Mare Nostrum, terra vestra

Ahora no hay oleaje, flotamos tranquilamente y el mar, este mar que hasta ahora solo conocía de oídas, simula no tener la culpa de nada y yo casi me lo creo. Aún así, su tamaño me infunde respeto y sé de sobra que no puedo fiarme de él. Me vuelvo hacia papá, buscando su apoyo. Él también recela de esa supuesta inocencia, pero está tan cansado de la travesía que podría ceder y bajar la guardia. Además, el sol está en lo más alto y su reflejo sobre la superficie nos ciega; sería tan fácil cerrar los ojos y dejarse llevar…

Hay un momento de silencio total, ni siquiera se oyen gaviotas a lo lejos y mucho menos el motor de un barco. Es un instante casi mágico en el que olvido la playa, el bote y hasta el propio mar. Lo siento como un fragmento diminuto de paz interior que me gustaría poder conservar a modo de talismán, para mirarlo cuando empiece a faltarme la esperanza. Pero, como siempre cuando el mundo parece no tener prisa, llega un momento en que yo necesito que todo se mueva de nuevo. Decidido, meto la mano en el agua y chapoteo un poco para romper el hechizo.

No debo olvidar que el mar es la puerta a un mundo profundo y tenebroso, y al mismo tiempo es un reflejo del mundo de arriba. Si soy sincero, no pretendíamos venir al mar este verano, porque no sabemos nadar, pero las otras opciones no eran realmente mejores.

De pronto papá se pone de pie y agita los brazos, haciendo que el bote se balancee. Los demás protestan, no quieren ser acunados como niños que deben dejar de molestar, aunque los únicos niños somos mi hermanita y yo, y hace rato que no hablamos. Con los ojos guiñados diviso una sombra azulada que podría ser la costa.

¿Malta, por fin? ¿O Libia otra vez?

Lo sabremos en unas horas, cuando el sol se haya movido. Aunque, la verdad, a mí me bastaría con que fuera un barco de rescate. Es que ya empiezo a tener un poco de sed.

#elveranodemivida, concurso de relatos de Zendalibros.com