Medir con distintos raseros

Los primeros refugiados ucranianos de esta guerra han llegado ya a distintos puntos de Alemania. ¡Qué bien! Esto me trae tantos recuerdos de aquellos tiempos en que yo ya tenía contacto con ucranianos huidos de un conflicto entre proeuropeos y prorusos. Ups. Parece que no hemos avanzado mucho desde entonces…

Un momento, un momento. Sí, aquí hay algo nuevo. La Unión Europea ha activado una «Directiva de protección temporal en caso de afluencia masiva de personas desplazadas» con el fin de facilitar la acogida de los refugiados que huyen de la guerra en Ucrania. Parece que esta norma se aprobó ya en 2001 como respuesta a las guerras en los Balcanes, pero nunca se había utilizado, porque la afluencia masiva de sirios y afganos en 2015 era, hm… no era, hm… bueno, hm… vamos, que no importaba tenerlos hacinados en campamentos durante años. Probablemente son refugiados con mayor aguante o algo así.

¡Ah! Polonia y Hungría están acogiendo alegremente refugiados ucranianos, ¡olé! ¿Cómo es que de esto ya he hablado también? Mi hijo hizo en Noviembre un dibujo donde se veía claramente a los polacos recibiendo refugiados muertos de frío: con porras y vuelta inmediata a Bielorrusia. Pero claro, esos eran musulmanes, comprendo.

En fin, esperemos que las sanciones y medidas contra Rusia hagan algún efecto positivo y la guerra dure lo menos posible. Esa pobre gente refugiada en el metro de Kiev me recuerda tanto a Madrid durante la guerra civil española. (Por cierto, que aquí todo el mundo pronuncia Kíev).

Sexto aniversario

Efectivamente, este mes el blog cumple 6 años de existencia. En febrero de 2016 comencé a ayudar a los refugiados y a contar aquí sus des/a-venturas , sus experiencias con la burocracia alemana y los problemas del aprendizaje del idioma. Muchas gracias a todos los que seguís el blog fielmente desde entonces 🙂

Gracias también a todos los nuevos seguidores, ya que, curiosamente, si miramos las estadísticas, veremos que este último año ha sido el de más afluencia de visitantes, oh, la, la! Eso es bueno, ¿no?

Pues, sí y no, depende de cómo se mire, porque el número de lectores no crece porque aumente el interés por los refugiados, sino por los relatos que presento a los concursos de Zenda – y el favorito del público parece ser aquel en que un sirio me pone la mano en el muslo 😀

Así que quizás debería haceros caso, dejar de lamentarme tanto por Afganistán, olvidar las injusticias del mundo y dedicarme solo a la literatura…

El sábado más 😉

Un cinco de enero

En la oficina de la comisaría de la ciudad de Fürth, el agente de policía Rüdiger Klinsmann apaga por fin el ordenador, se levanta y mira a su alrededor mientras va metiendo en los bolsillos las cuatro cosas que siempre deja sobre el escritorio.
–¿Has visto a Hans?– le pregunta a su compañera de enfrente.
–Todavía está en la número uno, tomando una declaración.
Klinsmann sale al pasillo y se acerca a mirar por la ventanita de la puerta marcada con el uno. Efectivamente, allí está el colega Hans, y su cara de preocupación demuestra que se trata de un tema serio. Al otro lado de la mesa hay sentados tres hombres muy diferentes entre sí, pero a los que el agente Klinsmann enseguida engloba en una misma categoría: refugiados.
El primero es africano, debe andar por los veinte años, aunque siempre es difícil saberlo. Alto, muy flaco, con los ojos vivarachos y los dientes demasiado grandes para ese rostro tan enjuto. Etíope o eritreo.
El del medio, un hombre de mediana edad, tiene una mirada aguda y penetrante, y lleva barba, aunque no al estilo talibán, sino corta y cuidada. Además, la nariz no es persa sino claramente árabe, luego es sirio.
Del tercero no se puede decir con seguridad si es muy rubio o es que ya peina canas, pero es ancho como un armario y tiene los brazos fuertes de un camionero ucraniano. Se ha tapado el rostro con las manos, los codos hincados sobre las rodillas, arrepentido o desesperado.
Solo ha sido un vistazo rápido, pero el colega Hans se percata de la presencia de Klinsmann ante la puerta y sale un momento.
–Hey, Rüdi, dame unos minutos más. Es que no te imaginas la que tengo montada ahí dentro.
Klinsmann quiere hacer una gracia, animar a su amigo. A Hans siempre le han gustado las bromas.
–¿Los Reyes Magos han venido a denunciar el robo de sus camellos?
Pero esta vez el colega Hans no sonríe ni de refilón.
–No, no, por suerte los camellos están bien. He hablado con el zoo de Núremberg y ellos se encargan de todo. Lo que me preocupa es cómo vamos a recuperar a tiempo los regalos para la comunidad española.
Hans se aleja hacia los servicios, negando con la cabeza. Klinsmann se ha apoyado contra la pared. Se siente raro. Vacío, débil.
Al cabo de un instante vuelve a observar a los tres hombres a través de la ventanita. Y lo ve: en sus ojos, en el porte, en los movimientos de sus manos cuando hablan entre sí. Hay algo majestuoso en ellos, algo que antes no había tenido en cuenta.
Vuelve a apoyarse contra la pared, saca el móvil y teclea un mensaje: “Llegaré tarde. Tengo que ayudar a Hans en un caso importante.”
Ojalá que reciban algo de ayuda divina, quizás una luz que los guíe.


Este relato participa en el concurso #cuentosdeNavidad organizado por Zenda e Iberdrola