sienta en un rincón y controla su móvil. Hay un mensaje de Ksenia, su mujer.

Ella está en Algo-dorf, un pueblo perdido de Alemania, con los ojos enrojecidos por el llanto, sentada en un rincón de un campamento improvisado en los almacenes de una empresa de modas. El mensaje dice: “Tres tests hoy. Tuberculosis negativo, covid-19 negativo, embarazo positivo”. Vitali no sabe si reír o llorar.

Afuera el mundo sigue girando.

Stop the war!

Este texto es uno de los diez preseleccionados en el concurso benéfico de Zenda e Iberdrola #VocesdeUcrania en favor de los damnificados por la guerra.

Medir con distintos raseros

Los primeros refugiados ucranianos de esta guerra han llegado ya a distintos puntos de Alemania. ¡Qué bien! Esto me trae tantos recuerdos de aquellos tiempos en que yo ya tenía contacto con ucranianos huidos de un conflicto entre proeuropeos y prorusos. Ups. Parece que no hemos avanzado mucho desde entonces…

Un momento, un momento. Sí, aquí hay algo nuevo. La Unión Europea ha activado una «Directiva de protección temporal en caso de afluencia masiva de personas desplazadas» con el fin de facilitar la acogida de los refugiados que huyen de la guerra en Ucrania. Parece que esta norma se aprobó ya en 2001 como respuesta a las guerras en los Balcanes, pero nunca se había utilizado, porque la afluencia masiva de sirios y afganos en 2015 era, hm… no era, hm… bueno, hm… vamos, que no importaba tenerlos hacinados en campamentos durante años. Probablemente son refugiados con mayor aguante o algo así.

¡Ah! Polonia y Hungría están acogiendo alegremente refugiados ucranianos, ¡olé! ¿Cómo es que de esto ya he hablado también? Mi hijo hizo en Noviembre un dibujo donde se veía claramente a los polacos recibiendo refugiados muertos de frío: con porras y vuelta inmediata a Bielorrusia. Pero claro, esos eran musulmanes, comprendo.

En fin, esperemos que las sanciones y medidas contra Rusia hagan algún efecto positivo y la guerra dure lo menos posible. Esa pobre gente refugiada en el metro de Kiev me recuerda tanto a Madrid durante la guerra civil española. (Por cierto, que aquí todo el mundo pronuncia Kíev).